Darse cuenta, darnos cuenta

miércoles, 20 de marzo de 2019 · 00:09

En estas últimas semanas,  quizá a raíz del movimiento de suelos hechos en espacios antes inaccesibles a raíz de la construcción de áreas de instalación circundantes a las torres de una de la nueva ruta del teleférico con destino en Obrajes; o quizás también como resultado del temor natural por la creciente amenaza de crecida del río Choqueyapu en esta época de lluvias que no transcurre y donde la vida contigua a los puentes para gente indigente que no tiene otro espacio de cobijo haya obligado y colocado de modo visible  a un par de menesterosos justo antes de llegar a la Curva de Holguín o Gruta de la Virgen en el descenso a Obrajes. 

La presencia de gente en condiciones de evidente carencia o pobreza y que vive en situación de calle para algunos puede sonar como algo normal, es más como parte del entorno ornamental de la rutina citadina de los paceños, pero es en este caso el de la Curva de Holguín la figura que debería llamarnos fuertemente la atención por lo siguiente:

Del sitio que se encuentra en el carril de bajada, el lugar en el que se instala una precaria fogata con palos o leña improvisada y de recipientes para hervir unas  latas oscuras, en las que se vienen preparando algún tipo de alimento o bebida que distraiga el hambre de dos hombres en situación de pobreza, apenas distan quizás unos 500 metros de la casa más importante de este país, la Residencia Presidencial del Estado Plurinacional de Bolivia. 

A lo mejor serán las condiciones de voluntario alejamiento, distancia o contacto con la realidad, que acompaña la simbología del poder en un Estado, pues no otra cosa marcan altas murallas de concreto, guardias armados, movilidades de seguridad, terraza helipuerto  o las barreras de metal que se instalan para evitar la circulación del mismo tránsito por la noche; todas hacen que la casa presidencial de los bolivianos no tenga la menor oportunidad de recorrer, percibir de algún modo o ponerse en situación humana de quienes son sus circunstanciales vecinos.

Pues esa gente que no tiene más vestido que los abrigos raídos y enmugrecidos no goza de la seguridad de poder servirse a sus horas los alimentos y en distintos platos, o meriendas de las que normalmente gozan las reuniones protocolares o de carácter permanentemente festivo. Para ellos no hay guardia que vele su sueño, les alerte de la subida del río, que ya de hecho es particularmente rugiente en un sector que abre su presencia en un punto de ausencia de embovedado…

 Nadie seguramente se dará ante este cuadro por afectado para detenerse a preguntar si en alguna forma necesitan una mano que les ayude a salir de este su abandono, que nunca es voluntario. Claro es que los descartables –para utilizar el lenguaje del papa Francisco– son el caso real y cotidiano en el que cada uno de nosotros reproducimos una y otra vez la parábola del Buen Samaritano. 

Pues todos tenemos algo urgente que ir a hacer y, por tanto, el que está botado justamente allí, al costado del camino, no puede ser causa de atención para no perder nuestro valioso tiempo o afectar nuestras agendas, las que a veces los incluyen pero sin conocerlos, pues lo nuestro siempre será más importante que la realidad de otro y otro necesitado. 

Vivimos en un llamado estado social con grandes normas de volumen propagandístico, pero el avance de la pobreza, mendicidad y la condición de aumento del  número de seres  descartables está frente a nosotros, pero no nos damos cuenta. ¿Será que gobernantes, gente con poder variado y nosotros estamos preparados para recordar la pasión de Cristo cuando estamos protegidos de murallas y aparatos?  Lo que es seguro, desde  la altura de una cabina de teleférico o seguramente desde de la comodidad de un helicóptero, es que no veremos ni vamos a estar en riesgo de ser tocados por la miseria y por la realidad de los Otros.

 Pues es más seguro ver estos cuadros desde lo lejos y asumirlos como parte del entorno cotidiano. Pues desde arriba se puede percibir pero no tocar y menos ponerse a transformar las condiciones reales que colocan a nuestros hermanos en situaciones más que deshumanizantes. Habrá que darse y darnos cuenta.

 
José Luis Aguirre Alvis es comunicador social.

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