Fernando Patiño Sarcinelli

Psicopatología del poder y de la mentira

martes, 10 de diciembre de 2019 · 00:11

No conozco personalmente al señor Morales pero su sintomatología, conocida públicamente, es una amenaza a la ciudadanía y debe ser analizada desde la perspectiva psiquiátrica. Desde hace 30 años, como dirigente cocalero, hace buen uso de la palabra y ha ganado confianza de sus pares con discursos sindicalistas. 

A pesar de no ser una persona con instrucción superior, ha impresionado a nuestra población y al mundo por su escalada política, logró elegirse presidente de la (entonces) República de Bolivia con amplia mayoría. En la primera década en el poder aparentaba normalidad, pero llamaba la atención en sus discursos la reiteración “anti-imperialista, extrema derecha, la hoja sagrada”, etcétera. La repetición de adjetivos y sustantivos es una marca en todos sus discursos: “Hermanas y hermanos”, “repito nuevamente”. 

La discusión clínica se enfoca a partir de enero de 2016, poco antes del referendo, cuando afirmó que “si perdía por un voto” dejaría el Gobierno. Perdió pero aun así volvió a postularse en las últimas elecciones. Cuando surge el caso Zapata, admite públicamente un hijo que nunca existió. La historia ha revelado las mentiras vertidas sin pudor ni remordimiento de un supuesto padre que en verdad habría ignorado a su hijo, si hubiera existido. 

En tres ocasiones ha jurado respetar la Constitución al asumir cada mandato otorgado por el voto. No obstante, cuando se le negó el derecho de modificar la CPE, ordenó a los jueces que hagan prevalecer su derecho humano de reelección. El poder le permite negar declaraciones anteriores: “vamos a respetar el voto”. Luego argumenta su derecho humano de reelección. Las mentiras son una marca de los últimos cuatro años de Gobierno. 

Después de su renuncia el cuadro se ha agudizado. En una entrevista en la BBC, sorprendido con la pregunta ¿por qué no ha pedido asilo a Venezuela? Su respuesta inmediata fue ¿por qué Venezuela? (como… ¿qué tengo que ver con eso?). “Cualquier país vecino tengo buenas relaciones, puede ser China, Rusia, cualquier otro…”. No admite el desafío a su poder. Visiblemente furioso con el entrevistador, lo acusa de ser un conspirador de la extrema derecha y mentiroso. 

La repetición de las mentiras es un proceso de autoconvencimiento y cree que funciona también para la audiencia. En varias ocasiones pierde el sentido de realidad y cambia el discurso a diferentes versiones, de acuerdo al momento. “Debo volver para defender la democracia y pacificar el país”. “Quiero votar en Bolivia para colaborar con el proceso democrático”. ¿Quién puede creer eso?

Tiene su propio concepto de dictadura: cualquier forma de gobierno contrario a sus intereses. Luego de su renuncia acusa repetitivamente al nuevo gobierno de “fascista, golpista, racista y extrema derecha”. No es apenas un discurso político, íntimamente cree que “los golpistas” lo amenazaron de muerte y la renuncia era la única forma de salvar su vida. 

Reitera un discurso paranoico en varias entrevistas. No obstante, no abandonó su plan diabólico de “cercar las ciudades” sin importarle la vida del pueblo. No importa la vida de hermanas y hermanos en las ciudades, son todos traidores, tiene un sólo objetivo: volver al poder y alimentar su adicción. 

En sus declaraciones admite que sus simpatizantes tienen todo el derecho de manifestarse “pacíficamente” con dinamitas o chicotes, con clavos. Apoya libremente las marchas en las que gritan “ahora sí, guerra civil”. No admite que la violencia se ha iniciado bajo sus palabras de orden y acusa a los “racistas fascistas” de incitar la violencia.  

Las mentiras repetitivas, su obsesión por el poder, la intención de causar muerte en masa, “a ver cuánto tiempo aguantan” (cerco a las ciudades), y su discurso paranoico muestran un desequilibrio emocional preocupante. Es capaz de repetir las mismas mentiras para justificar una acción que podría tener consecuencias incalculables (explosión de Senkata).   

La suerte es que en el siglo XXI, mil pititas y el apoyo de las redes sociales han hecho más que una cadena contra sus amenazas. Para entender al paciente podemos aceptar que ha sufrido un golpe de pititas y democracia. No obstante, es una tragedia para el enfermo que no tiene la humildad de admitir su cuadro obsesivo o adictivo y que no tiene ayuda médica en ese sentido. Posiblemente sea condenado a vivir encerrado en su propia soledad y al martirio por la abstinencia al poder. para suerte de la historia de Bolivia.

 

Fernando Patiño es médico internista, oncólogo y fotógrafo

 

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