Alan García y el insoportable peso de la ignominia

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martes, 14 de mayo de 2019 · 00:10

La noticia pasa pero la impresión queda y late. Pasado un mes y algo desde el suicidio de Alan García que “conmocionó a la opinión pública”, sigo pensando en ello y no creo ser el único. Un suicidio, cualquier suicidio, causa emociones compartidas, y, por motivos que son más de la psicología de masas que de la lógica, el de un grande conmociona más. 

Sobre el suicidio de Alan García se ha escrito mucho desde todos los ángulos: el político, el histórico, el anecdótico y hasta el bíblico. 

Hace unos días, por ejemplo, Zaratti nos hacía un recuento de los suicidios relatados en la Biblia, y cerraba diciendo que “la Iglesia sigue condenando el suicidio en sí, pero respeta al suicida, a sabiendas de que la misericordia de Dios actúa hasta el último instante de vida”. Paradójicamente voltairiano ese “condena pero respeta”, y enigmático lo de “hasta el ultimo instante de vida”, sugiriendo la posibilidad de arrepentimiento y perdón en ese instante entre la vida y la muerte. 

La Iglesia Católica ha condenado el suicidio desde que en la Edad media vio que estaba perdiendo rebaños de fieles tentados por la posibilidad de adelantar las delicias del cielo como escape de las miserias de la vida. La única forma aceptada de suicidio era el martirio, aunque sobre esto se debatió mucho. El coraje irracional también puede ser una forma de suicidio, glorificado como heroísmo. 

Alan García pertenece a una notable lista de grandes personajes que han optado por la muerte por mano propia, desde Cleopatra (se dice) hasta Germán Busch (valiente por suicida), pasando por Sócrates (sin más opción), Allende (hay dudas) y Getulio Vargas (un clásico), por no mencionar a los muchos escritores, como Pavese, Stormi, Goytisolo y Mishima, que  hicieron la misma elección.

“No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio, y ese es el suicidio”, dice Camus en El Mito de Sísifo. La cuestión fundamental, según él, es saber si la vida vale la pena ser vivida. Es posible que muchos de los suicidas cometan el acto después de largas meditaciones existenciales, pero las estadísticas muestran que el suicidio es las más de las veces una decisión que se toma en minutos, a veces en segundos. La carta que dejó Alan García hace dudar si él fue uno de estos.

Desde el genial estudio de Durkheim, el suicidio ha sido estudiado desde todos los ángulos posibles; causas, métodos, estaciones del año (la primavera es la preferida), etc. A menos que la tentación del cielo sea muy grande, la gente no se suicida más en épocas de guerra o hambruna que en tiempos de paz. 

La química le pone zancadillas a la psicología y un déficit de serotonina basta para empujar un alma al barranco. Pero otros elementos inexplicables están en juego: hay tendencias nacionales. Uruguay y Argentina están entre los más altos de América Latina (la tristeza del tango), pero algunas fuentes ponen a Bolivia arriba en la lista. ¿Qué dice la cultura aymara del suicidio? 

Las mayores tasas de suicidio en el mundo son de Groenlandia y Rusia y las diferencias entre los países con más suicidios y con menos son abismales. Hay paraísos desarrollados de los que la gente huye a la muerte, pero de los infiernos pobres la gente prefieren emigrar que suicidarse. Hay más suicidios en Estados Unidos que en Venezuela.

Lo más sorprendente quizá es la emulación. ¿A cuántos puentes, del Golden Gate al De las Américas, han puesto mallas para que los suicidas no salten siguiendo algún ejemplo? Al mes del estreno reciente en Estados Unidos la serie Por trece razones (en la que una adolescente graba las causas que la llevan quitarse la vida) los suicidios en la franja de edad de 10 a 17 años aumentaron en 29%. 

Desesperaciones y tragedias no llevan siempre al suicidio, pero hay angustias y escenarios insoportables que explican el suicidio; uno de los más dignos, el de quien no puede vivir con la ignominia y se hace harakiri o se arroja sobre su espada es muy raro hoy en día. ¡La ignominia se ha hecho tan liviana! A Alan García no le parecía. 

 

Jorge Patiño Sarcinelli es matemático y escritor.

 

Confidencial

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