Javier Torres-Goitia T.

El fin de Evo y el nacer de la esperanza

sábado, 07 de diciembre de 2019 · 00:10

  Uno de los serios problemas del país ha sido y es la exclusión social de gran parte de la población rural. Se ha hablado incluso de las dos Bolivias por la marcada diferencia que existe entre la población urbana y la rural. 

 La Revolución Nacional del 52, con grandes errores y aciertos, buscó la inclusión social para constituir una nación boliviana. La reforma agraria, el voto universal, la reforma educativa, la creación de la Caja Nacional de Seguridad Social y la expansión de servicios básicos  y de salud a las áreas rurales favorecieron mayormente a los más excluidos.

 Otro avance lo dio la política de salud democrática y participativa, puesta en práctica después de 18 años de dictaduras militares, cuando recuperamos la democracia, en octubre de 1982. La acción de los Comités Populares de Salud y los médicos Piaas (Plan Integral de Actividades en Áreas de Salud) permitieron conocer e impulsar la capacidad creadora y las iniciativas prácticas de los más excluidos. Más tarde, cuando la Ley de Participación Popular cumplió un importante rol en la inclusión social y facilitó la introducción de un seguro universal diferente, que se concretó en el SUMI (Seguro Universal Materno Infantil), la gestión compartida y concurrente con participación popular genuina volvió a mostrar lo que los indígenas  y los citadinos marginados pueden aportar al progreso de todos y dar pasos acelerados en beneficio de su bienestar.

 En octubre pasado, después de 14 años de dictadura racista, una gran unidad  nacional logró hacer renunciar al falso indígena, quien, a juicio de su mentor, el inolvidable líder minero Filemón Escóbar, no era sino un “llocalla” malcriado. Con su vergonzosa huida al exterior, sin que nadie lo persiga, terminó la gestión dictatorial extractivista y el rentismo improductivo, el culto a la personalidad y el abuso de poder del jefe aparentemente invencible.

Pero el conflicto que él mismo instruyó se produzca en su defensa con la irrupción de vándalos terroristas, que mataron gente, incendiaron casas y sembraron el terror en el país con  el cerco a las ciudades, bloqueo de carreteras; el criminal ataque que estuvo a punto de hacer estallar los depósitos de gas y gasolina de Senkata, que habría destruido gran parte de la ciudad de El Alto si las Fuerzas Armadas no intervenían  oportunamente, puso al desnudo el criminal retroceso del desarrollo humano y el retorno a la barbarie de sus seguidores. 

La inclusión social que el llamado “proceso de cambio” anunciaba acelerar, retrocedió más de 500 años atrás.

 La histórica reunión de conciliación que convocó con fe y valor innegables una mujer que ha hecho historia por su decisión, coraje e inteligencia, Jeanine Añez, culminó un largo proceso de negociación, facilitado por los mediadores de la Iglesia Católica, Naciones Unidas, la Unión Europea y la Embajada de España. Sin embargo, más allá de lo mucho que consiguieron la Presidenta y sus ministros, con paciencia, prudencia y gran firmeza, la dureza del diálogo puso al descubierto la inversión de valores y el radicalismo racista del MAS, que busca destruir al blanco, sustituyendo la virtud laboriosa y honesta de la mayoría de los indígenas por la apología del robo, la corrupción, la mentira, la violencia y el fraude.

 El MAS ha dado un paso atrás leniniano para rehacerse y planificar un asalto armado al poder. Las elecciones próximas con resultados ambiguos serían su detonante. Por eso tenemos que abrir los ojos para no perder lo ganado. El pluralismo político es necesario, pero antes, lo urgente, es consolidar la libertad. El racismo del MAS todavía es dueño de una fracción importante del poder del Estado, tiene el parlamento y no ha sido desarmado, ni podrá serlo si todos no contribuimos a cimentar la esperanza que nació de las pititas y del “nadie se cansa, ni se rinde”.

Tenemos al frente la barbarie, el poder del narcotráfico, la amoralidad, la carencia de valores humanos y la desfachatez de convertir el vicio en virtud, y la honradez en pecado. Sigue en pie la verdad de Iván Arias: “O nos unimos  o nos hundimos”.
  
Javier Torres-Goitia T. fue  ministro de Salud.

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