Lupe Andrade

Una Navidad de siempre, y nueva

miércoles, 25 de diciembre de 2019 · 00:11

¡Feliz Navidad!  No puedo intentar ser original en esta fecha.  Es un día para quererse, para abrazarse, para estar con familia y amigos, para recordar aquellos que nos hicieron felices en el pasado, y para perdonar.  Hoy es casi obligatorio meditar sobre la fecha, aunque virtualmente casi todo lo que se puede decir, ha sido dicho por escritores mejores que yo.  Casi todo, repito, porque esta Navidad de hoy es especial y nueva para Bolivia, y se siente un poco diferente.  No es una fiesta común, porque estamos despertando de un largo letargo del cual fuimos de alguna manera corresponsables.  Al principio, hace ya años, no sabíamos qué pasaba, y luego nos fue más fácil mirar hacia otro lado, y hacer de cuenta que no veíamos nada.

 

Cada uno puede añadir sus propias historias a este tema, pero lo que sucedió el 20 de octubre pasado, escasamente a dos meses de esta Navidad, fue un sacudón general que nos obligó a abrir los ojos y mirarnos a la cara sin disimulos, y en consecuencia estamos llegando a una Navidad más austera que las anteriores pero que se siente diferente, más solidaria, más abierta e investida de país, de la noción de ser y sentirse bolivianos.  

Esta es nuestra Navidad, no la comercial del Papá Noel y los regalos; ésta es la Navidad que marca el comienzo de una época en la cual todos los que actuaron o sintieron los estremecimientos de noviembre, hemos empezado a sentirnos responsables, cada uno, de lo que sucede en nuestra casa, en nuestro barrio, en nuestras ciudades y, por supuesto, en nuestro gobierno.  

En noviembre, los barrios despertaron.  Fue maravilloso.  En todas partes los vecinos pasaron de un saludo somero a sentirse hermanados.  Asumieron el rol de ser actores en la determinación de su futuro, esquina por esquina, calle por calle, casa por casa.  Las pititas se hicieron símbolos de reacción y responsabilidad; los bloqueos a favor y en contra se convirtieron en formas de hacer sentir el peso de la fuerza personal de hombres, mujeres, adolescentes y niños.  

En esos días de noviembre, no hubo ausentismo ciudadano.  Fue terrible y hermoso.  Hubo temor y amor.   Hubo violencia de parte de quienes habían jurado servir al pueblo boliviano, y temor sin rendición de quienes se supieron amenazados.  Lo sorprendente fue el coraje de la gente común y corriente, incluyendo ancianos, especialmente comparado con la falta de coraje de parte de quienes corrieron como conejos en busca de asilo y refugio.  

El derrumbamiento de una parte fue respondido por la capacidad de construcción de una contraparte ciudadana.  Tuvimos sorpresas diarias y algunos desengaños, pero la patria se puso de pie y empezó a caminar de nuevo.  La flamante Presidenta, a quien le cayó encima la responsabilidad como un chaquirayo, nos mostró decisión, serenidad y fuerza.  Hoy despiertos, pero todavía algo confundidos, debemos tomar conciencia de que además de estar felices por el despertar, debemos estar conscientes de que somos y seremos –cada uno y entre todos- los responsables del futuro. 

Lo más sorprendente de estos hechos, tan notables, fue que no hubo ausentismo, en ningún lado.  Cada uno asumió lo suyo.  Ahora, en esta Navidad sin triunfalismos, podemos darnos un abrazo entre vecinos y compatriotas, con esperanzas de que esta fiesta que siempre se predica como un momento de paz y amor, sea así de verdad, y que nos ayude a encontrar un lenguaje común que  permita y construya reconciliación.  Sí. Que exista en nosotros esperanza y también que existan el perdón y la comprensión.  Nace Jesús hoy y la próxima semana nace un nuevo año.  El mensaje de hoy ofrece paz, amor y hermandad.  Que así sea, y que así, con corazones abiertos y esperanzas renovadas encaremos un futuro que, como lo hemos comprobado, no es asunto de otros, y sí está en nuestras propias manos.  ¡Felicidades!

Lupe Andrade es periodista.

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