José Manuel Ormachea

La Bolivia pospititas

lunes, 30 de diciembre de 2019 · 00:09

Supongamos este escenario: Evo Morales en su afán protagónico finalmente cruza la frontera del norte argentino, las fuerzas del orden lo aprehenden y es detenido preventivamente por terrorismo y sedición. En un arranque de “lulismo”, cree que esa es la fórmula para generar empatía con el mundo. El MAS se moviliza y amaga con enfrentamientos, pero dura poco, se tienen que enfocar en la campaña que se viene y con un binomio que no le llega ni a los talones al “Jefazo” ni en reconocimiento, ni en aceptación, ni en capacidad de movilización, ni en intención de voto. 

Morales, desde su celda, confía ciegamente en el “efecto pena” y sus huestes exigen que sea liberado (en realidad, ellos también lo quieren dentro, para que la consigna de campaña tenga sentido). Su candidato (llámese David, Andrónico, Luis o Adriana) no logra captar el imaginario del electorado y, aunque éste llama desde un retén policial a votar por su binomio escogido a dedo desde Argentina, el porcentaje que siempre lo hacía ganar apostando por la “estabilidad” ahora asocia al MAS con exactamente lo contrario: el caos y la incertidumbre. 

No obstante, se producen las inscripciones, las alianzas y el proselitismo partidario sin mayor problema. Por primera vez, el voto está fuertemente asociado a las propuestas de país, la preparación de los candidatos y las certezas que pueden ofrecer, ya no se trata de chantajes como los que acostumbra el MAS (“o votas por mí o esto te va a pasar”). El votante ha madurado después de una traumática pero valerosa experiencia. 

Se llevan a cabo las campañas en un ambiente de respeto mutuo (menos el MAS, como es de esperarse) y se celebran las elecciones en un plazo razonable. El proceso en sí mismo goza de una confianza importante, pero también se atiene a un estricto control ciudadano, como debe de ser. 

Que el MAS apele al “voto racial” en la recta final de la contienda tampoco les ayuda, dado que los días de zozobra y pánico pre y posrenuncia tocaron las fibras más profundas de todos los bolivianos de manera relativamente similar. Desde El Alto hasta Montero, desde Santa Cruz hasta Senkata, desde la zona Sur de La Paz hasta la zona Sur de Cochabamba. Entonces, el terror ahora asociado con el MAS vuelve a acosar en las mentes (noches sin dormir, vigilias para protegerte a ti, a los tuyos, poca información certera, falta de comida, de gasolina, etc.). 

Gana una alternativa al MAS, los gobiernos del mundo (desde China hasta Estados Unidos y Europa, desde López Obrador hasta Fernández) reconocen la limpieza del proceso y al Presidente Electo. Jeanine Añez cumple su rol histórico, honra el legado de Lidia Gueiler y sale ovacionada por las grandes mayorías.

La democracia triunfa, el pueblo boliviano da una lección de cómo se debe conducir una transición pacífica, ordenada e institucional. Evo Morales y sus acólitos son juzgados y sentenciados por sus crímenes. Algunos permanecen peregrinando por el mundo, viviendo de cobrar por charlas de “cómo son perseguidos por la dictadura boliviana, la CIA y los Illuminatis” (igual las hay de gente que cree que la tierra es plana y también se llenan). Bolivia se une en diversidad democrática y la tricolor se iza con orgullo en cada rincón de nuestro territorio. Fin. 

La realidad está más condicionada a la voluntad de lo que pensamos. La ciudadanía así lo ha demostrado durante 21 días y lo sigue demostrando. ¿Quieres que se haga realidad? Sí, muchos lo queremos, este será el escenario que tendremos. Toca desearlo de nuevo. 

 

José Manuel Ormachea es politólogo

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