El corcho, el purgatorio y una candidatura a la CIDH

jueves, 16 de mayo de 2019 · 00:10

Un buen vino siempre es buena compañía. Acabo de descorchar uno tarijeño que es fácil de beber porque está elaborado sin mucho tanino y me propongo empezar a escribir sobre un tema de actualidad.

Con copa en mano, aspiro el aroma ligero y afrutado y mi vista depara en el corcho que aún esta en el tirabuzón. Lo observo detenidamente y compruebo que es una de las maravillas de la naturaleza, producto de un tejido vegetal que recubre el tronco del alcornoque.  En la escuela me enseñaron y me demostraron que el corcho, por más de que se lo sumerja, siempre sale a flote.

 Roberto Arlt sostiene que hay hombres corcho, que nunca se hunden, sean cuales sean los acontecimientos turbios en que estén mezclados; es el tipo más interesante de una especial fauna. Y quizá también el más inteligente y el más peligroso.  Tremendo, astuto y cauteloso, el hombre corcho no da paso, ni puntada en falso. Todo le sale bien. Siempre así falso, amable y terrible, prospera en los bajíos, donde se hubiera ido a pique más de una preclara inteligencia. 

 Hay en nuestro país muchos hombres corcho. Unos pasan desapercibidos porque viven una vida intrascendente que no afecta casi a nadie y, por ello mismo, a nadie le importa... mucho.  Otros, sin embargo, son notorios. Han alcanzado niveles de poder difíciles de ocultar y que, además, han encontrado el gusto a los oropeles y a las canogias que éste trae consigo.  El figureo, la notoriedad, el dinero, hace que el hombre corcho boliviano sea, como comúnmente se dice, un pasa-pasa. 

Pero como es astuto, utiliza su pasado en función de su futuro y lo retuerce y enreda para que le sea útil y lucrativo. Se vale de la política y de los políticos y hasta suele volverse político, para que cuando se está hundiendo en las turbulentas aguas de una crisis, salga a flote, ya no como político, sino como el hombre inmaculado que no se contamina con la política y con los políticos.  

Estos hombres corcho son los que le hacen mucho daño a la sociedad porque nunca actúan de frente, sino perennemente con triquiñuelas, a menudo elegantes, a veces burdas, pero siempre encubiertos bajo ese manto de su “buen nombre”. Flotan continuamente porque su naturaleza es tan o más fofa como la del noble producto del alcornoque. 

Alguien dijo que los seres humanos estamos rodeados constantemente de tentaciones,  poder, riqueza, fama, etcétera… Al tener todo esto, es común pensar -los hombres corcho están convencidos de ello- que ya se tiene un lugar asegurado después de la muerte.

En la enseñanza cristiana uno se ganará el lugar que se merezca, todo dependiendo de lo que se haga en vida, pues una vez muerto, deberá pagar las consecuencia de sus actos.

Estudié, o mejor dicho, me hicieron estudiar la Divina Comedia en mis últimos años de secundaria. Me costó mucho entenderla y, por largo tiempo, fue un mal recuerdo de mi adolescencia. Mucho después tuve ocasión de repasar la obra de Dante Alighieri y, con muchos años más de vida vivida, pude no sólo entenderla, sino hasta disfrutarla.

 Recuerdo el segundo lugar visitado por Dante, después de haber salido del infierno al ascender hacia el paraíso: el purgatorio. El lugar donde las almas se purifican antes de entrar al paraíso. En las noches, las almas son incapaces de avanzar y allí se quedan los llamados “príncipes” negligentes, gente con poder que descuidaron sus deberes. 

Están allí porque fueron presas de uno o varios de los siete pecados capitales y quieren limpiarse de ellos.  Los soberbios, por ejemplo, pagan su pecado siendo obligados a arrastrarse como gusanos.

 Seguramente el purgatorio tiene una sobrepoblación de hombres corcho que están queriendo purificarse y proseguir hacia el paraíso que se han propuesto alcanzar tanto en la vida como después de muertos.  Para ellos, sin embargo, la noche de su purgatorio será muy larga y avanzarán muy poco. Santa Faustina, al ver el purgatorio, preguntó a los residentes qué era lo que más les hacía sufrir y las almas le contestaron que era sentirse abandonadas por Dios. Cuando salió, escuchó la voz del Señor: “Mi misericordia no quiere esto, pero lo pide mi justicia”.

 Para algunos, la Bolivia actual se ha convertido en una suerte de purgatorio que hospeda a personajes que están purgando ya sus pecados, pero que, al mismo tiempo  aprovechan de un ambiente propicio para salir a flote, a pesar de estar hundidos por su concupiscencia. Son los hombres corcho que han habido siempre y que siempre los habrán… Difícil es no conocerlos.

 Con mi vino casi acabado, me doy cuenta que he deambulado por disquisiciones casi metafísicas en vez de analizar, como me había propuesto, la candidatura del Estado Plurinacional a la Corte Interamericana  de Derechos Humanos.  Tendrá que ser en otra ocasión…

 

Fernando Salazar Paredes  es abogado internacionalista

Confidencial

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