No se duda inocentemente

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lunes, 11 de marzo de 2019 · 00:11

Dudar es una actitud intelectual de las más nobles … o de las menos. La duda, la aceptación de que uno no posee verdades absolutas y que el otro podría poseer verdades distintas es la base de la tolerancia, la virtud social que más contribuye a la convivencia armónica. Quien duda de lo que sabe contribuye a tumbar viejas verdades, a encontrar nuevas y al avance del conocimiento.

“Aprender a dudar implica distanciarse de lo dado y poner en cuestión los prejuicios, cuestionar lo incuestionable. No para rechazarlo sin más, sino para analizarlo y, por fin, decidir” dice Victoria Camps en su Elogio de la duda y cita a Bertrand Russell, quien decía que “la filosofía es siempre un ejercicio de escepticismo”.

Sin embargo, la duda filosófica a la que se refieren Russell y Camps es distinta de la vacilación de quien teme soltar las verdades con las que está acostumbrado a vivir para quedarse, suspendido en el aire,  sin tener todavía una nueva verdad de la que asirse.

Es fácil dudar porque es fácil abstenerse, pero es difícil lanzarse a creer lo nuevo. Podemos dudar de cualquier cosa; de que el sol va a salir mañana, por ejemplo. No hay evidencia definitiva de que vaya a ser así, pero nadie duda del hecho. Basamos esa creencia en las leyes de la física, en la voluntad del Creador, o simplemente en la fe en lo que se repite día tras día. En todos los casos, creemos porque apoyamos esa creencia en algo en lo que creemos más; ni siquiera la intuición opera en el vacío.

Pero ya sea para tener la comodidad de abstenerse, el coraje de creer o la imprudencia de lanzarse a creer, en todos los casos creer o no creer implica una decisión. Se elige creer o no creer. No se duda inocentemente. 

Hasta aquí la filosofía, pero dudar puede tener implicaciones prácticas y morales no triviales. Ejemplos hay muchos, pero uno que viene cobrando actualidad es el los casos de acoso sexual. Cuando una mujer o un niño denuncian que han sido acosados o violados muy rara vez existen pruebas materiales del hecho. Esta ausencia pone a la justicia en una dificultad seria pero insoslayable. Para hacer justicia hay que decidir.

El viejo principio de que es mejor dejar libres a cien culpables que condenar a un inocente ha sido usado demasiadas veces como excusa cuando se trata de abuso sexual. Hay ya demasiados niños cuyos padres no creyeron que el cura los manoseaba, demasiadas mujeres que han sido violadas acusadas de haberlo provocado, demasiados niños y mujeres que no quieren denunciar porque temen la desventaja de la autoridad eclesiástica o patriarcal.

Por eso, cuando un tribunal serio en un país con una sólida tradición jurídica, como Australia, después de oír testimonios y recabar las pruebas circunstanciales disponibles llega a la conclusión de que el reo es culpable, debemos suponer que esa evidencia es suficientemente incriminatoria, aunque sea un cardenal, aunque tenga 76 años, aunque nuestros prejuicios se resistan. No es que el jurado ha decidido creer más al acusador que al acusado, sino que todo lo demás estaba del lado de la acusación en opinión de quien fue llamado a decidir.

Igual podemos dudar, está claro, o creer más en el cardenal que en la justicia australiana, pero esa duda implica una elección y significa ponerse simbólicamente del lado de los violadores y abusadores que reclaman inocencia porque no hay fotos del acto y que serían siempre declarados inocentes si los jueces se dejaran llevar por dudas similares. 

Dudar en este caso tiene implicaciones que no pueden ser disculpadas bajo el pretexto del derecho a la duda. La duda sólo es loable cuando es, como dice San Agustín, “una forma de recobrar las fuerzas necesarias para seguir el camino”, y no un pretexto para mirar al otro lado del crimen. 

Jorge Patiño Sarcinelli es matemático y escritor.

 

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