La H Parlante

Ovando, el abuelo

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jueves, 14 de marzo de 2019 · 00:12

Al ver Algo quema, el documental de Mauricio Ovando de La Quintana, el espectador desprevenido podría sentir que está siendo transportado a través de un laberinto de sensaciones familiares disparatadas y confusas, una especie de deambular desordenado por álbumes de fotos y cartas amarillentas. 

Y es que la narración se parece mucho a la conmoción que sobreviene tras un hallazgo inesperado. Los retazos de la memoria se van sucediendo sin otro orden que quedarse en el sitio en el que fueron abandonados algún día. ¿Quién no se ha topado alguna vez con una caja llena de estampillas, boletos de barco, postales en blanco y negro o recortes de diarios, huellas todas de una época que ya perdió sus brillos y colores?

Mauricio nos exhibe sus materiales sin una lógica aparente. No hay apego a la cronología ni una clasificación por personaje o periodo. Quien aparece como bebé en una escena, reingresa luciendo bigote en la siguiente. Ello obliga al público a realizar un esfuerzo de reconstrucción, de resguardo en paréntesis de lo visto para relacionarlo en cualquier momento con lo está por verse.  

Y, sin embargo, al final, queda claro que Alfredo Ovando Candia fue un alto jefe del Ejército boliviano, que fue Presidente de Bolivia en oposición o cooperación con René Barrientos Ortuño, que tuvo una familia feliz de tres hijos, que el mayor murió en un accidente aéreo y que entre los nietos hubo varios sobresaltos por el apellido compartido que los hacía vulnerables entre sus compañeros de la universidad.

Algo quema no es un desmentido público, un alegato, ni una reescritura de la vida de Ovando, es el testimonio de un sentimiento inquietante convertido en pregunta: ¿somos lo que fueron nuestros antecesores directos?

Y entonces, una de las nietas del general recuerda que fue acusada de la muerte del Che, otra dice haber perdido un novio potencial, porque la familia del galán no quiso relacionarse con quien consideraban descendiente de un asesino. La escena final conmueve, porque junto al calor parpadeante de un fósforo, la familia proclama el advenimiento de la verdad incómoda: el abuelo sí tenía las manos salpicadas de sangre. 

¿Puede haber mayor valentía que esa?  Los Ovando comparten con Bolivia y América Latina el dolor íntimo de haber sido partícipes indirectos de la Guerra Fría. Muchas familias pasaron por ello, muchas se desgarraron entre el abuelo militar y el hijo guerrillero, pero a pocas les ocurrió que los agravios tocaran a miles de personas y que además se transmitieran a las generaciones venideras. 

Ese es el valor de Algo quema; desclasificar las filmaciones caseras, ofrecer al ojo de cualquiera la imagen de un general gozoso de sus domingos familiares, mientras cavila en secreto decisiones de Estado que lo colocan en el lado reprobable de la vida pública. 

El conflicto no es nuevo. Cientos de funcionarios estatales han vivido la dualidad referida: ser crueles en Palacio y tiernos en el dormitorio o la sala. Cientos de ellos han escondido prolijamente osamentas humanas en los sótanos o roperos del hogar. Muchos han callado crímenes en las mesas de cumpleaños o en los festines de cantares y cuecas, muchos han fingido normalidad en medio de las horas turbias de la confrontación. 

Nadie es responsable por lo que hacen, hicieron o harán sus ancestros o sus vástagos y, sin embargo, el apellido puede ser una marca imborrable sobre la frente. Hay quien la cubre, hay quien la exhibe y hay quien la ofrece para el debate y la introspección.

Mauricio Ovando nos asegura que Algo quema fue la terapia que la familia necesitaba. Apellidar como el general ya no es más una condena, sino un reto, incluso un regalo, un incentivo para entender una parcela importante de nuestro andar como patria. El destape de las imágenes íntimas nos deja en claro el contraste entre Ovando y Barrientos, la inmensa dificultad de haber formado parte de ese dúo y la sobrecogedora lucidez de haber instalado hornos de fundición o haber nacionalizado la Gulf a pesar de todo y en medio de una estructura de mandos verticales y grandes fragilidades.  

Pese a la conmoción de su nieto, el abuelo Ovando sale ganando esta partida. Su torrente interno de contradicciones nos revela a un ser humano como todos, pero no por ello menos excepcional o sorprendente.  Y así, cuando ni siquiera le hacía falta, pudo, remontando sus propias circunstancias, entregar lo que nadie esperaba. Por eso, suturar, unir o soldar los dos lados quebrados o aislados de la vida de Ovando, la faceta pública y la privada, es el logro que corresponde agradecer a Algo quema.

Rafael Archondo es periodista.

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