Rafael Archondo

La izquierda india

jueves, 01 de agosto de 2019 · 00:12

Un grupo de conspiradores se reúne en el taller de vidrios de Constantino Lima. Corre 1960. El país palpa los primeros tropiezos de la Revolución Nacional y las ciudades se expanden desde sus márgenes con el arribo de cientos de familias libres, que salen de las haciendas expropiadas. El libro Katarismo indianista, una mirada crítica, de Pedro Portugal y Carlos Macusaya (2016), nos deja atisbar los entretelones de ese proceso, cuyas derivaciones siguen enfilando los pasos del país. Los congregados a convocatoria de Lima redactan documentos, mientras conversan. Colocan en papel lo que les dicta el corazón. Pactan alrededor de tres letras: PAN, Partido Agrario Nacional. La palabra “indio” aún no ocupa su lugar central. 

El indianismo es, por tanto, el modo pionero en el que una generación de aymaras y quechuas apuesta por su autonomía intelectual. He ahí el primer rasgo liberador que identifica este cuerpo de ideas. Según Portugal y Macusaya, Fausto Reinaga conoce a Constantino Lima seis meses más tarde y es incitado a virar hacia posiciones etno nacionalistas. En efecto, el hombre se transforma, por su inclinación a las letras y su formación previa dentro del nacionalismo revolucionario y el marxismo, en el escribano del trayecto. Con el tiempo, Reinaga y sus libros opacarían nacional e internacionalmente a los conspiradores del taller de vidrios. 

Convengamos entonces que el indianismo, que luego devendría en katarista, es el primer gesto solvente de autonomía ideológica de la primera élite intelectual de origen e identidad indígena. Irrumpe en escena para cancelar el gamonalismo bibliográfico, para producir ideas genuinas. Es ponerse a pensar sin asistencia ni tutela. 

Siendo esto así, no es casual que esta corriente se haya colocado a prudente y desafiante distancia de la izquierda y de la derecha. La investigación de Portugal y Macusaya lo demuestra, munida de abundantes testimonios. El indianismo nació enfrentando a la izquierda en las aulas de la UMSA y desalojando a la derecha, y a los militares del sindicalismo agrario. 

Para ello recurrió con habilidad al general Torres, con cuya ayuda batió en retirada a los promotores del Pacto Militar Campesino. Más adelante, los indianistas comprendieron que las elecciones eran la plataforma ideal para exhibir su discurso. Y ahí, en Ciudad de Piedras, nombre creado para confundir a la Policía, fundaron, en plena dictadura banzerista, el Movimiento Indio Tupak Katari (Mitka). Los esperaba un núcleo de entre 15.000 a 17.000 votantes, que en 1980, aunque dividido, se duplicó hasta llegar al 2% de los electores. 

Constantino Lima y Luciano Tapia entraron al Parlamento y, sobre todo el primero, fue el reactivo necesario que confrontó a la sociedad boliviana, la cual, siendo racista hasta la médula, etiquetó de “racista” el planteamiento de autonomía intelectual más prominente de ese siglo. 

El libro que reseñamos acá revela datos clave. Los indianistas ingresan al ruedo electoral y sindical, y con ello se ven obligados a restringir su bien lograda autonomía intelectual. Necesitan dinero. La política precisa siempre de actores remunerados a tiempo completo. Aquel paso siembra la discordia entre ellos.

 Lima y Tapia tienen un pugilato en un departamento de París, precisamente donde vivía Pedro Portugal, que fungía como indianista desde Europa. He ahí la primera contradicción en la senda, denostar a los colonizadores para luego pedirles financiamiento. Lima dirá que es apenas un adelanto de la deuda histórica a ser cobrada. 

Sin embargo, el traspié más serio parece ser el cometido por Felipe Quispe, joven fundador del Mitka, quien, aunque jamás relega su férrea autonomía, decide encabezar la lucha armada, un proceso que implica un mayor esfuerzo financiero que una campaña electoral. Quispe pasa ocho meses bajo entrenamiento militar en Cuba y, en octubre de 1988, intenta comprarle armas a la isla.

Necesitado de apoyo, hace contacto con los hermanos García Linera. Son ellos los que, según ha dicho Quispe, le abren las puertas al dinero, porque al portar un fenotipo blanco hacen más efectivos los atracos. Nace ahí una especie de “izquierda india”, la mezcla de marxismo y reinaguismo, una alianza que, a ciencia cierta, impone el primero eclipsando el segundo. ¿Ha quedado claro?  La andadura del EGTK terminó sellando el fin de la autonomía intelectual del mundo indio para abismarlo en una fricción vertiginosa con el marxismo. ¿Se cualificó con ello el indianismo?  Hay por ahí la sensación de que murió en brazos de aquel primer enemigo.

  

Rafael Archondo es periodista
 

Confidencial

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