Javier Torres Goitia Caballero

La realidad y la opción de la Bolivia democrática el 2020

martes, 31 de diciembre de 2019 · 00:09

 Empiezo a ver, a oír y a leer argumentos que buscan descalificar “a priori” a una de las personas más valientes y determinadas que Bolivia ha tenido en los últimos 16 años. Si bien fueron personas independientes, quienes individual y colectivamente se movilizaron para lograr la huida del dictador narcosocialista, es también verdad incuestionable que Luis Fernando Camacho, primero, y luego Marco Pumari lideraron esta movilización con determinación, valentía y con un criterio que Bolivia no lo veía hace muchísimo tiempo: el concepto de inclusión de la pollera con la corbata, del campo y la ciudad, del mestizo con el indio, del trópico con el Ande, de los valles con las llanuras.

 Luego, como corolario de una gesta histórica, pacífica e inclusiva, sale a la palestra una mujer honesta, valiente, estratega, apegada a la norma jurídica, como todo el movimiento previo, y sorprende a las y los bolivianos y al mundo con su firmeza y su ternura, con su amor al prójimo, venga de donde venga, y hace de este movimiento cívico inicial una revolución democrática con la ley en una mano y el amor en la otra. Jeanine Añez es lo que los bolivianos queremos para el país en el futuro. 

Ella por su honestidad y su palabra comprometida no quiere ser considerada como el futuro político del país, muy respetable y admirable posición, aunque quizá sea bueno decir que ella es el camino que necesitamos para esta transición de la dictadura a la democracia, no sólo para el periodo de transición a la elección, sino para la consolidación democrática.  

 Obviamente esto, además de la admiración y beneplácito de la mayoría de los bolivianos, ha provocado también resquemores. Algunos han logrado “subirse al carro” con buen trabajo que no merece critica por su desempeño, no así por su oportunismo. Otros han optado por el silencio, cobarde, como de costumbre, y han empezado a mover sus tentáculos con algunos “opinadores” para entrar en el juego que siempre estuvieron: hacer la cama para que el MAS no caiga tanto o si cae no desaparezca.

 Ningún político dice lo que todos quisiéramos oír: “Eliminemos al MAS como instrumento político del narcotráfico”. En cambio, abundan críticas a Camacho por supuestamente “haber grabado una conversación” y “haberla publicado”. El pecado, según ellos, muere ahí y el culpable debe ir al infierno. Pero nadie comenta el contenido del pecado para calificarlo como mortal o venial. En esos audios se escucha, no se opina supuestamente, sino se escucha que uno de los presentes pide 250 mil dólares. Es cierto que otros, en otras circunstancias, pidieron mucho más, para ser candidato a la vicepresidencia y también pide unas cuantas administraciones aduaneras en las fronteras cercanas a su lugar de acción. Pedido que hasta podría sonar ingenuo por inexperiencia.

 Resulta ser que eso había sido suficiente para eliminar políticamente a los que lideraron la salvación de Bolivia. Qué fácil es bañarse de ética y moral sin haberla practicado nunca. Lo difícil de entender es que en circunstancias parecidas a la actual, el año 2003, quien ahora funge de oponente al MAS, promulgó dos decretos de protección a los sediciosos y habilitó al narcosocialista a “joder” Bolivia por 14 años. Fue además vocero de la pantomima marítima que le hizo un daño mortal a la aspiración de recuperación del litoral de Bolivia.  

 Necesitamos un cambio fundamental en nuestra conducción política. Los que participamos en el pasado deberíamos discutir nuestros problemas entre nosotros, en un cuarto, con varios cafés y algunos dados; mientras Bolivia, con gente nueva, limpia, transparente, como Añez, Camacho, Pumari u otros nuevos líderes jóvenes con visión moderna de país  logren consolidar una democracia a través de la democracia misma. 

Cualquier otra opción ligada más o menos a los 14 años pasados, ya sea por temor o complicidad, es inaceptable y peligrosa. Recuperar una Bolivia libre y democrática es posible e imprescindible.

 
Javier Torres Goitia Caballero fue ministro de Salud y Deportes. 

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