Walter Guevara Anaya

Elecciones en tiempos ajustados (II)

jueves, 12 de diciembre de 2019 · 00:10

El primer paso para mejorar nuestra cultura política es darnos una mirada en el espejo. No todo son defectos. También hay virtudes admirables, como la capacidad de resistir el abuso. Maduro hizo cansar a los venezolanos. Evo lo intentó con los bolivianos. No pudo con ellos. 

La crisis que llevó a su renuncia develó el choque de dos tipos de actores, de dos concepciones de la democracia y de dos culturas políticas, que están en pugna en nuestro territorio desde la fundación de la República. Resolver esta disputa no es cuestión de pocos meses. 

Esta es la segunda parte de una presentación de dos partes. La primera examinó lo que está haciendo el gobierno transitorio de Janine Añez para mejorar las reglas, los árbitros y los procesos electorales. Mejores reglas y más justos árbitros no garantizan un buen juego. 

Falta ver lo que pasa cuando los jugadores entren en cancha. Para evaluar la calidad del próximo juego electoral es necesario dar un vistazo al carácter y comportamiento de los actores políticos, y a la cultura política dentro la cual se desenvuelven. 

El principal actor político de las próximas elecciones sigue siendo Evo Morales con su partido el MAS. Ellos son los que jugaron a imponer unas elecciones tramposas, no bien se enteraron que los primeros resultados parciales del recuento oficial apuntaban a una segunda vuelta. 

Evo Morales y el MAS son los mejores exponentes de la cultura política que opta por la guerra de todos contra todos, una cultura política para la cual todo vale. Todo lo que vino antes de ellos es malo. Todo lo que ellos trajeron es bueno. No hay término medio.

Al captar la intención de Evo Morales de avasallar el proceso electoral, las clases medias urbanas se lanzaron a las calles durante tres semanas, bajo el grito de ¿quién se cansa? ¡nadie se cansa! Los jóvenes y las mujeres son la vanguardia de una multitud de nuevos actores que presienten otra forma de hacer política, de debatir y resolver nuestras diferencias en paz. 

Varios actores respaldaron el impulso incontenible de las clases medias en noviembre. Sin ese impulso inicial, la renuncia y fuga de Evo Morales, y su gobierno no hubieran sido posibles. La relación pormenorizada de esos eventos está documentada en numerosos reportajes. Su análisis y proyección será motivo de futuros artículos.  

El próximo escenario electoral sigue dominado por un partido que no se ha despojado de su visión caudillista y autoritaria de la democracia. Para los estrategas del MAS, las elecciones son solamente un camino fácil hacia una autocracia disfrazada con dos caretas: la de un falso socialismo y la de una democracia fingida. 

Cuando pueden ganar limpiamente aceptan un organismo electoral imparcial; cuando dudan de su apoyo en las urnas, capturan el organismo electoral para ganar elecciones con trampas. Si eso les falla, incitan a la violencia física. Quieren ahogar a la criatura democrática antes de que termine de nacer. Su mayor ambición es entronizar su propio caudillo vitalicio en el poder. 

Esta estrategia trata a los votantes como ovejas que van donde el perro les ladra. No los tratan como ciudadanos de una democracia. Los conducen a ser súbditos de un caudillo. Deben venerarlo bajo pena de perder beneficios si no votan por él. Reciben severos castigos si se atreven a criticarlo.

El MAS apunta a poner todos los poderes del Estado al mando de un supremo. La sociedad en su conjunto se debe someter a los mandatos de los sectores sociales que apoyan al caudillo. Cualquier fiscalización de la gestión del gran jefe es impensable.

Esa es la idea de democracia con la que Evo Morales y el MAS han gobernado durante los últimos 14 años. Han difundido ante sus bases la idea de que cualquier trampa vale. Su democracia es un disfraz para alcanzar el poder y la riqueza, por las buenas o las malas. El principal partido político de Bolivia está conformado por unos ases del juego sucio.

A Evo Morales y al MAS no les entra en la cabeza que se puede tener adversarios a los cuales se respeta, aunque tengamos grandes desacuerdos con sus ideas. Para ellos la lucha política es una guerra permanente contra enemigos irreconciliables que deben ser anulados o, en su caso, eliminados. Su defensa del indio es una argucia cínica para justificar sus matonerías.

Si quieren ganar el voto de la clase media, los disidentes del MAS deben dejar atrás esos resabios despóticos. Los demás partidos y candidatos deben responder con mucho cuidado a la cuestión central de la próxima elección: ¿cómo salimos de una cultura política envenenada y cómo reemplazamos la democracia abusiva con una democracia respetuosa de las diferencias? 

Los votantes necesitamos al menos seis meses o un año para escuchar, comparar y evaluar las mejores respuestas. No debemos resignarnos a cambiar de actores y que la tragedia continúe intacta.

 


Walter Guevara Anaya  es consultor en desarrollo democrático

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