Enrique Maclean

La política y la familia

martes, 31 de diciembre de 2019 · 00:10

Fútbol, religión y política. Tres álgidos temas para la mesa familiar cuando no hay unanimidad de opiniones. Una familia sin diferencias de opinión es el reflejo  de una tiranía en potencia o ya consolidada. Cuando la familia es fuerte, la sociedad refleja esa fortaleza. La diversidad democrática se traslada al living y, por consecuencia, se proyecta hacia la vida social y política. A la familia aplican también las lecciones de la historia. 

Cuando se silencian las voces disidentes, en algún momento estalla una rebelión que a su vez invita a la represión. La paz es el producto de la conversación de las diferencias con genuino interés, tolerancia, afecto y sentido del humor. En la familia el amor media el conflicto hasta su resolución o al menos, un pacto de convivencia en la disidencia.

 El amor de un padre, madre, hijo, tía, abuelo o sobrino no siempre viene en la forma de consuelo o aprobación. La familia de verdad te desafía, expone y contradice. Hace bien tener un ateo entre cristianos, un bolivarista entre estronguistas, un izquierdista entre derechistas. 

No creo que lo nuevo o lo joven sean virtudes en sí mismas, como tampoco lo son lo viejo o lo experimentado por el sólo transcurso del tiempo. La obra, el talento y la competencia no se acumulan con el calendario. Los nuevos y viejos actores de la política deben ser juzgados por sus aportes concretos, su conducta concreta, los valores detrás de sus ideas y su capacidad para asumir los desafíos que encaran.

No existe virtud en la edad o el radicalismo ideológico. Los sabios son aquellos que pueden aprender del pasado, mirarse críticamente y aportar con su experiencia para señalar los peligros y riesgos en el camino. Nadie puede reducirse a su peor error, ni tampoco a sus breves momentos de virtud. Todos somos falibles, complejos e incompletos

En Bolivia no tenemos el lujo del anonimato, menos aún cuando se lleva un apellido de un familiar que eligió la carrera política o mantenerse vinculado a ese mundo. Es casi inevitable resistir la tentación de juzgar a las personas por su entorno. La proximidad familiar ofrece una perspectiva distinta. Si algún familiar adquiere notoriedad política, su apellido estigmatizará a la familia con todo aquello que se asocia a él, tanto por quienes simpatizan, como por los que lo detractan. 

En familia uno se conoce en una dimensión que no se muestra en los medios o en el escenario político. La enorme dificultad está en separar las opiniones políticas de los afectos familiares, al menos lo suficiente para que unos no contaminen a otros. La política no es parte de la genética. Se suele decir que uno no elige a sus parientes. Es verdad. Pero el refrán no es más que una forma simplista de expresar que los familiares son inevitables e inseparables de nuestra historia personal, entrelazada en una historia común que trasciende diferencias. 

Tal vez la visión familiar sea una forma de patriotismo que no le resulte ajena a nadie. La familia es el primer referente para la paz porque existen vínculos biológicos, emocionales y psicológicos que trascienden lo que inevitablemente serán diferencias en nuestras formas de percibir el mundo, nuestras ideas o nuestras opiniones. 

El fútbol, la religión y la política serán los ejemplos cotidianos más claros de aquellas áreas donde los familiares nos podemos poner incómodos si se mencionan durante una reunión o almuerzo, o en los ahora interminables grupos de WhatsApp. Son temas difíciles que nos ayudan a entrenar la tolerancia y nos obligan a buscar terreno común para sostener cualquier discusión o desacuerdo. 

Por experiencias recientes vividas durante la crisis de noviembre, puedo asegurar que mi fe en la familia se ha renovado por encima de cualquier diferencia en estos ámbitos. La familia es una constante en tiempos de auge y de crisis. La familia es el modelo arquetípico de la civilización capaz de vivir en paz y armonía. No porque la familia esté libre de conflictos, sino más bien por lo opuesto. 

Lejos de la parafernalia mediática y la histeria política de nuestro país, a la luz de los últimos eventos de esta época pre-electoral, me veo nuevamente en la posición de aceptar que cada vez que me presenten por mi apellido seré siempre asociado al miembro más notorio de mi clan. 

Y cuando tenga el placer de encontrarme con él como ya pasó en encuentros pasados, habrá un momento importante y místico para conectarnos con nuestra historia común, ver las similitudes de nuestros rostros, contarnos y reírnos de las bromas que nos juegan nuestros genes, y ponernos al día de cómo cambiaron nuestras vidas en el tiempo y la distancia. 

Después posiblemente hablemos de política, religión o fútbol. Con seguridad se intercambiarán ideas interesantes y controversiales. Como fuere, estoy seguro que la velada terminará con un cariñoso abrazo.

 
 Enrique Maclean es abogado.
 

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