El proceso de cambio o el mito del cambio

martes, 11 de junio de 2019 · 00:09

El año 2006, cuando el MAS asumía el gobierno, surgió una duda razonable, a saber: será ¿uno más del pasado o el primero del cambio? A más de 13 años en el gobierno podemos afirmar, sin lugar a ninguna duda, que es uno más del pasado y el más perverso de todos.

Evo Morales era un dirigente sindical cocalero, de quien podemos recordar la defensa militante de las plantaciones de coca del Chapare y sus palabras en respuesta a la erradicación forzosa, cuando afirmaba que ellos (los cocaleros) eran de la cultura de la vida y los otros (la Embajada de Estados Unidos y los que apoyaban la erradicación) eran de la cultura de la muerte. A más de esto, no se recuerda que hubiese presentado o defendido programa o propuesta para la profunda crisis estructural que desde entonces presenta el país. 

La partidocracia anterior llevó al Estado a una crisis estructural y como consecuencia de dicha crisis emerge la figura de Evo Morales, pero no como un líder esclarecido, que tenía un programa o una propuesta para la crisis, sino como resultado del “voto castigo”, un “voto bronca”; es decir, un “voto ciego” contra el pasado y una lección irónica para los del establishment anterior, que el más “despreciado” de la política convencional, el “chavito” de la vecindad, lidere el cambio que todos esperábamos. Por esa vía Evo fue depositario de una gran expectativa de cambio. 

Sin embargo, Evo no tenía respuesta a la crisis que paradójicamente lo llevó al poder, para los grandes problemas de la sociedad boliviana: el carácter prevalentemente monoproductor de nuestra economía, la crisis de la justicia, de la salud, de la educación, etcétera; en otros términos, no entendió para que llegó al poder.

Esta apreciación no es arbitraria, es el reconocimiento expreso de uno de los ideólogos del proceso de cambio, Hugo Moldiz, quien, en varios eventos públicos y debates en medios de comunicación (Radio Panamericana octubre 2014), reconoció: “Sabemos lo que no queremos, pero no sabemos lo que queremos”, definición filosófica básica del proceso de cambio que explica la desorientación en los objetivos de gobierno.

En el pasado se tenía el convencimiento de que la partidocracia llegaba al poder para enriquecerse, abusar y ostentar. Es así que algunos comportamientos cotidianos de gran influencia simbólica, por ejemplo, pasarse la luz roja de los semáforos o no hacer fila en los bancos, etcétera, eran signos de poder, ya que automática e inmediatamente se decía: ¡Seguro es parlamentario, ministro o viceministro!, se asociaba estos abusos con el poder.

Con el advenimiento del “proceso de cambio”, el “cambio” fue para peor, porque los militantes del MAS, hablando siempre simbólicamente, no sólo que no hacen fila en los bancos, sino que directamente entran a las bóvedas (caso BCB, Banco Unión, son casos recurrentes). Ni qué decir de abusos administrativos, como figurar como licenciados sin haber concluido siquiera la universidad, etcétera.

El pueblo boliviano, sin mayor información, apostó todas sus cartas al MAS como una alternativa contra el pasado, pero el MAS no sólo que no entendió el mandato; sino que se aprovechó y traicionó esa confianza. 

Además, ellos mismos se presentaron como los únicos y genuinos representantes de la izquierda, y todos los que no piensan o comulgan con ellos están a la derecha, son neoliberales, oligarcas, vendepatrias, etcétera, son del pasado.  

Cuando se pregunta a los personeros de gobierno cuáles son los cambios producidos por el “proceso de cambio” realizan un gran esfuerzo para “tratar” de identificar los cambios que se habrían verificado.    

¿Cuál es la diferencia con el pasado? Si existirían cambios significativos, la discontinuidad sería notoria, la ruptura con el pasado sería indiscutible y no exigiría prueba para su demostración. Al existir sólo continuidades, el “proceso de cambio” es un mito.

Como no sabían qué cambios realizar, se concentraron en un “obrismo”, sin factibilidad previa que estar distrayendo y dilapidar recursos públicos.

Están 13 años en el poder y continúan prometiendo que los cambios vendrán más adelante. Esto es contradictorio, porque si en el pasado todo estaba mal, con mayor razón el corte debería haber sido inmediato, una política de shock para ingresar al nuevo orden que prometen hace 13 años.

David Altamirano Salas es ciudadano boliviano.

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