El Tejo

Por la legitimidad, contra la usurpación

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lunes, 11 de febrero de 2019 · 00:11

Es posible creer que la caída de la cúpula familiar-militar que aún gobierna Venezuela está próxima y que dependerán de cómo sea el desenlace final la forma y el tiempo en que el pueblo venezolano comience a remontar la severa crisis humana, política, social y económica a la que ha sido conducida por el chavismo.

De acuerdo a las informaciones y análisis independientes que están circulando profusamente, la opción más racional es la de convocar a elecciones generales, previa conformación de un órgano electoral independiente que garantice un proceso electoral transparente y plural, y la instalación de un gobierno transitorio que atienda las más urgentes demandas humanitarias de una población que sufre hambre, violencia y desatención sanitaria.

Pero, frente a la tozudez de la cúpula gobernante y los groseros desafíos que lanza a su población, no se puede descartar la que sería la opción más desastrosa: una intervención militar interna e, incluso externa, como, sin duda muchos radicales, en ambos polos, están buscando.

De cualquier manera, la actual situación política venezolana, con un gobierno legítimo encabezado por Juan Guaidó y un gobierno de fuerza usurpador de la voluntad popular  no puede mantenerse mucho tiempo.

En ese contexto y recordando la injerencia del chavismo y su propuesta del socialismo del siglo XXI en esta parte del planeta (y, al parecer, en España), su fracaso tiene en el seno de las corrientes progresistas de la región un impacto muy parecido al que tuvo la caída del Muro de Berlín y la disolución de la vieja URSS, y de la que, lamentablemente, la mayoría no había aprendido nada. A su vez, quienes fueron desplazados del poder por esas corrientes tampoco han aprendido mucho y pareciera que su ideal es volver al pasado y tratar de recomenzar, “igualito”, todo.

Desde el campo de la izquierda, el proyecto del socialismo del siglo XXI parece demostrar que hay una ineludible opción totalitaria para su aplicación, unida al culto a la personalidad, la destrucción de la institucionalidad estatal, particularmente la que garantiza el respeto a los derechos humanos y, sobre todo, el desprecio a la capacidad de la gente de pensar, por lo que el líder y sus colaboradores deben darle “línea”. 

Además, a medida que los entornos se han convertido en roscas, se han abierto las compuertas a la corrupción. Y como el mérito para el ejercicio del poder es cuánto se satisface al líder y sus inmediatos áulicos, la incapacidad administrativa termina por condenar al fracaso cualquier gestión.

En ese contexto, llega a ser grotesca la búsqueda de culpables ajenos al fracaso y la incapacidad de reconocer los errores; la creación de teorías conspirativas que no se compadecen de la realidad y junto a los intentos por convertir la política en una religión, en la que se cree o no, se recurre al intento de chantaje emocional: si apoyas a Guaidó, en el caso venezolano, apoyas la intervención militar imperialista. Una visita por las redes sociales demuestra esa tendencia, sin descartar la existencia de intereses crematísticos contantes y sonantes.

Por el otro lado, muy fácilmente se ha olvidado cómo las corrientes del socialismo del siglo XXI pudieron llegar al poder. Lo hicieron porque el sistema político-partidario creado tras el retorno a la democracia se concentró en sí mismo, fue incrustado por la corrupción y a medida en que las propuestas se subordinaban a los intereses sectarios y personales, más tiempo se dedicaba a distribuir los espacios de poder que a la buena gobernanza y, como lógica consecuencia, frustraron las esperanzas en él depositadas.

El fracaso del socialismo del siglo XXI está cantado. Y quienes le sucederán tienen la responsabilidad de que no se trate sólo de un vuelco de la tortilla y se entronicen ambiciosos aprendices de dictador, sino que busquen avanzar en el duro proceso de consolidar la democracia en la región y mejorar la calidad de vida de la gente.

Estoy convencido de que apoyando a Guaidó en Venezuela se apoya la perspectiva de mejores días para toda la región y me resisto a caer en el maniqueo argumento de algunos viejos amigos de que apoyando a Guaidó se apoya al imperialismo, cuando creo exactamente lo contrario: si se apoya a los usurpadores, se facilita la injerencia externa.

 

Juan Cristóbal Soruco Q. es periodista.
 

 

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