Con la boca abierta

Hacia un 8 de marzo con voz propia

domingo, 17 de febrero de 2019 · 00:05

Se acerca el 8 de marzo, fecha en que  gracias al feminismo se conmemoran los logros de las mujeres por la igualdad. Al igual que en  muchos países, marcharemos en defensa de una agenda contra la violencia machista, por  el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, la igualdad en el mundo del trabajo,  la instauración de sistemas de cuidado, contra la depredación del medioambiente, contra el neofascismo y mucho más.

La agenda feminista ha sido siempre internacional y en el mundo de hoy es, con certeza, uno de los pocos movimientos que no reconoce fronteras. En Bolivia estaremos una vez más exhibiendo nuestras demandas. Lo haremos en un momento en el que prevalecen diferencias, que ni son pocas ni menores, pero que deben ser superadas con urgencia si queremos recuperar el tiempo perdido.

Históricamente el feminismo boliviano ha sido pequeño pero eficaz. Conquistada la democracia, se expandió en todo el país desarrollando propuestas, apoyando la organización de mujeres, recuperando la historia de las pioneras. Investigando y documentando las luchas, abriendo servicios legales contra la violencia -como el de la Oficina Jurídica para la Mujer de Cochabamba- hasta hoy un modelo que el Estado no ha logrado replicar.

Estableciendo servicios de salud reproductiva para reducir la mortalidad materna; incursionando en los medios de comunicación, estableciendo alianzas entre mujeres políticas, juezas, concejalas, académicas y articulando redes de incidencia sobre los poderes públicos, abriendo el duro debate por la despenalización del aborto.

 En este proceso actuaron intelectuales, activistas junto a cocaleras, trabajadoras del hogar, indígenas de tierras bajas y campesinas aymaras, y quechuas. Esta es una historia que aún no se ha escrito, pero que no por eso es inexistente. Como ocurrió en casi todos los países, las feministas postergaron sus demandas políticas de representación en favor de la agenda nacional y popular, demorando mucho tiempo hasta lograr la fuerza política suficiente para lograr avances.

En los primeros años de la democracia tuvieron que enfrentar y convivir con  tres corrientes que    aún hoy operan en la vida política nacional: el indigenismo, la izquierda y el clericalismo, actualmente fortalecido peligrosamente.

El katarismo, que dio sustento al indigenismo contemporáneo y fue clave para  la recuperación democrática, no toleró las luchas de las mujeres, tal como se muestra en el espléndido libro  Las hijas de Bartolina ( Hisbol, 1985).  La retórica de la complementariedad andina  y la violencia machista puso fin a uno de los esfuerzos más notables de organización autónoma de las mujeres indígenas.

La fractura colonial, persistente en  el país, no pudo ser desmontada, por errores que deben ser evaluados en profundidad, pero también por  la tenaz resistencia  de los grupos conservadores mencionados que quebraron los  lazos entre mujeres, entregando cuotas de poder y prebendas a la dirigencia de   Bartolinas y cocaleras, brazos femeninos de los grupos que dan sustento político al gobierno.

 Durante ese “proceso de cambio” liderado por el MAS  quedó un grupo importante de activistas, con apoyo de la cooperación internacional,  alineadas con el gobierno. La paridad, la ley de violencia y los bonos asistenciales que  pretendían favorecer a los grupos más discriminados no compensaron la desigual carrera en la que los hombres de la nueva élite aumentaron su poder en el gobierno, en las Fuerzas Armadas, en el mundo empresarial y en la economía ilegal e informal; mientras que  las mujeres, especialmente indígenas, siguen ocupando los escalones más   bajos de la vida pública, cargando sobre sus espaldas las responsabilidades familiares y sufriendo una violencia extrema.

Finalmente,  el espíritu internacionalista se quebró  por el florecimiento  del nacional/ chauvinismo en los países de la región debilitando  las redes y organizaciones no gubernamentales. En ese contexto, algunas feministas optaron por formar parte de los gobiernos autoritarios  del socialismo del siglo XXI;  otras por denunciarlos pidiendo democracia  y muchas por la autocensura, y el miedo.

Este 8 de marzo soplan nuevos vientos y  saldremos  a las calles convocadas por el feminismo autónomo; mientras desde el oficialismo volverán a exhibir unas leyes que no funcionan y una militancia femenina sumisa. El desafío radica en feminizar la oposición y desbaratar los mecanismos de cooptación del gobierno, fortaleciendo todas las iniciativas que amplifiquen las voces diversas, y autónomas para construir una sociedad donde mujeres y hombres tengamos los mismos derechos. Nada fácil.

Sonia Montaño Virreira es socióloga feminista

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