Jorge Fernández Dorado

La fiebre hemorrágica

sábado, 06 de julio de 2019 · 00:09

La fiebre hemorrágica de San Joaquín, conocida internacionalmente como fiebre hemorrágica boliviana, apareció en la década de los 60 del siglo pasado, precedida de una intensa lucha contra la malaria a base de fumigaciones con DDT y Dieldrin, determinando ese hecho no sólo la disminución de los insectos vectores de la malaria, sino, curiosamente, también de los gatos domésticos, rompiéndose así el equilibrio biológico con la población murina: como consecuencia los roedores selváticos invadieron áreas urbanas del Beni.

Las provincias Iténez y Mamoré fueron el escenario de esa pesadilla, contrastando con la leyenda de matices fabulosos de El Gran Paitití, que flota en la maraña de sus ubérrimos bosques y a orillas de sus caudalosos ríos.

En principio se la consideró, equivocadamente, como una enfermedad causada por riketzias y retrospectivamente podemos colegir que los primeros casos aparecieron en 1959, en una localidad denominada Yutiole, arrasando rápidamente poblaciones vecinas, donde se describieron cuadros apocalípticos dignos de la peste negra europea del período medieval, como aquel referido a la elevada mortalidad en la población beniana de guamayo, donde los sobrevivientes despavoridos abandonaron la localidad incendiando sus casas.

La segunda etapa de la evolución histórica de la enfermedad comprende a los años 1962 y 1963, y representa el período de investigación. Fue en mayo de 1962 que el doctor Ronald B.Mackenzie, miembro de la Middle American Research Unit (MARU), estaba colaborando en un estudio de nutrición en Bolivia cuando fue invitado por el doctor Guillermo Jauregui Guachalla, a la sazón  Ministro de Salud, para que visitase el área epidémica, y así lo hizo el 19 de mayo de ese mismo año, en compañía de los doctores Luis Valverde Chinel y Hugo Garrón, del Instituto Nacional de Bacteriología.

Fue entonces que se obtuvieron sueros y especímenes con el objetivo de aislar el virus y se estudiaron, entre otros, los informes de los doctores Edilberto Antezana y Nemesio Torres Muñoz. Se instaló un gran laboratorio en San Joaquín, con la participación del Hospital Gorgas de la zona del Canal de Panamá, la Universidad de Maryland y su laboratorio de virología tropical hasta que, finalmente, en 1963, se descubrió el virus llamado Machupo, en referencia al río del mismo nombre que transcurre próximo a San Joaquín. 

Un año después, en 1964 se identificó al reservorio del virus que resultó ser el roedor Calomys Callosus, de la familia Crisetidae. Quedó cerrada así la cadena epidemiológica al haberse establecido la forma de contagio por la orina de ese roedor que al miccionar en los alimentos, sobre todo en la noche, los contaminaba y por esa vía llegaba al organismo humano. El contagio directo, aunque excepcional, es posible, como ilustra la anécdota de aquel sargento norteamericano que contrayendo el mal en San Joaquín contagió a su esposa en Panamá, por medio del beso.  

Se han descrito  formas clínicas leves, pero también muy graves, acompañadas de fiebre, hemorragias, bradicardia e hipotensión arterial. Hay compromiso del sistema nervioso central, temblor, disartria, incoordinación de movimientos, convulsiones, delirio, estupor, relajación de esfínteres, coma y muerte. Algunas enfermedades se le parecen, como la herpangina, el tifo murino, la fiebre tifoidea, leptospirosis, esquistosomiasis manzónica y la fiebre hemorrágica argentina. 

La clave para derrotarla está en la profilaxis, atacando al roedor reservorio del virus y ejerciendo el control de los alimentos. Como anécdota habrá que señalar que por vía aérea se enviaron a San Joaquín decenas de gatos para reestablecer el equilibrio biológico.

Los cinturones de seguridad deben establecerse alrededor de las poblaciones sospechosas mediante la eliminación de la maleza que sirve de guarida a los roedores; por tanto, es fundamental para el control de la epidemia  la ejecución de programas de 
“desratización”, acompañadas de una intensa campaña de educación para la salud, evitando la contaminación de los alimentos.

Jorge Fernández Dorado es docente emérito de la UMSA y exdirector del Instituto Nacional del Tórax.

 

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