Tuffí Aré Vásquez

El año de las “pititas ”

lunes, 30 de diciembre de 2019 · 00:12

Pocos, o más bien nadie,  imaginaba que Bolivia terminaría 2019 sin Evo Morales en el poder y con Jeanine Añez como Presidenta constitucional transitoria del país. Una rebelión popular contra el escandaloso fraude electoral del 20 de octubre aceleró inesperadamente el final del ciclo político del evismo. La acumulación del desgaste del jefe del MAS y de su entorno era evidente hasta el domingo de la elección, pero no como para asegurar que se iría como se fue del poder. 

Un tsunami ciudadano, animado por la energía de cientos de miles de jóvenes y de vecinos y por el coraje de nuevos líderes como Luis Fernando Camacho y Marco Pumari, arrasaron en 21 días un régimen que hasta entonces parecía invencible. La unidad, la perseverancia y la fe terminaron imponiéndose casi milagrosamente a la soberbia del poder, que como en otros casos parecidos en la historia boliviana, tuvo como su mayor error negar la realidad, sobreestimar sus fuerzas y subestimar la movilización ciudadana.

Una gran parte del pueblo boliviano creyó y salió convencido a las calles a sostener solo con “pititas” una sacrificada movilización para arrinconar a un Gobierno que se apoyó en la vieja e incendiaria estrategia de dividir a Bolivia en dos partes. Choques entre ciudadanos nos pusieron al borde de una confrontación civil, solo porque un Presidente se aferraba al resultado electoral doloso, amparándose en un frágil y dubitativo respaldo de sus seguidores, de la Policía y de las FFAA.

En cambio, el tsunami ciudadano imponía por primera vez en muchos años la iniciativa política y una agenda de demandas incómodas para el gobierno evista cada día más aislado, debilitado y reactivo. Con el aluvión de vecinos y de pititas en las calles, los últimos días y horas de Morales en el poder fueron patéticos para un hombre que, invadido por el pánico, optó por atrincherarse en el Chapare, su último bastión. 

Evo retornaba paradójicamente en el final de su largo ciclo de poder al espacio de su origen político, donde le queda aún el grueso de sus seguidores más leales. En pleno y vertiginoso desmoronamiento del Gobierno anunció la dejación de su cargo y lanzó, antes de huir a México y, luego, a Argentina, el desesperado desafío de su pronto retorno al poder, truncado finalmente por la hasta ahora eficiente sucesión y transición constitucional, bajo el liderazgo de Jeanine Añez y con la colaboración del ala democrática del MAS, a la cabeza de otra mujer como Eva Copa, de, hasta hace poco, bajo perfil político.

Con el aporte meritorio en la facilitación del diálogo, de organismos internacionales como la UE y la OEA, pero fundamentalmente de líderes de la Iglesia Católica, la dupla femenina ha conseguido, cada una en su rol, la ansiada pacificación de Bolivia, con la que llegamos a las últimas horas del intenso e inolvidable “año de las pititas”.

No es este el final del histórico proceso, sino apenas el comienzo de un nuevo ciclo en Bolivia que debe levantar primero los pilares necesariamente sólidos de una democracia que hasta este momento sólo gatea. El riesgo de retroceder está muy vivo, si el Gobierno de transición y si los actores políticos repiten las viejas prácticas que agitaron las pititas ciudadanas, transformadas increíblemente en un  poderoso tsunami que fue capaz de derrumbar en menos de un mes al autoritarismo.

La construcción del nuevo ciclo debe comenzar necesariamente con decisiones que garanticen la refundación del Tribunal Supremo Electoral, la consolidación de los tribunales departamentales y la solución de las acefalías que han quedado en el poder electoral. Hasta ahora los pasos que se han dado son bastante aceptables, pese a las observaciones a algunas designaciones.

El siguiente paso básico es asegurar un calendario electoral ante todo eficiente, que garantice el saneamiento del padrón de votantes, la igualdad de derechos en la competencia electoral y la transparencia total en el conteo.

Lo central en la etapa inaugural del nuevo ciclo político es la alta exigencia que debemos plantear a los que compiten por el poder de la propuesta de nuevo país que demandamos los bolivianos, tras el cierre del ciclo del evismo.

Bolivia está sentada todavía en una estructura institucional del periodo anterior que ha quedado agotada y que debe ser desmontada para estar a la altura de los nuevos tiempos. Más allá de la discusión de los perfiles de precandidatos que han entrado ya a la carrera electoral, necesitamos con urgencia una oferta de soluciones para el nuevo momento político, económico y social del país. Si llegamos una vez más con este vacío a la futura elección, volveremos a sufrir frustraciones y las mismas angustias que llevaron a cientos de miles de ciudadanos a agitar las pititas.  

Tuffí Aré Vázquez  es periodista, Premio Huáscar Cajías y Premio Libertad de Expresión 2019

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