Sonia Montaño Virreira

Miedos

domingo, 21 de julio de 2019 · 00:10

“Pues prescindir de la esperanza significa que tengo que pasar a vivir y no solo a prometerme la vida. Y este es el mayor miedo que puedo tener”.

         Clarice Lispector

En muchos encuentros a los que asisto, la palabra miedo recorre las salas. Ocurre, por ejemplo cuando, alguien como Amparo Carvajal, esa gran luchadora por los derechos humanos, invoca a vencer el miedo y las asistentes mueven la cabeza afirmativamente, y comienzan a relatar experiencias propias y ajenas sobre el miedo que produce expresar sus opiniones, rechazar las imposiciones para asistir a marchas y proclamaciones de los candidatos ilegales, resistir el pago de cuotas también ilegales para beneficio del partido de gobierno, publicar en las redes encuentros con los considerados enemigos del gobierno, miedo a los pinchazos telefónicos, y a las consecuencias que todo eso pueda tener en la vida cotidiana: pérdida de empleo, censura, persecución, juicios injustos y, como en el caso de Franclin Gutiérrez, prisión y tortura sin causa o  debido proceso. 

Entre las mujeres aparece el miedo a ser violentadas, a la impunidad y a las palabras que lastiman, los gritos que castigan, las promesas sin cumplir, los amores que matan.

Hay miedos que, como decía el padre del psicoanálisis, pueden aparecer en nosotros en un momento dado por un fin muy concreto: para animarnos a huir de lo que hace daño, de lo que atenta a nuestra integridad, a nuestra supervivencia. Este es sin duda uno de los miedos más generalizados.

La gran Clarice Lispector decía que “valor y cobardía son un juego que se juega a cada instante. Asusta la visión tal vez irremediable y que tal vez sea la de la libertad. El hábito que tenemos de mirar a través de las rejas de la prisión, la comodidad que trae aferrarse con las dos manos a las barras frías de hierro. La cobardía nos mata. Pues existen aquellos para quienes la prisión es seguridad, las barras un apoyo para las manos. Entonces reconozco que conozco   pocos hombres libres”.  

Uno de los logros más importantes del gobierno del MAS ha sido la construcción de un clima de miedo que atenta contra las libertades. Pero también están los miedos de quienes han recibido beneficios que pueden ir desde la construcción de un hospital o caminos vecinales, hasta un acceso masivo a un consumo que les permite sentir el progreso material en sus vidas y al que le asignan un valor por responder a las aspiraciones de inclusión social expresada en la posibilidad de diferenciarse de sus padres o conciudadanos. 

El teleférico, por ejemplo, es un dispositivo  que produce placer y posibilidades simbólicas de inclusión social, cuya  pérdida imaginaria  ante la llegada de un nuevo gobierno hace temer el retorno al pasado, ese que Linera anuncia como la desaparición del sol o el retorno del neoliberalismo. 

Hay otro temor más profundo y más peligroso que es el temor a ser tocado, a la cercanía, a tener que relacionarnos con la diversidad que nos induce a buscar el aislamiento, a la xenofobia, a la homofobia,  al  racismo y, en el caso de las mujeres, el temor a ser tocadas por las miradas, las manos y todos los instrumentos de la violencia.

Para combatir esos y otros medios, el Gobierno ha construido una forma de protección basada en la imagen de Evo padre, autoritaria y arbitraria a la que la propaganda gubernamental le ha asignado un papel de impunidad/inmunidad que lo hace impermeable a la crítica de sus adherentes. Evo padre se puede  equivocar, pero siempre nos protegerá, esta vez ya no con obras o canchas de fútbol, pero con prebendas y corrupción, cuya pérdida provoca no sólo miedo, sino terror, a los dirigentes de las mal llamadas organizaciones sociales. 

Perder el cobro de peajes para los choferes, los ingresos del narco para los cocaleros, las subvenciones para los soyeros, pagar impuestos para los contrabandistas es como la pesadilla kafkiana de los ratones que te invaden.  Tienen miedo los que saben que han malgastado los dineros del Estado y que aunque se encierren bajo siete llaves no podrán evitar verse reflejados en El Chapo Guzmán, en Toledo, en Humala y Alan García del vecino país. 

Para mitigar esos miedos recurren a lo que Elias Canetti llamaba el poder de la masa. “Solamente inmerso en la masa puede el hombre liberarse de este temor a ser tocado”.  Apretados, indiferenciados, como en Chimoré, se sienten poderosos y aumentan el miedo de los que no pertenecen a esa masa. Afloran los miedos que no se pueden terminar a menos que sustituyamos la esperanza por la acción.

 

Sonia Montaño Virreira es feminista, miembro de Mujeres por la Democracia.

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