Cuando el amor socapa delitos

jueves, 25 de abril de 2019 · 00:10

En los últimos meses se ha hecho evidente que los índices de violencia de género en 2019 tienden a aumentar: feminicidios, violaciones y agresiones físicas entre ambos géneros que hemos podido observar por diversos medios de comunicación. Todo ello ha dejado entrever que la lucha para detener la violencia es un asunto que le pertenece tanto a mujeres como a hombres. No obstante de que tanto el Gobierno   como los gobiernos municipales de las ciudades de La Paz y El Alto, por ejemplo, se han declarado firmes guerreros en la lucha para detener la violencia de género, los esfuerzos no han hecho mella para detener lo que pareciera una guerra de nunca acabar. 

A pesar de que nuestro país cuenta con los instrumentos normativos pertinentes para brindar tutela en situaciones de violencia (como la Ley 348  para garantizar a las mujeres una vida libre de violencia, promulgada en la gestión 2013), los mismos se encargan de brindar atención práctica y exclusivamente a las mujeres, y ello es así porque a lo largo de la historia de la humanidad somos quienes más hemos sufrido algún tipo de violencia. Sin embargo, ello no debería cegarnos, ya que en la actualidad no sólo las mujeres pueden ser víctimas de violencia en cualquiera de sus tipos o manifestaciones. 

En ese sentido, en casos conocidos a nivel nacional, en los que se involucran hechos violentos, ha llamado la atención la defensa social -llamémosle así- de algunos agresores. Y es que aún recorren las redes sociales algunas denuncias de violación, en las que los implicados fueron defendidos en los medios de comunicación. Parece que ahora vivimos en una época en que los familiares y amigos se toman el debido tiempo para amparar a los imputados de una violación o al presunto feminicida (pero abusador confeso).

 Se ha llegado al punto en que pareciera no importar el estado de flagrancia, así como las pruebas o evidencias obtenidas en un caso; pareciera que sólo nos sensibilizamos ante el dolor de la víctima siempre y cuando no se haya denunciado a alguien de nuestra familia o círculo cercano de amigos. 

Todos quisiéramos creer que esas cosas no nos pasarán, que la violencia de género o cualquier tipo de agresión no se encuentra infiltrada en nuestro entorno; sin embargo, negarnos a advertir los pequeños hechos violentos cargados de sutileza y cotidianidad significa permitir que el amor anule nuestra capacidad de percepción. Y sí, es cierto, el amor en más de una ocasión puede evitar que dejemos de ver a las personas como en realidad son, ya sean nuestros hijos, nuestras parejas o amigos más cercanos.

La frase “hay amores que matan” parece cobrar materialidad. Casi podemos palpar esa realidad cada vez que en las redes sociales reproducimos videos de algún hombre golpeando a su esposa en un evento social o cuando una mujer agrede físicamente a su expareja en vía pública, o en las ocasiones que leemos sobre una madre golpeada hasta la muerte a causa de los celos de su pareja. Es lamentable que en pleno siglo XXI aún convivamos con ese tipo de hechos. 

Sin embargo, a veces olvidamos que hay amores que también matan de forma indirecta; esos amores ciegos que no nos permiten aceptar que uno de nuestros hijos o hijas ha tomado una decisión irreversible y que debe ser sancionada jurídicamente; o del tipo de amor que provoca que guardemos silencio sobre las diferentes agresiones que sufre una de nuestras amigas, sólo para que ella no se aleje de nosotras; o las veces que miramos a otro lado cuando un familiar cercano agrede a su pareja y justificamos el hecho por el estado de ebriedad del agresor. 

Ese tipo de amor que nos hace callar porque no queremos que el problema sea mayor, porque queremos creer que fue un hecho aislado; ese tipo de amor es el que provoca que una familia entera o un grupo de amigos justifiquen o minimicen una situación de violencia, en la que ellos no son los directamente involucrados.

Existen diferentes causas por las que la violencia no ha dejado de crecer en nuestro país, pero una de las más peligrosas es el amor, ese amor insano que no sólo se encuentra en las víctimas (hombres o mujeres) que por años aguantan y callan la realidad en la que viven; sino también la rara mutación del amor que nos hace cómplices y defensores de quien ha cometido un grave error; de los que a espaldas de sus progenitores se ha acostumbrado a obtener las cosas por la fuerza.

Ese amor se convierte en una especie de enfermedad social que anula la capacidad para analizar y comprender los hechos, y que tristemente es capaz de convertirnos en defensores de lo indefendible; esa mutación del amor se ha convertido en un fiel servidor para la propagación silenciosa de la violencia.

 

Pamela M. Quino Montenegro es abogada.
 

Confidencial

Si te interesa obtener información detallada sobre el proceso electoral, suscríbete a P7 VIP y recibirás mensualmente la encuesta electoral completa de Página Siete. 

Además, recibirás en tu e-mail, de lunes a viernes, el análisis de las noticias y columnas de opinión más relevantes de cada día. 

Tu suscripción nos ayuda no solo a financiar la encuesta sino a desarrollar el periodismo independiente y valiente que caracteriza a Página Siete.

Haz clic aquí para adquirir la suscripción.

Gracias por tu apoyo.

76
5

Otras Noticias