El batán

Buscando una nueva libertad

miércoles, 29 de mayo de 2019 · 00:10

El último barco que llevó esclavos de África a Estados Unidos hace siglo y medio, ha sido recientemente redescubierto.  Me obligó a meditar sobre los “esclavistas” que cotizaban sus acciones en la Bolsa de Londres, con diagramas de los “bultos” que entrarían en cada barco y cálculos de cuántos sobrevivirían la travesía.  Es difícil imaginar cómo justificaban los accionistas su participación, sobre todo cuando los incentivos publicados por los promotores en los diarios, decían que se gastaba “muy poco” en alimento y se les daba “poca agua”, para maximizar las ganancias. 

Eso fue otro continente y hace más de siglo y medio.  Tiempos lejanos. Aquí, en Bolivia, hace apenas 67 años, es decir,  a más de la mitad del siglo veinte, tiempos cercanos, todavía teníamos  una suerte de esclavos; siervos atados a la tierra que trabajaban sin sueldo, sin derecho a la mínima educación, por lo que eran, casi todos analfabetos.  Es más, el año 1960, pude ver que en la comunidad donde está nuestra casa, los hombres sabían apenas un rudimentario español; las mujeres no podían siquiera hablar con el patrón. 

1961 fue un año extraordinario allí, porque empezó a funcionar la primera escuelita básica -no fiscal- ya que todavía no se había implementado en pleno el plan de educación rural.  La nuestra era una “Escuela de Cristo”, creada por un grupo de misioneros y asentada en un pequeño espacio donado por mis padres.  Los catequizaban, por supuesto, pero al enseñarles la Biblia, les enseñaban también a leer y escribir.  Allí presencié los primeros maravillosos “exámenes de fin de año”. El maestro preguntó a un niño “¿dónde vivían Adán y Eva?”. El alumno, paralizado, no atinaba a contestar, así que el examinador añadió: “Era un lugar muy hermoso, lindo, con árboles, frutos, flores y animales...” y al instante el niño se cuadró, respondiendo ufano y sonriente:  “!Machajmarca, Provencia Sud Yongas!”

El niño tenía razón, los compañeros aymaras habitaban un pedazo del paraíso, pero hasta 1953, no eran dueños de esa tierra, no podían aprender nada, ni salir de una servidumbre oprobiosa.  Cuando recuerdo lo que presencié, agradezco al destino que me permitiera ver un cambio radical y casi mágico que hoy, a sus descendientes, les ha dado dominio sobre su vida.  Hoy tienen educación, sus propios autos (chutos), sus vistosos celulares y la posibilidad de soñar con nuevas fronteras.

Es casi un milagro.  Del analfabetismo a la escuela, la universidad y el mundo.  Es un salto cuántico, y me llena de alegría pensar que hoy sí, ser agricultor o abogado ya depende de la decisión y fuerza de los que viven en ese rinconcito del Edén.

Sin embargo, todavía tenemos áreas de la vida nacional que siguen en el oscurantismo de siglos pasados. El fallecimiento de Roberta Benzi, amiga y mujer excepcional, demostró que en muchos casos seguimos esclavizando a las personas, o bloqueando su camino a la plena realización.  Roberta fue un muchacho guapo, pero infeliz dentro de su aparente masculinidad.  Sabía, desde niña, que era mujer.  Cuando aceptó su destino y quiso serlo “de verdad”, no fue por política, ni por ser líder de los derechos de género.  

Lo hizo porque  se lo exigía la vida misma.  Lo logró, pero fue un camino doloroso.  Su padre no pudo aceptar esa decisión y Roberta fue echada de su casa. ¡Qué triste! Nació mujer de alma y murió mujer de cuerpo y alma, pero no pudo lograr aceptación de su plena femineidad.  Era única, y conocida, y querida, pero ahí está el problema: era única.  Ella hubiera preferido más bien, ser una más, ser igual a las otras mujeres.

En casos como los LGBTI, Bolivia necesita otra revolución.  Es posible. Mi padre aquilató las injusticias del pongueaje y pudo luchar en su contra.  Ahora, con indiferencia digna de esclavistas londinenses, pasivamente seguimos negando derechos y poniendo trabas. Hay ley, pero por encima valen costumbres duras como piedras. 

Cada día mueren mujeres asesinadas; cada día quedan sin castigo los que las pegan, las maltratan o las violan.  Hay demasiada indiferencia judicial y cultural contra quienes nacieron mujeres o se hicieron mujeres.  No existe todavía verdadera igualdad con los hombres, ni aceptación, ni paz que no sea de la tumba.

Lupe Andrade es periodista.

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