¿Qué diría Víctor Hugo?

miércoles, 24 de abril de 2019 · 00:09

¿Que no hubo insurrecciones tan alarmantes en Francia desde La Comuna (1871) hasta que Macron quiso dar un impuestazo a los combustibles?  ¡Ya, tampoco! Pero fue turbulento: nacieron los “chalecos amarillos”, protestando por la disminución de la riqueza. Entonces Macron quiso hablar: bajar el impuesto a la renta, ajustar algunas pensiones a la inflación, no cerrar ningún hospital ni escuela e incluso considerar los referendos. Todo esto se iba a anunciar. ¿Y qué pasó? La ley de Morphy pasó: faltando una hora, la catedral de Notre Dame ardió en llamas. 

Notre Dame no tuvo un incendio tan arrasador desde La Comuna. El mundo lloró, se cuestionó, e incluso celebró el suceso al mejor estilo de Varg Vikernes, que incendiaba iglesias en los 90. ¿Cómo razonaron quienes no lamentaron la catástrofe? Comenzaré objetando las críticas cualitativas: La mayor parte se basó en esta falacia facilona: “si existe un problema B que es peor al problema A, entonces A no interesa”. Los animales, los bosques, los hambrientos en África, esos sí son problemas, dan a entender.

Por favor no mezclemos peras con chips de silicio. El mundo tiene problemas y debemos solucionarlos. Tema aparte, hubo una catedral monstruosamente bella que se quemó. Estamos en derecho a lamentarlo. Otros arguyen que el lamento es muy eurocentrista. ¿Acaso no lloraríamos por Machu Picchu, la Gran Muralla China, o las pirámides de Egipto? Luego están los anti-catolicismo. 

Sí, las iglesias simbolizan un imperio responsable de algunos de los actos más corruptos, sádicos y manipuladores en la historia. Para este argumento recurriré a Víctor Hugo, autor de la afamada novela Notre Dame de Paris (la del jorobado). La novela tenía el fin de loar la arquitectura de esta bella catedral y promover su preservación para siempre. Lo consiguió, y no por ello se abstuvo de criticar ásperamente a las autoridades eclesiásticas; a Frollo, el archidiácono tan obsesionado con Esmeralda que la hizo matar, ya que ésta se negaba a que tuvieran relaciones. Víctor Hugo sabía que la perversidad permea desde el tugurio más pobre hasta la catedral más suntuosa. La vilesa está en todas partes. Tendríamos que destruirlo todo. 

También están los que critican a quienes suben fotos en la iglesia. Los tildan de siguemodas. Manga de envidiosos. Yo nunca fui a Nuestra Señora, pero me alegra saber que otros sí. Finalmente están los que se burlaron del hecho, como Nerón cuando vio a Roma arder. Qué le haremos. Los memes de humor cínico reflejan el pensamiento posmoderno de hoy: irreverentes hasta ser insensatos. Todo por un like.

 Ahora repararé en algunas cifras: Se solicitaron donaciones internacionales para reconstruir la catedral. Ahora bien, el gobierno francés otorgará un 75% de exención fiscal a las donaciones menores a mil euros, y un 66% a montos superiores. En otras palabras, apenas se cobrarán impuestos en esto. No olvidemos que Macron había previsto, hasta hace unos meses, incrementar el impuesto a los combustibles en un 11,5%, aunque al final se arrepintió. ¿Impuestazo a la energía, que incumbe a todos; exención a los donadores? Cuestionable. 

Por otra parte, en menos de una semana se recaudaron más de 800 millones de euros en donaciones. A los “chalecos amarillos” les emputa que, cuando llevan meses exigiendo mejores sueldos, una iglesia quemada se vuelva más rica en un día. Lamento decirles a los chalecos que ese dinero viene de las empresas, no del Gobierno. ¿Son esas empresas amantes desinteresadas del arte? No. Son los listos aprovechándose del buenito: Francia es de los países que más ventajas tributarias otorgan a los mecenas; gracias a esto, las empresas que hacen mecenazgo desgravan un 60% de su impuesto. 

No, señores, no es que las empresas se preocupen más por el arte que por los pobres. Simplemente el arte en Francia ayuda a esquivar impuestos. No sé qué es peor, la apatía de la clase media o las trampas de la clase alta. Pero terminemos con optimismo. Se ha convocado a un concurso internacional para reconstruir la aguja de la torre. Se considerarán tanto propuestas conservadoras como modernas. Personalmente preferiría que gane una propuesta moderna. Notre Dame fue, al momento de su construcción, novedosa al incorporar el entonces fresco estilo gótico, pero a la vez era conservadora al incluir el románico. 

Reforcemos el eclecticismo de la catedral con un sublime diseño que armonice con la arquitectura de nuestra era. Así las generaciones posteriores sabrán que Notre Dame también formó parte del siglo XXI.

 

Santiago Gutiérrez es escritor y  economista

Confidencial

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