Fernando Patiño Sarcinelli

La ilusión de ser médico

domingo, 14 de julio de 2019 · 00:10

Confieso que he vivido más de 40 años empapado de medicina. Quien ha leído a Pablo Neruda, de quien me presto las primeras palabras de esta nota, sabe que para hacerlo bien tiene que ser algo que apasiona. Así probablemente comienza la carrera de todo estudiante de medicina, pero no todos resisten el desafío. Muchos que comienzan la carrera la abandonan porque la realidad no coincide con la ilusión. Otros se ven obligados a llegar a la meta, ser médico a pesar de las dificultades. Creo que pocos son los que se hacen profesionales con la misma ilusión que han comenzado. Hay muchos factores que afectan la realidad de la medicina después de varios años. 

La carrera universitaria de medicina es la más larga, como mínimo seis años. Pero es apenas el comienzo, puesto que nadie que termina la “U” está realmente listo para practicar. Dos o tres años más para una especialidad básica como pediatría o ginecología. Algunas especialidades requieren tres a cinco años más, como neurocirugía u oncología. Nadie está bien preparado y competitivo en menos de 10 o 12 años. 

El día a día de todos esos años es muy intenso para resumir en pocas palabras. La cantidad de datos que se acumulan  para estudiar es, a medida que avanza la ciencia, cada vez más abundante pero el tiempo de estudios es el mismo. En los primeros años algunas materias son poco atractivas y aparentemente inútiles para entender al paciente (bioquímica y biofísica, por ejemplo), mucha memorización estéril sin uso inmediato. Algunos catedráticos son poco didácticos, a veces abusivos o arrogantes. 

Tuve suerte de encontrar motivación en la mayoría de mis maestros, verdaderamente apasionantes. En ese tiempo, hace casi medio siglo, aparte del laboratorio y del estetoscopio, había muy pocos aparatos que ayudaban en el diagnóstico. Nos enseñaban “el laboratorio sólo sirve para confirmar el diagnóstico pensado”. El diagnóstico era un desafío de entrevistar y examinar al paciente, un arte para quien se apasiona por la relación médico-paciente. Hoy no se piensa en “¿cuál es el posible diagnóstico?” sino en “¿cuál es el siguiente examen?”.

La tecnología para explorar el diagnóstico y aplicar tratamientos ha avanzado en forma exponencial, pero poco se aplica en la metodología del aprendizaje. Las infames fotocopias y acceso a internet sólo aumentan el volumen de información y la desesperación del estudiante. El día sólo tiene 24 horas y eso no cambia, cada vez menos tiempo para entretenimiento y, quién sabe, dormir sin pesadillas para el próximo examen. 

Cuando comienzan las prácticas con pacientes, no basta lidiar con la enfermedad. Hay que lidiar con la crisis social y económica de cada uno de ellos. En nuestro medio los mal adaptados hospitales que sirven para enseñanza apenas se mantienen funcionando bajo la indiferencia de las autoridades y el poco caso del Estado a la salud. Es el escenario ideal para que estudiantes y enfermos se sientan miserables. 

Después de seis o más años de prácticas como estudiantes, viene la práctica obligatoria con título de “doctor”, pero el escenario es el mismo. Muchas veces bajo órdenes de médicos más antiguos que ya han sido suficientemente castigados y creen que “para hacerlos buenos hay que ser duro con los pacientes” y con los subalternos. 

No queda duda de que en la gran mayoría de los centros de salud las condiciones son precarias. Los servicios privados pueden atender en condiciones aceptables a una minoría de la población que puede pagar, y gracias a la inversión personal de cada uno de los profesionales y una buena dosis de suerte. Pocos pueden renunciar al trabajo en el sector público y dedicar su tiempo exclusivamente al privado. Esa es la realidad. 

Recientemente se ha noticiado la fatalidad de médicos que han sido atacados por una enfermedad poco conocida. Se especula que fueron víctimas de un virus tropical boliviano, transmitido por roedores. En esos casos, está claro que la transmisión se dio por malas condiciones de trabajo,  fallas en el sistema para atender casos sospechosos de peste o atraso en la atención óptima.

Ante todo es difícil mantener la ilusión de ser médico en un país con graves problemas sociales e incapacidad de las autoridades. No hay solución fácil ni inmediata para problemas difíciles. Lo más preocupante es que la ministra de Salud, Gabriela Montaño, declara insistentemente que “no hay motivo de preocupación, no hay epidemia, estamos preparados para atender la crisis”. La crisis no acaba de comenzar ni ha terminado, es permanente. Las autoridades no lo reconocen mientras mis colegas agonizan. 

Fernando Patiño Sarcinelli es médico internista, oncólogo y fotógrafo.

(Al momento de la redacción de este artículo, los doctores Gustavo Vidales y Marco Antonio se encontraban bajo cuidados intensivos).

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