Tariquía, una señal del futuro

lunes, 01 de abril de 2019 · 00:09

“Son apenas 60 hectáreas que se afectarán, a cambio de traer desarrollo”. Así sentenció el asesor ambiental del Ministerio de Hidrocarburos, al minimizar la inminente intervención en la reserva de flora y fauna de Tariquía para buscar hidrocarburos en sus entrañas.

En un ecosistema todo está conectado, es un espacio continuo en el que fluye el agua por la superficie y el subsuelo, es un hábitat libre para los animales e incluso es una gigantesca red que los árboles tejen por debajo con sus raíces. Por más planes de cuidado y restauración que se implementen, la explotación de hidrocarburos -aunque se concentre supuestamente en un área pequeña- dejará una marca que afectará a la reserva y que podría ser irreversible poniendo en riesgo su valor ecológico.

Esto es lo que una gran parte de habitantes de Tariquía y sus áreas circundantes presiente que sucederá. 

Pero el Gobierno, cegado por la necesidad política y económica de incrementar las reservas de gas del país, le ofrece al departamento de Tarija la posibilidad a futuro de entregarle 1.800 millones de dólares por la renta correspondiente a los   tres TCF  de gas que en teoría albergaría la reserva (de acuerdo con la declaración del asesor ambiental). Y, entonces, ante semejante oferta, no entiende que en este departamento surja un importante rechazo a la incursión en Tariquía, salvo que se tratase del trabajo de una oposición dañina.

Sin embargo, en el fondo el asunto no tiene que ver con el incremento de las reservas de gas y la economía de Bolivia o Tarija, ni la lucha entre Gobierno y oposición, sino con un problema filosófico respecto a cómo habitar el planeta, cómo convivir con el entorno y qué entender por desarrollo.

Una buena parte del departamento de Tarija ya está harta de la danza de millones con el cuento del gas. Desde el año 2000 a la fecha han pasado por esta región alrededor de 6.000 millones de dólares, entre el gobierno departamental, los 11 municipios y la universidad, y, a pesar de haber mejorado el conjunto de indicadores socioeconómicos, con programas como el seguro de salud, la gente siente que la plata no le llegó, que no se han resuelto (o se han resuelto mal) los viejos problemas y encima han surgido nuevos, como la inseguridad ciudadana y el aumento del costo de vida.

Durante la “era del gas” se apostó por el cemento y las infraestructuras; el departamento está lleno de grandes mercados, coliseos, colegios y campus universitarios, cientos de sistemas de riego y caminos vecinales. Pero nos olvidamos de los contenidos, es decir, de transformar la educación, desarrollar y cualificar el deporte, diseñar una verdadera política de turismo, impulsar con fuerza las cadenas productivas exitosas, como la de uvas, vinos y singanis o instalar una matriz productiva sostenible para salir de la dependencia del gas. 

Si bien se avanzó mucho en la dotación de servicios básicos, no se trabajó integralmente en construir una sociedad más feliz, digna, tolerante y solidaria. 

El discurso del gas llevó al departamento hacia el rentismo, el cemento y la corrupción, despertando en la sociedad codicias por “hacer plata” rápido y fácil. Y todo ello a costa de depredar la naturaleza.

Ante ese panorama, en la mente de mucha gente la potente promesa de futuro que a principios del siglo XX proyectaba el negocio del gas se va esfumando.

Al igual que el TIPNIS, Tariquía puede representar una señal de futuro, pues nos invita a re pensar un país sin gas, con un modelo de desarrollo que supere el extractivismo y el rentismo y que respete a la naturaleza. 

Nos está invitando a mirar la era posgas, a cambiar los paradigmas y aprovechar los valores ecológicos de Bolivia. Quizás en el futuro el agua y el aire tengan mayor valor que el petróleo y el gas. 

Hace un tiempo Tariquía dio un pequeño paso, al lograr un premio mundial por la extraordinaria miel que produce.

Sergio Lea Plaza es comunicador social.

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