Desarrollo y salud

Almagro, Evo y la consecuencia política

sábado, 25 de mayo de 2019 · 00:11

 Según un viejo adagio: “No hay mal que por bien no venga”. La ignominiosa visita a Bolivia de Luis Almagro ha provocado tal cúmulo de reacciones cívicas y de ética elemental que, examinando el problema como médico, puedo concluir que la visita sirvió de poderosa vacuna de germen vivo. Traumática y dolorosa pero necesaria y útil.

 La vox populi, que no siempre es voz del pueblo, en el sentido democrático de la expresión, estuvo adormecida por circunstancias fáciles de explicar, aunque difíciles de admitir. El narcotráfico dejó de ser ilícito y subterráneo para llegar a pasearse por oficinas gubernamentales. Los jueces dejaron de velar por la justicia, para fungir de socios o encubridores de delincuentes; mientras honestos ciudadanos, sin otra culpa que la de pensar libremente, tienen que enfrentar procesos penales interminables, con detención preventiva de por medio, o tragarse sapos y culebras para sobrevivir. 

La vida se estaba convirtiendo en un pozo cuyas aguas estancadas emitían malos olores que no alcanzaban a salir a la superficie. La alianza Almagro-Evo ha tenido la virtud de sacar a la luz lo adormecido y destapar los pozos. No interesa saber si Almagro en sus revueltas electorales se hará madurista; o Evo abandonará a Maduro para mantener la colaboración de la OEA. Cualquiera de las alternativas será decisión personal, pero igual, muestra que los pueblos sólo pueden confiar en ellos mismos. 

Ser alto funcionario internacional o jefe de Estado no son garantía de honestidad y coherencia con principios sólidos. Así como la explotación del hombre por el hombre sólo termina cuando cada persona adquiere ciudadanía plena y sabe defender sus derechos y cumplir sus obligaciones, en un contexto de respeto recíproco entre todos, la democracia sólo puede funcionar cuando cada quien toma consciencia de su propio valor como persona y no enajena ninguno de sus derechos, menos el de elegir sus propios representantes.

 Ningún ser humano puede arrogarse la virtud de ser el salvador de nadie, menos si es opresor de muchos. Como bien lo expresó Amartya Sen, “el desarrollo es un proceso de expansión de las libertades”. Los abusos de poder son siempre condenables y expresión no de autoridad, sino de tiranía. 

 Esos y otros principios estaban siendo borrados por artífices goebelianos, expertos en el arte de convertir mentiras en verdades, quienes lograron convencer a todos de que la política es el peor mal de la sociedad y que los partidos son sólo agrupaciones de intereses personales mezquinos, salvo el MAS, “inmaculada institución de moral sin tacha y única fuerza social en el país”.  Algo peor, las propias fuerzas de oposición cayeron víctimas de esa propaganda, y entre pares se hicieron más exigentes de virtud que la madre Teresa de Calcuta. 

 Si en este momento se repitiera el referéndum del 21F, el resultado, según las encuestas publicadas hasta la fecha, incluyendo la de Tal Cual, sería de un NO más contundente que el de 2016,  Sin embargo, de acuerdo a las mismas encuestas, Evo y Álvaro siguen de ganadores de una elección, con un alto porcentaje de indecisos, víctimas de aquella propaganda masista.

 Con estrategias venezolanas, el MAS impuso varias autoventajas electorales. Una es que si un binomio logra el 40% de los votos con una ventaja de 10 puntos sobre su inmediato seguidor, no hay segunda vuelta. La polícroma e inevitable competencia actual sirve para conocer la preferencia del electorado, pero está llegando la hora de optar por una candidatura liberadora única. Sería suicida no hacerlo y robustecer el poder avasallador actual. 

 Si eso es imposible, resta trabajar para ganar con una candidatura que garantice un gobierno de unidad nacional, que recupere las libertades y el derecho de todos, a organizarse después, en partidos democráticos que respondan a la realidad actual. Un gobierno en el cual sindicatos libres, juntas vecinales y comunidades indígenas no aborregadas participen discutiendo lo mejor para la salud, para la educación, para la justicia, el empleo digno y el desarrollo integral del país, superando el extractivismo y logrando acuerdos que sólo pueden alcanzarse en democracia y libertad, nunca en dictadura.

 


Javier Torres-Goitia T. es Ministro de Salud.

184
5

Otras Noticias