Fátima López Burgos

El teatro del absurdo llegó a su fin

miércoles, 11 de diciembre de 2019 · 00:09

Desde 2006, el innombrable fugado intentó, sin saberlo, imitar la literatura de ficción del gran dramaturgo de origen rumano Eugéne Ionesco (un genio del arte escénico del siglo XX y creador del teatro del absurdo) para procurar el totalitarismo en Bolivia.

Fue así que ensayó su primera puesta en escena en el Congreso un 22 de enero, cuando, poco después de recibir la medalla presidencial y los símbolos patrios, largó las primeras lágrimas de cocodrilo que conmovieron a muchos que las creyeron sinceras.

Luego, enfundado en un “jersey” a rayas (como dirían los emocionados españoles), marchó por el mundo para mostrar al falso indígena que llevaba dentro y lograr que se tragaran el cuento; el desencanto vendría años después.

Al mismo tiempo, rodeado de oscuros personajes y esbirros por montones, se propuso ridiculizar la existencia humana, por eso disfrazó de indígenas a sus seguidores y nos regaló un perverso código de antivalores, cuyos efectos lograron dividir e incomunicarnos entre bolivianos, y convertirnos en paquidermos, tal y como relata Ionesco en la obra El rinoceronte.

Ya afianzado en el poder decidió ampliar su carpa escénica y convertirla en un teatro al aire libre. Inició el segundo acto creando un personaje central que era él mismo. Mandó a construir un museo, un palacio y urdió una biografía inventada a la medida de su egolatría. Posteriormente, decidió montar su obra maestra y la bautizó con un nombre inquietante: “Terrorismo”, cuya finalidad fue anular a los partidos políticos y sacar de cuadro a los líderes cruceños que le hacían sombra. 

Luego vendría el suspenso solapado, el temor, la conminación, la desesperanza y sumisión, en la que los empleados públicos, por cientos, eran forzados a ser fieles devotos, aportar a la causa y cumplir los deseos para lo mejor, y lo peor.

Pero la metamorfosis eugeniana, en el caso boliviano, tenía aristas desconocidas e impensables, entre ellos se contaban los librepensadores, disidentes y sobre todo los creyentes del 21F que se negaban a convertirse en rinocerontes; no creían en dioses, por tanto, no los tendrían.

El paquidermismo era una enfermedad mortal, no sana, que simbolizaba los regímenes totalitarios y pretendía consolidarse en Bolivia 

El fraude monumental era parte del acto tercero y final de la obra que entronaría de por vida al innombrable fugado, pero el pueblo boliviano, representado por Bérenguer, no estaba dispuesto a ceder, el voto del 21F era un arma de lucha que vivía y se fortalecía desde 2016. Cada boliviano era un 21F esperando su momento y un grito desesperado: “Bolivia dijo no”. 

La ceguera de los inventores de un nuevo Vietnam marcó de cuajo su final. La generación “pititas”, “llantitas” después de 13 años de silencio se reinventaba, tomaba las calles, viñeteaba poleras con la frase ganadora: “Nadie se cansa, nadie se rinde” y ese “Huevo carajo” que salía del alma, y se unía a miles de voces y era imparable. 

Lo cierto es que el acto tercero lo pusieron los jóvenes en plazas y rotondas, el retorno de las ollas comunes, el abrazo, la complicidad, la unidad y la solidaridad perdida. Camacho y Pumari, los apellidos más nombrados en 22 días de incansable lucha en defensa de la patria y la democracia.

Con orgullo puedo decir que la historia la escriben los vencedores y los bolivianos mostramos al mundo de qué madera estamos hechos.

 

Fátima López Burgos es periodista.

 

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