El batán

Viajar en Bolivia: rutas de paraíso y... mugre

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miércoles, 08 de mayo de 2019 · 00:10

El fin de semana pasado, con una hija y cuatro nietos, hicimos un viaje de ensueño a Copacabana, la Isla del Sol y la Isla de la Luna.  Volver a esos parajes mágicos fue maravilloso.  El Lago Sagrado lucía sus mejores tonos de cobalto, imposibles de reproducir en fotografías, tan intensos que el cielo queda pálido y avergonzado en contraste.  Llegar a la Isla del Sol, y saber que no había wifi era un regalo: liberarse del ruido de clics, zumbidos y tonos de llamada, fue una bendición inesperada.  Sin tráfico ni bocinas, sólo escuchábamos la música del viento en los árboles, el canto de pájaros y el zapateo ocasional de una llama saltarina pasando por el sendero pedregoso.  Una paz casi extraterrestre, milagrosa.  

La gente allí es extraordinaria: los herederos de pueblos, cuya antigüedad se pierde en las sombras del pasado, son gentiles y cordiales; hablan con cortesía y facilidad con los visitantes, y sonríen con frecuencia (sonrisas poco vistas en la gran ciudad).  El cielo parece cercano y límpido, con unas cuantas nubes deslumbrantes de adorno, con su paz estelar apenas cruzada por bandadas de gansos migratorios camino  a Canadá, marcando con una V altiva  disciplinada su migración anual.  Este lugar es un paraíso escondido, consagrado por la naturaleza misma, que lo eleva y enaltece.  

Visitamos la Isla de la Luna, también brillando al sol, y sobrecogedora en las edificaciones que han sobrevivido tantos azares, guardando historias jamás contadas en cada antigua grieta.  Allí, la imaginación puede retroceder años, siglos y hasta milenios hacia el pasado más remoto del hombre andino.  

Pero toda esa belleza, tiene otra cara, evidente en el camino y la historia.  El costado opuesto de la Isla de la Luna fue la nefasta prisión de Coati, donde cientos de prisioneros políticos fueron puestos “a buen recaudo”  para que vivan o mueran con frío intenso, poca comida, ninguna comunicación con el resto del país y escaso trato humano.  

Mi padre pasó cuatro meses allí  y nunca quiso contar los detalles terribles de su estadía, pero su flacura extrema al volver (camino a otro exilio) fue suficiente testimonio de las privaciones que sufrió.  Hoy nadie menciona este episodio oscuro a los visitantes, como si fuera más cómodo pensar que jamás existió.

  Todo lo que cuento del viaje y del pasado es cierto, pero también es necesario decir y reconocer que hay nuevas cosas que no queremos saber ni ver: cada metro y casi cada paso del camino hasta Copacabana está sembrado por ambos lados de basura en extremo contaminante.  Los peregrinos que caminan hasta Copacabana lo han comprobado con dolor: pañales sucios lanzados desde  minibuses; bolsas plásticas; botellas (¡ay, ay, ay, miles de botellas!); envoltorios inmundos e incontables pañales sucios humeando al sol, sin decaer ni desintegrarse.

Lo vimos.  Delante de nosotros venía un minibús rojo nuevo, y de la ventana derecha salió volando un pañal desechable enroscado, que se abrió derramando su contenido al impactar el suelo.  A los pocos minutos, de una ventana izquierda, lanzaron un bulto con restos de comida y la infaltable bolsa plástica de desperdicios, que no llegó hasta el otro lado de la carretera, siendo aplastada por un camión que subía por ese carril.  

La basura cubre ambos costados de lo que debería ser la carretera más bella de Bolivia, con la sublime cordillera brillando a un costado y el rutilante lago al otro.  ¿Qué pasa?  ¿Somos ciegos ante la fealdad?  ¿Inconscientes como educadores y autoridades? ¿Incapaces de frenar esta actitud malsana y depredadora?

Las dos islas están limpias.  Los habitantes las cuidan, porque saben que el turismo es exigente.  Los que trabajan allí, tienen conciencia.  En ese adoratorio al cielo azul y lago deslumbrante, no hay basura por doquier.  Pero el camino, desde la salida de El Alto, es una pesadilla de tráfico y mugre.  

Necesitamos un cambio de verdad con respecto a la basura.  Una revolución de pensamiento; autoridades con autoridad para limpiar los caminos, aunque sea por razones de salud.  Necesitamos limpiar nuestra mente colectiva para que nos obligue a limpiar nuestro entorno y necesitamos hacerlo ya.  Lo pide la propia Pachamama.

 

Lupe Andrade es periodista.
 

 

Confidencial

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