Alberto A. Zalles

La pertinencia de los partidos políticos

jueves, 19 de diciembre de 2019 · 00:10

La rapidez con la cual Bolivia ingresó en una inédita transición democrática ha sido sorprendente, de ahí que los ecos de las manifestaciones de libertad resuenan todavía en la prensa y las redes sociales criticando la fraudulencia del viejo régimen; y es quizás al estímulo de este ambiente que, dentro el campo del quehacer político, vuelve la urgencia de reflexionar sobre la pertinencia de los partidos políticos, entendidos éstos como instituciones reguladas y cuya función principal es canalizar las demandas de los ciudadanos, de los individuos, al interior del sistema de representación política que ofrece el Estado  y que garantiza la Constitución.

Para iniciar la reflexión es necesario partir de la siguiente constatación empírica: en Bolivia y en la mayor parte de los países latinoamericanos, los partidos políticos están amenazados permanentemente por el caudillismo. Y eso porque la arquitectura de las organizaciones políticas, a pesar de la retórica y buenas intenciones de sus dirigentes, muestra instituciones vacuas forjadas coyunturalmente alrededor de líderes “carismáticos”; por lo tanto, su destino y desenvolvimiento están íntimamente ligados al carácter y al sino personal de éstos.

Y, en Bolivia  ¿dónde se origina esta realidad? ¿Cómo se formó esta cultura política que, por otro lado, ceba el autoritarismo?  El fenómeno parece haber nacido con el voto universal instaurado por el MNR, que en lugar de organizar al campesinado, al proletariado y a la clase media bajo la forma estricta de un partido; es decir, bajo un sistema de participación ciudadana institucionalizado, preservado por la elección de la dirigencia a través del voto secreto, optó por la vía fácil y expedita de la cooptación de líderes locales y sindicales. 

Así valoró, ante todo, la capacidad de control clientelar que esos agentes podían ejercer dentro una población, un gremio, un barrio o una región.

Antes del voto universal, en el siglo XX, el caudillismo era difuso, porque vivíamos una sociedad segregacionista en la que  los votantes se consideraban iguales y, por tanto, el privilegio de la jefatura del partido era un cargo abierto que daba “igualdad” de posibilidades a la mayoría de los miembros. Sin embargo, también es importante anotar que el caudillismo, aunque difuso, ya impregnaba la cultura política; esto en la medida en la cual había una población urbana pobre susceptible de ser cooptada.

 Si se quiere tener una imagen literaria del hecho, podemos remitirnos a la novela La candidatura de Rojas, del escritor Armando Chirveches, que, dicho entre paréntesis, tiene mención en la lectura sociológica de la realidad hecha por Zavaleta Mercado.

Ahora bien, la apertura democrática de los años 80 trajo una renovación en el sistema partidario, en la cultura política, no solamente con la emergencia del MIR, sino con el nacimiento de otras representaciones partidarias, como la corriente katarista y una derecha democrática; sin embargo, pasada la euforia de inicio, luego, ningún partido logró constituirse como una institución con longevidad y proyectada a largo plazo. 

Para hacer un resumen: todos los partidos, sin excepción, fueron administrados como propiedad privada de su jefe y en este punto es una pérdida de tiempo hacer el recuento; bastaría citar a Condepa y  UCS, partidos de gran votación pero de vida efímera, como resultó la vida de sus fundadores.

En conclusión, para ser breve, esta transición, que ha sido un sacudón para todos los actores, pone en cuestión la cultura política y la forma de los partidos, y si los partidos no se constituyen en entidades organizadas por la meritocracia, a través de elecciones internas transparentes, con igualdad de oportunidades a todos sus miembros, y, si los militantes no se guían bajo un código moral y ético severo, la sombra del caudillismo nos rondará como un alma condenada y en pena, acechante desde la ultratumba.

 Aunque, para no terminar trágicos, señalemos también que los ciudadanos, en este álgido momento, como en otros pasados, supieron encontrar la conjura cívica para avanzar en la democracia. Dicho de otro modo, los ciudadanos inventaron una oportunidad histórica para el aggiornamiento democrático y que hoy se presenta magnánima y abierta a todos; incluso a moros y cristianos, a fulano, zutano y perengano,  en fin, a quien camine con franqueza en el aleatorio itinerario de la historia

Alberto A. Zalles es escritor.

 

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