El Tejo

Ser y parecer

lunes, 03 de junio de 2019 · 00:09

Salvo mal cálculo, creo que una buena parte de los vocales del Tribunal Electoral Plurinacional (TEP) comenzaron su vida ciudadana cuando, bajo presión nacional e internacional, la dictadura convocó a elecciones generales en 1978.

Podrían recordar que fue tan grande el fraude electoral que se cometió ese año que no sólo que se anularon los comicios, sino que el dictador de turno, Hugo Banzer Suárez, fue reemplazado por quien fuera su delfín electoral, y éste, a su vez, fue derrocado por el comandante del Ejército, David Padilla Arancibia, quien convocó a nuevas elecciones en 1979. Antes, también hay que recordar, el presidente de la entonces Corte Nacional Electoral (CNE) -presionado por la sociedad y algunos parientes- amenazó con renunciar si no se anulaban esas elecciones.

En 1979, con una CNE renovada, se convocó a nuevas elecciones, en las que la diferencia entre el primero y segundo, manipulación de votos de por medio, fue bastante chica, pretexto para abrir paso a un empantanamiento congresal que para solucionarlo los dos primeros candidatos optaron porque se elija al Presidente del Senado.

A los tres meses, éste fue derrocado por un golpe militar-civil, cuyos promotores y actores tuvieron que salir de la Plaza Murillo a los 10 días y se hizo cargo de la Presidencia la Presidenta de la Cámara de Diputados con el mandato expreso de convocar a nuevas elecciones. La mandataria cumplió la tarea, impulsando, previamente, la conformación de una CNE con personas prestigiosas que organizaron un proceso electoral transparente y los resultados obtenidos otorgaron un claro primer lugar al candidato de la UDP. 

A las puertas del cambio presidencial, sobrevino el golpe militar de García Meza, quien gobernó sólo uno de los 20 años que pretendía hacerlo. Pero con grandes costos políticos, económicos y sociales. Éste fue derrocado por una junta militar que, a su vez, tuvo aún dos cambios de dictadores, hasta que, en octubre de 1982 asumió la Presidencia el doctor Hernán Siles Zuazo, al reconocerse como válidos los resultados de las elecciones de 1980. 

Sin duda, muchos de estos problemas pudieron evitarse si desde un principio del proceso de reconquista democrática se hubiera confiado la CNE a gente idónea.  Pero, predominaron viejos vicios que hasta 1992 prevalecieron. Veamos:

El sistema político-partidario que emergió en 1982 rápidamente se confundió (algo muy similar al estamento creado a partir de 2006) y volvieron a concebir al organismo electoral como un espacio de poder a ser copado, antes que como un garante de la voluntad popular. Y se llegó a tal manipulación que, en las elecciones de 1989, por la alianza entre los dos partidos que ocuparon el segundo y tercer lugar,  sus operadores -que después recibieron el mote de “banda de los cuatro”- anularon votos a troche y moche y facilitaron que quien salió tercero termine gobernando el país cuatro años.

Fue tal el escándalo que los candidatos presidenciales de entonces se comprometieron a reformar radicalmente el organismo electoral para que cumpla eficientemente su papel de organizar elecciones limpias y transparentes.

Luego de algunos forcejeos con quienes quisieron olvidar el compromiso, en 1992 se concertó la nominación de personalidades de reconocido prestigio profesional y moral como vocales de la CNE y de las departamentales. Estos lograron, no sin dificultades, convertirse en garantes del sistema democrático y hay quienes sostienen que si hasta ahora, pese a los avatares. vivimos bajo un régimen democrático, es gracias a esa decisión que dio legitimidad y credibilidad al voto ciudadano.

Quienes creímos que esa reforma perduraría en el tiempo, recibimos un duro golpe no bien el Presidente del Estado entró en funciones y comenzó a copar la CNE a partir de conseguir con insistencia y falsedades la renuncia de vocales independientes e irlos supliendo por sumisos adherentes a su partido (con algunas excepciones, pero que fueron rápidamente controladas).

Los actuales vocales, hombres y mujeres, deberían conocer esta historia y aprender de ella. Así comprenderían la importancia de tener y mostrar una conducta honorable. De lo contario, serán recordados, incluso, peor que los de la denominada banda de los cuatro, pues serán los sepultureros de un sistema democrático que con tanto esfuerzo creó el pueblo boliviano desde 1982.

En todo caso, tienen poco tiempo para rectificar actitudes.

Juan Cristóbal Soruco Q. es periodista
 

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