Jorge Patiño Sarcinelli

Las ataduras del orden patriarcal

martes, 20 de agosto de 2019 · 00:09

Afirmar que vivimos en un orden patriarcal ya no es sólo una consigna feminista, sino el reconocimiento de una realidad hiriente porque el machismo que nace de ese orden está en la raíz de la violencia contra la mujer. No hay otra manera de eliminarla si no es cuestionando ese orden y para esto debemos hacer todo por entenderlo.

Raúl Peñaranda y Carlos Toranzo han escrito sobre este tema cosas interesantes, con las que no estoy del todo de acuerdo. El primero alega que “algún problema los convierte en personas inseguras” y el segundo que “es violencia gratuita, ejercida por un sin número de vándalos”. No es inseguridad la causante de la violencia, ni cosa de unos vándalos. El problema es más hondo y más general. 

Cuando algo es parte de los fundamentos de nuestra educación y está embutido en los valores en los que hemos crecido creyendo, no nos damos casi cuenta de su existencia y cuando lo reconocemos, es difícil eliminarlo, justamente porque es parte de ese orden de valores, sin el cual no sabemos navegar la realidad social. 

El machismo, el sexismo y la misoginia son manifestaciones de ese orden patriarcal, y es necesario reconocerlos para ir a las causas de la violencia de género; su consecuencia directa. Ese orden se manifiesta en varios niveles: códigos sociales, valores culturales y sicología. No son independientes, pero es útil diferenciarlos porque a cada uno corresponde una pelea. 

Aunque formas delaten sustratos, la gente puede reconocer y cambiar códigos de lenguaje y comportamiento si admite que son inapropiados por sexistas. Aquí están las referencias sexistas que implican una minusvaloración de las mujeres, el reconocimiento del piropo como acoso, la neutralidad gramatical, y otros temas que van ganando aceptación general. 

El nivel cultural, a su vez, incluye los supuestos sexistas que todos tienen como parte de su visión no siempre reconocida de los papeles diferenciados de hombres y mujeres. Aquí están aquellas ideas de que hay tareas reservadas para las mujeres, o donde ellas tienen ventajas o desventajas, o que ellas deben admitir ciertas jerarquías en la pareja o en el trabajo, etcétera. 

En este nivel se está dando hoy la pelea más importante y es aquí donde la resistencia masculina a un cambio del orden, y valores con los que hemos sido educados está provocando mucha de la reacción que se traduce en violencia. Esta es con frecuencia directa consecuencia de una voluntad de imposición masculina validada por ese orden. 

Esta batalla no está ganada, porque su trascendencia la reconocen sólo ciertos grupos sociales e intelectuales. Sin embargo, tanto en el comportamiento como en los valores, el papel de los padres es fundamental, pero hay una dificultad delicada: les estamos pidiendo que hagan algo que es antinatural, que digan a sus hijos que no sigan su ejemplo. 

Finalmente está el ámbito sexual. Comienzo con una constatación: en los valores sexuales patriarcales las mujeres llevan delante algo que excita a los hombres; los senos. La vagina más que un objeto, es un lugar. Aunque los hombres quieran poseer el cuerpo entero de una mujer, en los senos y la vagina se concentra la cosificación deseada del cuerpo femenino. Los hombres, en cambio, tienen como objeto sexual el poco estético pene, que llevan escondido como un instrumento. 

Por más que la inteligencia pueda ser afrodisíaca, vivimos en un mundo donde los aspectos físicos son la base desigual del erotismo. Esto es una simplificación prejuiciosa, pero recoge un hecho fundamental, en la atracción sexual y el erotismo patriarcal sólo una de las partes se excita con la idea de poseer el cuerpo del otro, y se enfurece si no lo consigue, ya que es una prerrogativa de ese orden. 

Con esto espero contribuir a una reflexión colectiva. Cuestiones como éstas deben ser discutidas en todos los ámbitos para hacer dudar, aprender y enseñar. Sólo con leyes, marchas y discursos no acabaremos con la violencia contra la mujer. Debemos formar a la nueva generación de una manera distinta a la nuestra. Esa es una obligación moral.

 

Jorge Patiño Sarcinelli es matemático y escritor

Confidencial

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