Juan Cristóbal Soruco Q.

De intelectuales y periodistas

lunes, 17 de junio de 2019 · 00:11

Desde que se recuperó la democracia en 1982 hubo  experiencias de debates democráticos en los que primaba el libre pensamiento, que permitieron hacer aportes significativos para el desarrollo de las ideas y la formulación de propuestas de país. Y en el campo del periodismo (pese al criterio de algunos colegas que siguen creyendo la falacia de que todo tiempo pasado fue mejor), se ha vivido un proceso de modernización que ha ampliado la cobertura informativa y el acceso a ella de manera notable.

Pero, en la medida en que la sociedad se ha polarizado han emergido fuertes presiones sobre intelectuales y periodistas, hombres y mujeres, que pueden afectar la calidad profesional de nuestro respectivo oficio. Se persigue que tomemos partido, sin pensar que al hacerlo se corre el peligro de eliminar la distancia que debe haber entre una legítima adhesión particular y el rigor del análisis y la elaboración de la agenda informativa.

Confirma esa percepción, por ejemplo, la actitud de periodistas e intelectuales identificados con el régimen en funciones que, con algunas excepciones (bien excepcionales), han echado por la borda todo principio ético y profesional para defender el proceso dirigido por el presidente Evo Morales. Adoptan poses de chabacana soberbia y asumen la tarea de adecuar la realidad a lo que ellos creen que ésta es, pues se sienten poseedores de la verdad y que tienen la capacidad de condenar a quienes no les creen. Y, aunque con menos agresión sectaria, también en el campo opositor aparecen los poseedores de la verdad (intelectuales y periodistas) y agreden a quienes no la comparten.

En ambos casos, si bien hay una distorsión de nuestros oficios, se lo hace abiertamente. El problema se presenta cuando a la hora del debate y de emitir opinión, no tenemos la capacidad de diferenciar una legítima opción personal, con el deber de reflexionar tomando conciencia de la distancia que debe haber entre ésta y nuestro análisis.

El tema viene a cuento en estos días de controversia sobre las dos candidaturas más importantes de la oposición. Hay suficientes elementos que permiten afirmar que existen profundas diferencias entre las propuestas político-ideológicas de Carlos Mesa y Oscar Ortiz, aunque tienen una muy importante coincidencia: la necesidad de recuperar el Estado de derecho y la democracia, que, a futuro, permitiría que puedan llegar a acuerdos de gobernanza, siempre y cuando las heridas que se están infringiendo en la campaña electoral no se profundicen (aspecto que no entienden sus voceros oficiales y oficiosos que, más bien, parecería que buscan abrir grietas insalvables entre ambos, incluido el peligroso tema del regionalismo).

Pero, en esta controversia algunos analistas asumen un papel militante al minimizar las diferencias entre ambas candidaturas y optar por la descalificación. Así, para muchos “orticistas” Carlos Mesa es la ficha del masismo para prorrogarse en el poder; y para muchos “mesistas”, Oscar Ortiz no es más que el instrumento de la “oligarquía” cruceña aliada del gobierno, también para lograr que Evo se mantenga en el Palacio de Gobierno. Es decir, se pasa del campo de la reflexión al de la especulación y la descalificación al contrario, en función de las propias simpatías y antipatías. 

Además, se olvida que cada candidato tiene su historia y, sobre todo, el legítimo interés de llegar a la Presidencia del Estado, y lo correcto es, en clave de servicio a la ciudadanía y recobrar un espíritu democrático, establecer con claridad sus diferencias y coincidencias, y recordar que pese a ellas el sistema democrático permite alcanzar acuerdos políticos hacia el futuro.

Un agregado. Hay que ayudar a que la gente comprenda que parte sustancial de la política democrática es establecer acuerdos con eventuales adversarios en función a un bien superior. Y estos acuerdos de orden programático deben reflejarse en la distribución del poder. Así ha sido, es y será la política y así funcionan las sociedades. De lo contrario, creamos potenciales tiranos que se creen portadores de la verdad, como nos está ocurriendo ahora.

En fin, es “dura y fatigosa” la tarea de construir democracia, más si se puede constatar que los virus del autoritarismo son muy ágiles… y nos afectan también a quienes nos dedicamos a los oficios sobre los que se comenta.

Juan Cristóbal Soruco Q. es periodista.

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