Javier Torres-Goitia T.

La revolución de los claveles y la de las sonrisas

sábado, 09 de noviembre de 2019 · 00:11

Portugal, ahora, es uno de los países más desarrollados de Europa, Después de soportar un régimen dictatorial, entre 1933 y 1974, recuperó su libertad y mejoró su desarrollo gracias a la llamada Revolución de los Claveles, porque aunque fue ejecutada por una insurrección militar, nadie usó las armas, que por feliz coincidencia, fueron portadas con claveles rojos, insertados en el cañón de los fusiles.

 Frente  a tantas revueltas políticas cruentas, la Revolución de los Claveles hizo historia por su hábil estrategia de acorralar a la dictadura y forzarla a renunciar sin disparar un tiro. Canciones populares trasmitidas por radio a horas convenidas y algunos estribillos sirvieron para poner en acción planes meticulosamente estudiados. La flamante Junta de Salvación Nacional, organizada para conducir la transición a la democracia, se comprometía a “promover la consciencia de los portugueses, permitiendo la plena expresión de todas las corrientes de opinión”, garantizando elecciones libres, limpias e imparciales. Así empezó su desarrollo.

 Nuestra querida Bolivia, al otro lado del océano, combate sin armas, al poder de la dictadura. Los comités cívicos decretaron paro con bloqueo de calles, pero esta vez con bloqueos pacíficos y optimistas. Su defensa de la democracia empezó tomando actitudes originales que nada tienen que envidiar a la Revolución de los Claveles. Jóvenes de alrededor  de 20 a 30 años de edad, algunos con menos de 18, quienes ni siquiera alcanzaron a votar, tomaron las calles de las ciudades para exigir respeto al voto ciudadano. 

Bloquean las esquinas con una sonrisa de simpatía y una luz en la mirada que desarma a los matones armados de palos y cuchillos. Se levantan temprano, chatean por todos lados y se distribuyen esquinas, y horarios para bloquear o hacer tomas simbólicas de oficinas públicas. “¿Quién se cansa? ¡Nadie se cansa!”, es uno de sus estribillos y las mamás establecen turnos para no abandonar a sus hijos pequeños. No hay plan elaborado, pero la misma convicción orienta la fecunda creatividad juvenil. 

Saben replegarse cuando la fuerza bruta los ataca, pero los asesinos empiezan a matar y aunque los bloqueos pueden más que las dinamitas, la violencia dictatorial cambia las sonrisas bolivianas, que duran menos que los claveles portugueses. Gritos de guerra ahogan las canciones de amor y júbilo y abaten la esperanza de lograr  una vida limpia con valores, y principios solidarios.

  Jóvenes valientes, médicos inquebrantables defensores de la salud y la libertad, sin fusil ni espada, desafían la furia masista. Luchan con pasión frente a la mentira cínicamente repetida, a la deshonestidad y a la escandalosa corrupción generalizada. Exigen la anulación del fraude electoral más descarado. Saben que cuanto más avanza la obscuridad de la noche está más cerca el amanecer. 

Los bárbaros asesinos ya mataron a tres e hirieron a decenas, pero cada mártir golpeado o asesinado es semilla de libertad y la dignidad herida se levanta repitiendo: “¡No tenemos miedo, carajo!”

 La lucha ha tomado cuerpo, el dictador dice ser invulnerable por ser pueblo y el pueblo grita ¡Chaparina! Junto al recuerdo del Porvenir, la golpiza a los discapacitados, el Hotel de las Américas y otros derramamientos de sangre, retornan a la memoria la masacre de San Juan y otras masacres del pueblo boliviano por dictadores militares o civiles que valoran más el poder que la vida.   

 El dictador acusa a la juventud de racista y una estudiante responde: “No somos racistas como Evo y sus seguidores y no somos iguales, porque nosotras fuimos educadas por nuestros padres en familias dignas, saturadas de amor y principios éticos. Familias de poncho, pollera o traje, nos criaron con amor sin odio a nadie y nos enseñaron a no robar, a no mentir, a no matar, pero también a no tener miedo y a combatir con valentía a los ladrones, a los mentirosos y a los asesinos”. 

 La paz y la concordia todavía son posibles sin soberbia, sin sangre ni matonaje; con nuevas elecciones, con nuevos jueces imparciales y el compromiso de acatar los resultados con claveles, y sonrisas.

 

Javier Torres-Goitia T. fue ministro de Salud.

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