Richard Sánchez

Un modelo de enfoque para la ley de start-ups en Bolivia

jueves, 27 de junio de 2019 · 00:11

El modelo de enfoque de la ley de start-ups puede ser  objeto de acercamiento de muy diversas formas. Si se aborda la cuestión start-up sólo como una especie inicial de tipo societario, desde luego que una ley no basta para crear un ecosistema sólido de emprendimiento e innovación; hace falta una fuerte decisión política, cambiar viejas estructuras que hoy no son favorables para el emprendimiento: políticas y programas gubernamentales, normas sociales y culturales, educación, cultura  emprendedora, transferencia de I+D, dinámica interna y barreras del mercado, infraestructura física,  infraestructura comercial y profesional, apoyo financiero, etcétera. 

El panorama actual no viabiliza el camino de la elaboración normativa de dicha ley, sino más bien lo complica. En cambio, si en forma práctica, y a partir de experiencias prodigiosas de los últimos años, en las que jóvenes, profesionales, niños y emprendedores, entre otros, han venido desarrollando prototipos, proyectos y procesos con base tecnológica, entonces el camino no sólo es viable, sino también alentador. 

Experiencias emergentes, como la del niño Diego Condori, quien a sus 10 años construyó un robot pianista con el que ganó un viaje a la sede de la NASA; la de los estudiantes de secundaria del Colegio José Ballivián de Viacha, quienes  ganaron un concurso internacional con un robot buscaminas; la familia Vega Hidalgo, quien llegó a ser finalista en una competencia internacional con un proyecto hecho con inteligencia artificial para limpiar el lago Titicaca.

O los casos emblemáticos de Esteban Quispe y Roly Mamani, quienes fabrican robots a partir de residuos electrónicos para diversas aplicaciones, y muchas otras a lo largo del país nos muestran que dichas prácticas –institución económica y hasta institución sociológica para los más avezados– se pueden entender en términos de una forma organizacional que podemos denominar iniciativa start-up, con su propia cultura, naturaleza y caracterización, tal como ocurrió en su momento con los modelos de Silicon Valley, Hong Kong, Estonia, Singapur, Taiwán, Corea del Sur e Israel.

La  start-up tiene una cultura y naturaleza distinta a los tipos societarios y a las empresas en general, pues en un inicio no busca ganancias económicas, sino “sueños”, visiones e ideales a largo plazo que quieren contribuir en forma grande a las necesidades de sus comunidades, pensando en una aplicación tecnológica que podría ayudar a tal o cual persona, o tal cual cosa; o, en su caso, a todo el país. 

Las personas que tienen una iniciativa start-up no buscan trabajo para adquirir experiencia o ascenso; para ellos el trabajo significa buscar estrategias que ayuden a su comunidad. No se desaniman por la falta de apoyos o beneficios, sino que para ellos todo depende del esfuerzo y sacrificio de sí mismos.

 No están de acuerdo en desarrollar sus inventos en instalaciones sofisticadas, estatales o privadas; sino que prefieren seguir creando en su propio taller. Pero, sobre todo, no están pensando sólo en el financiamiento, la seguridad jurídica, la infraestructura o la rentabilidad, sino en cambiar el mundo. “Mi papá me decía que las personas que cambian el mundo no son personas que tienen conocimiento, sino personas que tienen necesidades, decía Esteban Quispe. 

Precisamente, la citada forma organizacional, con todas sus potencialidades tecnológicas, generada usualmente en un pequeño cuarto de adobe, rodeado de barriles de metal y cajas de cartón, con sus herramientas y asientos hechos de troncos de árbol, es la que hay que hacer despegar con la futura elaboración de la ley de start-ups.

Por nuestra parte, en la perspectiva de contribuir a la elaboración de la referida ley, ponemos a consideración el proyecto normativo de ley de start-ups, basado en el modelo que acabamos de describir, al que se puede acceder en la página de Facebook BoliviaTech.
 

 

Richard Sánchez es especialista en finanzas.
 

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