El sexo de los curas

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martes, 26 de febrero de 2019 · 00:10

Iglesia y sexo no combinan bien. Es pecado fornicar en la sacristía y tener malos pensamientos durante la misa y los curas no debían tener relaciones sexuales, ¡pero las tienen! Por amor o por lujuria, miles de curas caen en tentación y, con igual frecuencia que en el mundo laico, el descuido tiene las sabidas consecuencias. 

Tan numerosos son estos embarazos indeseados, que el Vaticano tiene una política para los hijos de curas. Cuando Imelda Marcos visitó a Franco, le dijo muy orgullosa que ella era descendiente de un obispo español, pero la mayoría de esos hijos viven esa paternidad no declarada con amargura.

Las relaciones sexuales entre curas y mujeres adultas pertenecen al comportamiento sexual masculino normal, pero cuando se trata de monjas, hay mucho acoso antes y mucho aborto después. El Papa ha reconocido que hay tales abusos y debajo de los conventos están enterradas numerosas pruebas del pecado.

Sin embargo, la mancha más negra que carga la Iglesia católica no son esos acosos, nacimientos indeseados y abortos, ni las oscuras finanzas del Vaticano, sino el extendido abuso de niños en manos de curas y, lo que es igualmente grave, el encubrimiento de estos hechos por parte de la jerarquía eclesiástica.

Nada de todo esto es novedad; noticias al respecto vienen apareciendo en la prensa desde hace años y hasta han sido tema de películas. Sin embargo, éste y otros aspectos de la sexualidad de los curas, siguen envueltos en confusión, encubrimiento y negación. 

Es muestra de esa confusión que alguien bien informado como Rafael Puente proponga combatir la pederastia eliminando el celibato (Página Siete, 22.2). ¡Como si el deseo normal de un hombre por una mujer pudiese ser satisfecho manoseando a un niño!

Justamente estos días, el Papa ha reunido en el Vaticano a un grupo de obispos, cardenales y otros para analizar opciones de respuesta a la creciente alarma por los abusos sexuales contra menores y mayores en  el seno de la Iglesia Católica. Las asociaciones de víctimas de esos abusos claman por una respuesta contundente, pero la expectativa de que salga una solución definitiva no es grande. 

Las fuerzas que se oponen al diseño e implementación de una política de tolerancia cero quizá tengan razones válidas, pero hay una que no es justificable: la negación del problema. En la jerarquía eclesiástica y entre los feligreses hay quienes prefieren creer que se trata de una exageración mediática o que sólo ocurre en otras partes. 

No deja de ser llamativo que padres de familia, sabiendo de la existencia de tales abusos, envíen a sus hijos a colegios católicos en la esperanza irracional de que en su país o en su colegio el problema no exista, en lugar de ejercer presión como padres responsables para exigir medidas de protección para los hijos que ellos quieren educar en la religión.

El otro aspecto de la sexualidad en que la Iglesia no deja de enredarse es la homosexualidad. Las pocas estadísticas disponibles sugieren que hay una desproporción de gays dentro de la Iglesia (de 30% a 40% en Estados Unidos), pero los sigue condenando. 

Hace  poco, el Papa pidió: “Para evitar la entrada de homosexuales en la vida consagrada, que los responsables de los seminarios y noviciados mantengan ‘los ojos abiertos’ y ‘detecten candidatos’ que podrían ‘desarrollar más tarde esas tendencias’”. Desarrollar más tarde esas tendencias. ¡Qué sandeces dice el Papa!

A estas alturas, es absurdo tener que aclarar que homosexualidad y pederastia no tienen nada que ver; lo primero es un aspecto normal de la sexualidad humana. Lo segundo es una aberración, una patología sexual. 

En Bolivia estamos todavía en la etapa de la negación y la confusión. No se sabe, no se cree, no se habla, y cuando se lo hace es con desinformación, y prejuicios. Es hora de sacar los trapos al sol, y los más interesados en hacerlo debían ser los propios curas, y creyentes. Están en juego el futuro de su iglesia y la vida de muchos niños.

 

Jorge Patiño Sarcinelli es matemático y escritor.

 

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