Ciudades y migración, otra mirada

jueves, 02 de mayo de 2019 · 00:09

Las mujeres, distintas y semejantes a la par, actúan, construyen sus vidas desde sus identidades asumidas y son seres para sí, sin dejar sus roles atávicos que las identifican como seres para los otros. Son miles las mujeres bolivianas que migran en búsqueda de los enclaves económicos tanto en el sur-sur del continente como en el norte, aunque ésta última se ha reducido en índices importantes en los últimos años, producto de la crisis europea.

En un mundo cada vez más globalizado, la migración adquiere connotaciones menos unidireccionales y permanentes y se identifica mejor con las características de temporal y circular. Las ciudades, las grandes metrópolis consideradas megaciudades de América Latina, se relacionan con la arquitectura, con el género, la ecología y la naturaleza. Esto no ocurre de manera uniforme ni lineal, obedece a los cauces propios del desarrollo urbano y a las bases económicas, y culturales que sustentan la arquitectura y el proyecto urbanístico de esas ciudades. 

¿Cuán inclusivas son las ciudades, objeto de sueños de las y los migrantes? ¿Cómo incorporan la dimensión de género, siendo que éste es un concepto vinculante con otras dimensiones del ser humano? 

Los patrones de migración concebidos como un proceso generalizado que se da con énfasis desde los países más pobres a los países creadores de oportunidades requieren el abordaje de las disparidades migratorias desde la perspectiva del género. Y cuando nos posicionamos, desde el  punto de vista genérico, entramos al espacio de lo privado, en las formas y estilos de la organización familiar, los rangos de autoridad en el espacio doméstico, la relación con la sociedad de acogida o anfitriona y la reproducción, las culturas del cotidiano, sexismo, discriminación, y hostigamiento sexual, las formas y niveles de integración a las ciudades receptoras,  los ámbitos estratégicos para la emancipación, como son la educación, la formación profesional, el empleo, los equipamientos e infraestructuras urbanas,  entre otros.

Faltaría revisar a profundidad, la igualdad entre mujeres y hombres migrantes en términos de posibilidades y oportunidades en los países de acogida.

Con un sentido futurista, el Informe sobre las Migraciones en el mundo 2018 de la OIM  pone el acento en que las ciudades están obteniendo el reconocimiento de quienes elaboran políticas, investigan, invierten o migran. Los migrantes, tanto los internos como los internacionales, se dirigen a las ciudades, porque en ellas su capital humano se ve más recompensado.

Una de las implicancias más negativas de la migración rural a las urbes citadinas es el cambio cultural y de estilo de vida, que experimentan tanto mujeres y hombres migrantes. En el caso de las mujeres indígenas andinas en particular, Pequeño (2007) indaga en la representación simbólica de las mujeres indígenas donde ellas tienen el rol de reproductoras biológico-culturales de su grupo. 

En razón de esto, ellas serían “más indias”,  no tanto por su ubicación social y económica, sino por una característica cultural, que se basa en una tendencia adscrita al género femenino y que se centra principalmente en la capacidad asignada de preservar la cultura, y mantenerse menos permisivas al contacto cultural foráneo, transformándose así en vehículos de identidades colectivas.

En este imaginario de las mujeres indígenas en las ciudades como un espacio que desindigeniza se estaría poniendo en riesgo la representación social de las indígenas   como guardianas de prácticas culturales tradicionales y de los valores de su etnia. En las jerarquías de género del mundo indígena, las mujeres han sido percibidas históricamente ubicadas en el espacio doméstico-rural-reproductivo-comunitario.

 Las desigualdades genéricas que expresan las ciudades, funcionales al poder económico cultural y social las vuelve espacios faltos de neutralidad. Entonces, los migrantes de diferentes grupos étnicos construyen ghettos o entornos propios donde se recrean los países de emigración, como una remembranza del pasado y la historia de diferentes grupos étnicos. También para mostrar una diferenciación cultural irrenunciable y sus rituales de reproducción simbólica y material de las conformaciones culturales de las que provienen.

 Habría que indagar si las formas y programas arquitectónicos en las ciudades son amigables con los migrantes, si las viviendas son más humanas, ecológicas e integradas al paisaje natural, donde la población migrante se sienta acogida, identificada, próxima a la sociedad receptora. 

El escenario de las ciudades merece mayor escrutinio de los organismos internacionales para verificar en qué niveles está generando vínculos de confianza y poderes democráticos entre los diferentes actores que conviven en el espacio local.
 

Nelly Balda Cabello es jefa de Relaciones Internacionales de la UMSA y profesora titular.
 

Confidencial

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