Con la boca abierta

Normales y sencillos

domingo, 09 de junio de 2019 · 00:06

He tomado el título de esta columna de las declaraciones del exjefe de la División Propiedades de la Felcc en Santa Cruz, quien dijo que el acusado de narcotráfico Pedro Montenegro “era una persona normal y sencilla”. Esto en el contexto de las cada vez más frecuentes denuncias sobre clanes y asociaciones delictivas entre funcionarios públicos y acusados o sospechosos de narcotráfico.

Cada día se hacen visibles los lazos y redes interpersonales que operan al amparo de autoridades e instituciones, pero sobre todo a base de la familia, la confianza y la reciprocidad. Estas redes existen a partir de relaciones familiares que atraviesan las fronteras domésticas y que han penetrado desde hace mucho en muchas instituciones. El exjefe policial  ha sugerido que era difícil saber a qué se dedicaba su amigo. Efectivamente, una gran parte de narcos son normales y sencillos, lo que les agrega una habilidad para construir cárteles  y clanes que van más allá de las fronteras.  Es con su “simpatía” que han logrado la confianza de la gente que se asocia con ellos. Tanto se ha  degradado el tejido social que esos personajes han construido estrechas relaciones  con sus cómplices.

En el caso del clan “Candia Castedo” se revelan los vínculos familiares entre  el principal implicado Jhonny Darío Candia Castedo, El Tinajas, la hermana y la madre Mayerling Castedo,  encargada de tejer las redes de confianza con los dueños del poder. Sencilla y simpática habrá sido la  mujer para aparecer en compañía de los nada sencillos ni simpáticos Álvaro García Linera y Juan Ramón Quintana. Cómo se habrá ganado la confianza, que en las fotos aparece arrancando sonrisas a estos personajes.

El exgobernador Ernesto Suárez, a quien la detenida ayudó a defenestrar, dice que: “Por lo menos en Beni, la mayoría de los residentes conocen a quiénes están involucrados en temas de narcotráfico, sorprendido porque el Gobierno ignore tal extremo”. Es decir, no se trata de “gente linda” solamente, pero de  patrones y jerarcas que tienen sometidas a las autoridades nacionales, y locales haciendo que el miedo les permita develar la verdadera naturaleza delincuencial de estas personas.

En sociología se ha estudiado mucho acerca del llamado capital social en referencia a las consecuencias positivas de la sociabilidad entre personas. Es el caso de las  redes sociales comunitarias, en las que rige la confianza y la reciprocidad para el bien común. En el caso de las redes mafiosas que han proliferado en  el país, opera la verticalidad y operan gracias a la confianza, el miedo y la subordinación. Es una forma de colaboración social y familiar que, como indican los estudiosos del tema, se basa  en la confianza, las normas efectivas y las redes sociales verticales. En la medida que éstas tienen fines mafiosos, se vuelven grupos verticales en los que la traición a la confianza se paga con la vida o se compra con el silencio.

El tipo de sociedad que se ha forjado en Bolivia, a lo largo de la historia, pero agudizada durante los últimos años, no deja muchas alternativas para una vida digna, y más que oportunidades hay tentaciones, especialmente para los jóvenes. El éxito se mide por el consumo y éste se obtiene con dinero, campo propicio para que los narcotraficantes penetren instituciones y familias obnubiladas con la riqueza fácil. Los verdaderos líderes suelen estar ocultos o amparados por el poder que activa mecanismos institucionales para proteger a sus cómplices.

En países como  Bolivia, la justicia es por lo menos parte de los cómplices, atemorizada y algo más. Son redes más difusas pero eficaces las que han crecido en la oscuridad de una sociedad que ahora observa las historias inconclusas de mafias activas e impunes. Es así que cada día aparecen personas normales y sencillas como parte del entramado mafioso que se fomenta desde el poder y que a menudo se tolera  con indiferencia desde la sociedad.

Sonia Montaño Virreira es socióloga feminista.

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