Pedro Portugal Mollinedo

El cerco indígena a La Paz

sábado, 07 de diciembre de 2019 · 00:09

Cuando Bolivia escaldaba en la incertidumbre, luego de la defección a la presidencia de Evo Morales y su vuelo a México, ese 12 de noviembre, todos los temores afloraron. En ese sombrío momento alguien publicó en las redes sociales lo siguiente:

“Se aproxima el mayor cerco indígena de la historia de La Paz desde la rebelión de Tupac Katari en 1781, y no, tus armas de fuego y aviones de guerra no los asustarán. Espero que en la zona Sur ya estén tomando sus previsiones, comprando su comida chatarra en el Megacenter. Despertaron los verdaderos Pumas, no un simulacro servil a la oligarquía cruceña”.

Los cercos indígenas a las ciudades en Bolivia –especialmente los acaecidos en La Paz– marcaron la memoria histórica de indígenas y de citadinos. 

El más memorable fue el de Tupak  Katari y de su esposa Bartolina Sisa, cuando, en 1781, miles de indios cercaron la ciudad de Nuestra Señora de La Paz, encerrando alrededor de 20.000 citadinos y provocando caos y hambruna.

Hubo otros cercos en nuestra historia. En 1811, Juan Manuel Cáceres, al mando de miles de aymaras, encierra nuevamente esta ciudad. Recordemos los más recientes de Genaro Flores, en noviembre 1979, para contrarrestar el golpe militar de entonces, y el de Felipe Quispe, el Mallku, quien, el año 2000, preludió la posterior debacle del gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada.

El cerco a las ciudades hace parte de las tácticas de lucha indígenas, como los levantamientos guerreros y la participación en las justas electorales. Sin embargo, este 2019 el cerco que proclamaban y ansiaban muchos no se llevó a cabo, al menos con el dramatismo y la intensidad que anhelaban. ¿Por qué?

Al ser arma ofensiva, un cerco implica condiciones sin las cuales es infructuosa. Una de éstas es la exacerbación de las contradicciones de desigualdad que lo motiva. En tiempos anteriores, la diferencia entre campo y ciudad era sustancial. La presencia del indio en las ciudades era fundamentalmente de servidumbre y el ritmo que modulaba la intensidad de cercos  y bloqueos de caminos era el ciclo agrícola de siembra y cosecha. Ahora, la interrelación campo ciudad a nivel económico y social es mucho más complejo e, irónicamente, el reciente gobierno de Evo Morales ha contribuido a ello. 

Ello hace que el protagonismo social indígena se desplace de las comunidades a las ciudades –tema de otro análisis–, siendo la ciudad de El Alto el ejemplo paradigmático de ello.

Por otro lado, y coincidente con lo anterior, los cercos indígenas a La Paz requieren un liderazgo visible y presente en los acontecimientos. Ello fue inexistente, pues quien podía haber jugado ese rol –Evo Morales– fue presa del humano temor por su vida y prefirió exilarse en México.  Como el caudillo es una presencia física y no una idea abstracta, la esperanza de muchos de sus partidarios se vio defraudada.

Parecería que la esperanza de muchos allegados al anterior gobierno, criollos instalados en cómodos y efectivos puestos de poder, era que “el indio” se rebele y los reinstale en el poder. Los acontecimientos los defraudaron, no sólo por la relativa inmovilidad de quienes esperaban se sacrifiquen por ellos, sino por las consecuencias que empiezan a manifestarse en su propio partido, el MAS.

Las élites del MAS –criollos no indígenas– renunciaron en masa, se refugiaron en embajadas o simplemente desparecieron del escenario político. El protagonismo actual en ese partido está en los indígenas y sectores populares antes discriminados. No olvidemos que el año pasado, el diputado masista Sergio Choque declaró: “…internamente, dentro del MAS existe racismo, existe el racismo entre los mismos diputados, hay sectores que responden a esas clases ‘a medias’, como dice el Presidente, que a la hora incluso de servirse una comida se separan, se hacen a un lado, y piensan que por el color que tienen, que son más blancos, piensan mejor que nosotros…”. 

La existencia de un poder racializado al interior de ese partido se confirmó, pues luego de que el denunciante “charló” con la presidenta de la cámara de Diputados, Gabriela Montaño, se retractó de sus anteriores declaraciones.

Los cercos parecen, por tanto, transmutarse, pero los conflictos persisten. Que todos seamos atentos en provecho de lograr una sociedad por fin justa y bien avenida.

 

Pedro Portugal Mollinedo es autor de ensayos y estudios sobre los pueblos indígenas de Bolivia y actual director del periódico digital Pukara.

 

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