Tuffí Aré Vázquez

Votar con el bolsillo

lunes, 19 de agosto de 2019 · 00:11

“Es la economía, estúpido”, reza la famosa frase inventada por James Carville, el reconocido estratega que le permitió en 1992 a Bill Clinton derrotar en las elecciones a George Bush padre. El memorable adagio ha revivido tras la paliza del peronismo al macrismo en las primarias, aprovechándose de la bronca de la mitad de los argentinos.

Macri ha pagado una costosa factura por ejecutar en ocho meses lo que se considera el más “salvaje ajuste” económico de todos los tiempos. Lo eligieron hace cuatro años para enterrar al corrupto régimen kirchnerista que despilfarró los ingresos de la bonanza, pero puede quedar sepultado para siempre en octubre por no haber conseguido que la economía y la política se acoplen, sino más bien se desconecten. Volverán entonces probablemente al poder los que hasta hace poco eran escrachados en las calles por vaciar sin pudor las arcas públicas.

Entre votar contra los corruptos y votar contra el hambre, los argentinos prefirieron la segunda opción y reflotaron la consigna “es la economía, estúpido”, que nos lleva a convencernos de que los votantes deciden frente a una boleta más con el estómago que con el cerebro.

Un  mal desempeño político provoca una pésima performance económica, así como una deficiente gestión económica deja horribles resultados políticos.

Durante el macrismo, la inflación se ha acercado a un 250%, el dólar aumentó hasta un 360%, las tarifas de electricidad y de gas subieron un 1.490% y las de servicios públicos un 1.297%.  

Con esas cifras se entiende claramente por qué el kircherismo aplastó a Macri y lo mantiene todavía groggy por el porrazo. Los resultados electorales argentinos han mostrado que la economía determina “en última instancia”, pero cuando determina, lo hace sin contemplaciones.

Al final, se vota con el bolsillo, indudablemente, en Argentina, aquí, en EEUU y en Europa. Lo que le pasó a Macri es común en cualquier país, latinoamericano o primermundista. Casi nadie aguanta a un gobierno si tiene el estómago o los bolsillos vacíos. En cambio, se está dispuesto a soportar la corrupción e, incluso, el abuso de poder de un gobernante si no arriesgan el bienestar económico.

No es extraño ver, por lo tanto, ciudadanos que ceden libertades a cambio de un poco de buen vivir. Pragmatismo le llaman algunos a este extremo.

Pasemos entonces a entender por qué en Bolivia todavía el Gobierno goza de un respaldo que le puede llevar pronto a un nuevo triunfo y a consagrarse como el más largo de la historia.

En la campaña electoral que transcurre sin grandes hitos, el MAS ha conseguido instalar el relato de que nunca antes Bolivia estuvo tan bien como ahora. Por lo tanto, apoyar a otro binomio que no sea el oficialista es retroceder al pasado de inestabilidad económica y política.

Hasta los principales empresarios parecen haber terminado seducidos por la consigna gubernamental de que no hubo otro momento antes de ahora en el que hayan ganado tanto dinero. Con esa ilusión se aferran a la idea de que sólo el MAS puede tener después de la elección de octubre la suficiente fortaleza política como para alargar la estabilidad o, en el peor de los casos, aplicar el ajuste que debe reimpulsar la debilitada economía.

Los más reacios a la continuidad se conforman con acelerar el desgaste gubernamental en el complicado ciclo económico que viene, hasta que la descomposición propia lo obligue a irse. En cambio, temen que un nuevo gobierno nacido de la oposición no dure nada, al verse obligado a actuar bajo la urgencia de detener el deterioro de la economía. El ajuste parece inminente cuando se observa el vertiginoso descenso de las reservas internacionales, el alza del déficit fiscal, la caída de la inversión extranjera directa y el aumento de la brecha negativa de la balanza comercial.

Entre las expectativas y las incertidumbres, votaremos probablemente con el impulso de una mano en el bolsillo, como ha ocurrido casi siempre.

Tuffí Aré Vázquez  es periodista, Premio Huáscar Cajías y Premio Libertad de Expresión 2019.

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