Keynesianismo del siglo XXI

lunes, 29 de abril de 2019 · 00:09

Tomo prestado el título del libro Keynesianismo del Siglo XXI de Arestis y Sawyer (2010) para tratar de hacer una relación con aquello que en forma pomposa se trata de mostrar como socialismo del siglo XXI. Siguiendo a Keynes, en tono sarcástico, el secreto de nuestro crecimiento sería la aplicación de políticas similares a las del antiguo Egipto y la Edad Media.

 La construcción de pirámides y la búsqueda de metales preciosos habría sido el “secreto económico” de Egipto; mientras que en la Edad Media se construían catedrales y se cantaban piezas fúnebres. Dos pirámides, dos masas útiles sólo para los muertos, son dos veces tan buenas como una sola, pero no es lo mismo con dos vías férreas, expresaba Keynes. La versión regional consiste en la construcción de carreteras hacia ninguna parte para hacer crecer la economía.

Para conseguir un crecimiento económico, nosotros no construimos pirámides sino palacios, tampoco edificamos catedrales como sitios de adoración, sino museos que, aunque inservibles, generan un impacto positivo (de una sola vez) en la economía. En lo que respecta a la búsqueda de la riqueza, esta labor la realizaron los “vende-patrias”, ello no impide que en la actualidad sus beneficios se aprovechen sin remordimiento y simplemente se evaporen. Keynes decía que los grandes periodos de prosperidad en la historia económica pueden ser vistos sencillamente como causados por los efectos multiplicadores del gasto público.

Richard Kahn, el iniciador de la versión formal del multiplicador, enfatizaba en una relación virtuosa entre inversión y empleo mediante un sencillo argumento: un aumento en el gasto de capital crearía empleos no solo directamente en forma de trabajadores empleados para construir máquinas, sino también indirectamente para otros que deberían producir comida y vestimenta para los trabajadores iniciales y sus familias. 

No interesaría para qué sirvan las máquinas producidas como tampoco importaría quién realizaba la inversión; si los privados no estaban listos, ni deseosos, ni tendrían la coordinación necesaria, el gobierno lo podría realizar de todas formas. Pensemos en los trabajadores produciendo Quipus, que nadie utiliza, por ejemplo.

Kahn empleaba la idea del gasto gubernamental en carreteras como ejemplo de “inversión interna”, aunque observando que esta simplificación no significaba que la construcción de más carreteras (léase también canchitas y aeropuertos), era una forma deseable de inversión. 

Keynes, por su part,e escribía que llenar botellas con cheques para posteriormente enterrarlas en las profundidades de las minas y luego extraerlas contratando para ello incluso a empresas privadas, haría descender el desempleo y, con la ayuda de su repercusión en la economía, mejoraría el ingreso de la comunidad y su riqueza; sin duda, seria mas beneficioso construir viviendas y cosas parecidas, pero a falta de iniciativa, lo primero -enterrar botellas-, siempre daría mejores resultados que no hacer absolutamente nada. 

Joan Robinson remataba diciendo, para dolor del “proceso”, que si no se pueden pagar salarios por hacer algo creativo, se los deberían pagar por lo menos para hacer tonterías, pues hasta ello haría crecer la economía.

Hasta aquí el socialismo del siglo XXI queda más o menos explicado. Keynes no fue un hombre de izquierda y se identificaba más con el partido liberal inglés; con humor mordaz denominaba las políticas que recomendaba como “socialización de la inversión”.

 Si políticos “neoliberales” emplearon estas políticas públicas, como en el caso del Fondo Social de Emergencia y el Bolivida, por ejemplo, y que sí se justificaban en momentos de depresión económica y de problemas de demanda agregada, ¿por qué las mismas políticas en la cualidad se consideran como progresistas?

 Las políticas de un capitalista liberal para situaciones de depresión económica no pueden convertirse en buenas simplemente porque quien las aplica se considera de “izquierda”. Resulta más fácil, sin lugar a dudas, vender la idea de socialismo que keynesianismo del siglo XXI, tan sencillo como eso.

Ramiro Martín Luján Chávez es economista

Confidencial

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