Pamela M. Quino Montenegro

De víctima a victimaria

jueves, 13 de junio de 2019 · 00:10

Desde la gestión 2018, nuestro país se ha destacado por los altos índices de violencia contra la mujer. Por ejemplo, el departamento de La Paz lideró los índices de feminicidios en la anterior gestión, le seguían Cochabamba, Santa Cruz y Tarija, de acuerdo a lo manifestado por el Ministerio Público en diversos medios de comunicación. La situación no ha cambiado en los primeros meses de este año.

Al parecer, nos encontramos en una época en que los índices de violencia de género no tienden a disminuir. La normativa y las estrategias internacionales como nacionales, hasta el momento, no surtieron el efecto necesario para detener el incremento de víctimas. 

En medio de lo que se considera como una epidemia de agresiones y asesinatos de mujeres, parece vislumbrarse una pequeña luz que hizo pensar que en alguna medida la prevención de este tipo de hechos podía alcanzarse, a partir de la cultura de no tolerancia a la violencia, de abandonar el antiguo hábito de aguantar malos tratos por parte de nuestra pareja o expareja y terminar con relaciones tóxicas fundadas en el temor, la humillación y agresiones. Esa esperanza nos la brindaron las diferentes redes sociales, a través de las cuales aún se promueve la cultura de no tolerancia a hechos violentos, así como mantenernos en alerta ante los diferentes indicios que indican que en el futuro podríamos encontrarnos en una situación de violencia.

 Es posible que este tipo de movimiento en redes sociales y otro tipo de medios de comunicación sea el causante de que cada vez las mujeres (así como algunos hombres) se animen a denunciar las agresiones y/o amenazas de muerte hacia ellas, con el ánimo de detener esos actos. A pesar de ello, una vez que recurren ante la instancia pertinente y denuncian las vejaciones que sufren, comienza otro tipo de calvario y me refiero a la persecución promovida por  aquella persona cuyos actos fueron denunciados.

En algunos casos, quien se manifiesta como víctima es denunciada por el agresor o la familia del agresor, por la comisión de hechos similares a los que ella ha denunciado previamente, transformándose en poco tiempo de víctima a victimaria. 

Independientemente de la múltiple comisión o no de delitos por ambas partes, la denuncia se realiza posterior al inicio de un proceso penal, es por ello que pareciera que este tipo de estrategias es utilizada no sólo como una forma de revancha por parte del denunciado ante el proceso iniciado en su contra, sino también es una especie de maniobra jurídica -llamémosle así-, cuyo fin es amedrentar y evitar que la víctima de agresiones continúe con el proceso, una maniobra que pretende evitar que se imponga una sanción por un hecho punible.

En ocasiones es un feroz intento por acallar al denunciante y que ante la presión, la víctima, promueva la conciliación aplicable sólo por una vez con excepción de los casos de reincidencia (véase el artículo 46 de la Ley Integral para garantizar a las Mujeres una vida libre de Violencia).

Es así que quienes pretenden denunciar agresiones físicas, psicológicas o de otro tipo de las que son objeto se encuentran en la encrucijada de denunciar a su agresor y mantenerse inquebrantables ante la posibilidad de afrontar un segundo proceso, cuyo objetivo sea intimidarle; o, de lo contrario, hacer caso omiso a todo tipo de recomendaciones y evitar cualquier tipo de procedimiento legal, guardar silencio sobre las agresiones que sufre y mantenerse, por un lapso de tiempo indeterminado, en una especie de limbo, del que no puede tener certeza si saldrá o no con vida.

No obstante de que ambos caminos sean difíciles de transitar, cada vez son más personas que optan por la primera de estas alternativas. Salir del círculo de la violencia no es sencillo, pero se puede lograr, siempre que no se espere demasiado y aún exista una vida que amparar.

 

Pamela M. Quino Montenegro es abogada
 

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