Javier Torres-Goitia T.

Feminicidio, libertad y derechos humanos

sábado, 20 de julio de 2019 · 00:10

 Uno de los valiosos logros de la lucha de las mujeres por la reivindicación de sus derechos  ha sido, sin duda, diferenciar claramente el asesinato a mujeres, como efecto de la violencia masculina, individualizándolo y separándolo de los homicidios en general. El femicidio como fue denominado al principio por la escritora Mary Orlock en 1974 y llevado ante el Tribunal Internacional de Crímenes contra las mujeres celebrado en Bélgica en 1976 por Diana Russell, ha servido después para robustecer en todo el mundo la lucha contra la violencia de género y la intrafamiliar y también contra toda otra violencia.

 En Bolivia, así como mantenemos las más altas tasas de mortalidad infantil y materna, mostramos también la proporción más alta de feminicidios por número de habitantes. La Razón del 29 de mayo de 2019  comentando esta situación dice textualmente: “La violencia contra las mujeres en Bolivia está por encima del promedio latinoamericano, y el país ocupa el primer lugar en Sudamérica en feminicidios, reveló el titular de Gobierno, Carlos Romero, en la novena Cumbre de Seguridad Ciudadana”.  

Cita además otras expresiones del mismo ministro que las copiamos: “La violencia de género representa el 34% de los hechos de criminalidad registrados el año pasado en el país, cuando el promedio de América Latina es de 24%. Es decir que estamos diez puntos por encima”. “El promedio de casos de violencia contra los niños  es del 25%, siete puntos porcentuales más elevado que el promedio de Latinoamérica, que es del 18%”. 

“La Encuesta de Prevalencia y Características de la Violencia contra las Mujeres publicada en 2017 por el Instituto Nacional de Estadística nuestra que sufrieron algún episodio: el 52% de las mujeres solteras de más de 15 años, el 75% de las casadas o en unión conyugal y el 80% de las viudas y las divorciadas”.

 Una situación así no puede obedecer a una sola causa ni podrá solucionarse con la declaración presidencial de que el feminicidio será considerado en Bolivia  crimen de lesa humanidad. Las diez medidas contra los agresores y de ayuda a las víctimas que han sido aprobadas recientemente están dirigidas contra las manifestaciones externas del problema sin considerar su esencia. Las medidas punitivas fracasan sistemáticamente porque combatir la violencia intrafamiliar con otra oficial no producirá cambio alguno. Ninguna violencia es constructiva.

Todas dañan y destruyen. El tema amerita pues consideraciones más profundas. La coincidencia con la situación de la salud, de la educación y del desarrollo humano en general  no puede ser casual

 La violencia intrafamiliar se acrecienta en la misma medida que crece la violencia en general como fruto de profundas inequidades de sociedades mal constituidas y no cambiarán mientras la sociedad en su conjunto no cambie y se humanice estructural y conciencialmente.

 El feminicidio es siempre un crimen de magnitud mayor; no es sólo el delito de matar a una mujer por cualquier causa, es retroceder al salvajismo primitivo donde el macho, sin dios, rey ni ley  es simultáneamente esclavo de su sexo y coludido con la perversidad, y el abuso de poder da rienda suelta a su nunca educado instinto de posesión de “su mujer”, “sus hijos” y hasta de las cosas que le rodean.  

 El feminicidio ocurre cuando la tradicional sumisión de la mujer trata de liberarse de algún modo de la opresión permanente en la que vive, víctima del macho que la convirtió en mero instrumento de placer sexual y en la única responsable del cuidado de los hijos, que también son de propiedad  del dueño absoluto de cuerpos y almas de la familia en pleno. 

 Lamentablemente el populismo impuesto en el país por ya largos 13 años de absolutismo totalitario  privilegia la sumisión y fomenta la ignorancia que deslegitima la capacidad individual y desincentiva la superación familiar y social. El culto a la personalidad con desmedro del derecho a la libertad y el poder concentrado constituyen malos ejemplos para combatir la violencia, no motivan el desarrollo de la responsabilidad pública ni privada y menos el respeto a la mujer, la libertad  y los derechos humanos.
  
Javier Torres-Goitia T. fue ministro Salud.

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