El comportamiento psicosocial boliviano

miércoles, 13 de marzo de 2019 · 00:09

El concepto de obediencia social en la sociedad boliviana está atravesando una distorsión en su concepción; la sociedad boliviana está viviendo una suerte de “destape”, cual España después de Franco, lo que a la postre significó un deterioro en la moralidad individual y grupal españolas.

El frenesí psicosocial que se experimenta en la sociedad boliviana encuentra argumentos para su accionar en un discurso creado y diseñado para enarbolar las banderas de lo nacional, y lo autóctono en oposición a lo moral y tradicional. Este intento de aculturación (la imposición de un modelo social sobre el otro) por medio de la excitabilidad de sentimientos sociales en pugna ha sido tomado del modelo de la Alemania nazi, con un caudillo despertando sentimientos de superioridad en su pueblo.

Una sociedad que encuentra un choque tan grande de costumbres entre sus miembros, como lo es la sociedad boliviana, se convierte en el caldo de cultivo perfecto para promover creencias a partir de la instauración de modelos de jerarquías y, por consiguiente, de obediencia a éstas, las cuales trasciendan lo instituido en décadas de construcción societaria.

Así el caudillismo a ultranza logra socavar dichos cimientos e instaurar un nuevo modelo de conformidad y obediencia en aquellos sectores de la sociedad boliviana que sistemáticamente fueron instruidos en la idea de 500 años de opresión, finalizando en un proceso grupal de derrocamiento a ultranza de lo establecido, para iniciar el  tal proceso de “cambio” de la nación boliviana.

La constante práctica por infringir un orden establecido conlleva a que tanto en los grupos sociales como en los individuos se haya perdido el sentimiento de pudor social, máxime cuando la sociedad boliviana, en este caso, observa impávida las constantes transgresiones y abusos de su clase dirigencial, encontrando en éstos que la desobediencia no es otra cosa sino un medio más hacia la transformación y “cambio” en la sociedad.

Parecería ser que no existe en el país una sola institución gubernamental que sea sujeto de admiración y emulación por parte de la sociedad; una sociedad que al ser tan reducida en número cuenta con la posibilidad del escrutinio constante a sus instituciones. Qué  terrible  y dañina realidad es el saber que cualquier tipo de requerimiento individual o social derivará inexorablemente en la petición de dádivas reñidas con la formalidad societaria.

Es muy difícil el pretender el desarrollo económico y social (y por ende personal) en sociedades con excesiva polarización política y social, como es el caso boliviano. El constante azuzar de las diferencias (hoy en día subjetivas) de las diferencias socioculturales en Bolivia han sido el detonante para que exista un libertinaje social desenfrenado que echa por la borda los valores y normas de convivencia social individuales, y de grupo, ejemplificados éstos por la clase dirigencial.

¿Hasta dónde se quiere llegar con la excesiva polarización social? La respuesta más lógica parece estar en la eternización de los caudillos en el poder; esto conlleva a que el fin justifique los medios (para citar a Maquiavelo), empero el fin en nuestra particular realidad tiene una fecha de expiración y, finalmente, el camino hacia el cierre de la brecha de polarización conseguida hasta entrados los años 90 deberá ser retomado por la sociedad y sus futuros dirigentes para conseguir el tan mentado, y elusivo desarrollo social.

Alejandro Mariaca Álvarez es administrador de empresas.

61
10

Otras Noticias