Desarrollo y salud

Bolivia y su porvenir

sábado, 13 de abril de 2019 · 00:10

Así como los árboles impiden ver el bosque, los bolivianos estamos lamentándonos. Unos de la penurias y  sinsabores del SUS y el amargo momento por el que está pasando la salud de nuestro pueblo; otros porque la educación de la niñez y juventud esté tergiversando datos para poner a Zarate Wilca por encima de Pedro Domingo Murillo, o al superlector de mil libros en lugar de Franz Tamayo.

Otros porque la mafia y la corrupción se están enseñoreando en el país: robos en bancos oficiales, narcotráfico, tráfico de órganos,  trata de personas, falsificación de medicamentos, contratos millonarios a dedo. Todos son árboles parciales, pero el bosque mayor no se moverá sin un cambio de gobierno, que pasa, obligadamente, porque la oposición gane las próximas elecciones, con cualquier candidato en primera vuelta, con un amplio margen que sea indiscutible. 

 El oficialismo nos marea mostrando un crecimiento del PIB que es sólo eso, “crecimiento aritmético” del Producto Interno Bruto, sin muestra alguna de desarrollo, sin incremento del empleo o de mejoras en la educación y con franco deterioro de la salud. Como afirma Chávez:  “Los últimos 13 años hubo una extraña combinación de superávit de dinero con escasez de ideas y horizontes (Página Siete 7-4-19. Desarrollo inteligente vs. teología extractivista). 

 Frente a este caos, era de esperar una masiva reacción general para buscar un cambio. Sin embargo, la última encuesta de Página Siete muestra que el actual Presidente mantiene su base de 30% de preferencia de voto, en empate técnico con uno de los candidatos de la oposición, otro que va en ascenso, aunque todavía de lejos, varios estancados y 21% de indecisos. No se perciben los peligros que amenazan al país si no cambia de rumbo y sigue como Venezuela.

 Raúl Peñaranda, con claro conocimiento de causa, señala que los indecisos son la clave que puede definir el resultado electoral (Página Siete 7-4-19). Efectivamente, son muchos por ahora, pero hay una verdad oculta que si se la devela frontalmente puede convencerlos. El MAS, dueño absoluto de todos los poderes del Estado y de los recursos económicos, ha logrado desacreditar la política y a los políticos con juicios ilegales, aparatos de presión y amedrentamiento.

Su prédica continúa con mensajes subliminales y millones de dólares invertidos irregularmente en forma impune a cualquier fiscalización confunden a cualquiera. Sólo Neurona cobró ya 12,4 millones de bolivianos por distorsionar los hechos; mientras los medios de comunicación, salvo poquísimos independientes, están asfixiados, controlados o abiertamente comprados.

Ha logrado así que muchos ingenuos estén orgullosos de ser apolíticos sin percibir que, aún sin quererlo, ayudan al MAS, que es un partido más antiguo y agotado que varios de la oposición, y mucho más que las dos fuerzas que compiten en su contra.

 En estas circunstancias, no es difícil convencer a los indecisos, porque la verdad siempre vence a la mentira. Es de esperar que los partidos, sin dejar de competir legítimamente por ser los primeros, sepan valorar la urgencia de recuperar previamente la democracia, sabiendo que cualquiera de los binomios opositores es 10 veces mejor que el oficialista, pese a todas las mentiras del MAS para desacreditarlos. 

Si la oposición se hubiera estructurado monolíticamente en una sola fuerza, como desearon muchos, el peligro del absolutismo no se habría superado. La lucha por estar a la cabeza es legítima, pero cabeza y miembros perderían si no recuperan previamente la libertad, aún bajo un gobierno de transición, para definir después, democráticamente, doctrinas y programas que interpreten mejor las aspiraciones, y necesidades de la gente.

En 14 años de vida a salto de mata  los partidos políticos no han podido debatir principios, menos consultar con la población programas sociales, económicos o políticos. Es pues imprescindible elegir el 20 de octubre un gobierno nuevo, terminar con el prorroguismo improductivo, la deificación de un líder y el monopolio de un partido, para emprender -como sostiene Amartya Sen- un “desarrollo como un proceso de expansión de las libertades fundamentales”.

 

Javier Torres Goitia T. fue ministro de Salud

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