Desarrollo y salud

Venezuela y Bolivia, unidos hasta el fin

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sábado, 30 de marzo de 2019 · 00:10

 La historia, a veces cruelmente, nos está enseñando que desde la “dictadura del proletariado” en la Unión Soviética hasta los socialismos del siglo XXI, la angurria de poder, el totalitarismo dictatorial, acabó con las viejas esperanzas y opacó hasta las tradiciones solidarias de los proletarios. Las sociedades autocalificadas de “socialistas”, históricamente son las menos justicieras, las menos equitativas; las más opresoras y conculcadoras de los derechos humanos. 

 El mundo, ahora, es más ancho y puede no ser ajeno para nadie. Últimamente, estos neo o viejos socialismos autoritarios, avasalladores y, casi siempre, cegados por el culto a la personalidad de un solo jefe y un solo partido, están perdiendo terreno en favor del surgimiento de una nueva democracia incluyente y participativa. 

Adam Smith, renace de sus cenizas para recuperar prestigios perdidos y nuevos jóvenes, sin leer a Marx ni a Smith, están configurando nuevos caminos y cultivando innovadas esperanzas. Están superando el egocentrismo, el consumismo ilimitado que casi llega al darwinismo social y empiezan a crear nuevas utopías.

El propio capitalismo, más inteligente que avaro, todavía apilona riqueza a costa de su propia salud y seguridad, pero va aprendiendo, aunque sea lentamente, que puede disfrutar de todas las comodidades sin padecer de estrés, ni matar gente para defender sus bienes materiales. La angurria de poder es la que no cede a izquierda ni derecha y se resiste a reconocer que sin libertad no puede haber paz social ni vigencia de los derechos humanos.

 Estas reflexiones surgen a propósito de ver el continuo aislamiento de nuestro país, que junto al de Venezuela, está cada vez más lejos de los vínculos internacionales necesarios para construir la integración latinoamericana, que a nosotros más que a nadie nos es más que necesaria, indispensable. Ya hemos recibido el primer revés en La Haya, cuyo fallo no sólo ha sido adverso, sino lapidario.

Nuestra economía está en descenso, todavía no tanto como la venezolana, pero el riesgo es parecido. Venezuela cayó a un pozo sin salida, Bolivia todavía no, pero un comienzo de mal pronóstico es que el MAS, como un último recurso para recuperar popularidad, se hubiese lanzado a ofrecer un Sistema Único de Salud (SUS), que ni es sistema porque no tiene partes que sumen recursos y esfuerzos en pro de un objetivo común, ni es único porque no se ha corregido la anárquica segmentación y fragmentación de los servicios. 

Todo lo que hace el tan publicitado SUS es declarar la gratuidad de la atención médica, gratuidad que sin siquiera pagar la deuda que tiene el Estado con los grandes hospitales de La Paz y Santa Cruz, está condenando al colapso a los prometedores hospitales municipales y otros servicios que no podrán multiplicar atenciones sin recursos humanos ni materiales y sin flujo de caja que garantice la liquidez necesaria para la atención cotidiana.

 Conscientemente o no, por simple angurria de poder, el MAS, parafraseando el refrán atribuido a Dante, nos está conduciendo por el camino venezolano, esté o no empedrado con buenas intenciones.

 Una reciente publicación de la prestigiosa revista médica internacional El Lancet informa que Venezuela, que solía mostrar buenos indicadores de salud, ha retornado a situaciones catastróficas que ponen en peligro incluso zonas fronterizas de los países vecinos. La malaria aumentó 359% de  2000 a 2015 y 71% más para 2017. El dengue se cuadriplicó desde 1990 hasta 2016. En 2018, 82% de la población (28,5 millones) y el 75% de los centros de salud del país no contaban con abastecimiento continuo de agua potable. 

Las fallas en el suministro de electricidad, que culminaron con el gran apagón del 7 al 11 de marzo, empezaron tres meses atrás, no fueron fortuitas. Incluso, desde el 16 de noviembre de 2018 a febrero de 2019 las fallas eléctricas en 40 de los principales hospitales provocaron la muerte de 79 pacientes. No estamos como en Venezuela, pero el SUS nos está conduciendo por el mismo camino, con peores riesgos porque no es cierto que estemos blindados económica ni socialmente.
 

 

Javier Torres-Goitia T. fue ministro de Salud.

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