Joshua Bellott Sáenz

El gas boliviano: mercado externo y el modelo extractivista, 2019

sábado, 24 de agosto de 2019 · 00:10

Muchos años de gobierno y en los discursos a propósito del nuevo aniversario patrio, nuestros gobernantes dicen que el éxito de la gestión se encuentra en: la estabilidad social y política, redistribución de la riqueza, combinación del mercado interno y externo (antes era sólo el interno en su discurso), un Estado soberano y económicamente fuerte, regulación de la banca, y la interacción con soberanía con la inversión extranjera y privada, entre otras cosas. 

Por otro lado, los opositores y analistas argumentan que varias cosas no están bien en el país y sugieren que se avecina una crisis. Algunos de estos argumentos son: creciente y alta deuda externa, déficits gemelos continuos, reservas internacionales netas en franca caída, menor crecimiento, dependencia muy alta a las materias primas y al extractivismo, y la escasez del gas, entre otras.

Lo cierto es que en los últimos años, el país vivió una bonanza económica producto de los altos precios de las materias primas y muchos de los bolivianos estábamos convencidos de que era el tiempo de transformar el país, y esto significaba transformar el aparato productivo, diversificarlo y volverlo competitivo. Si sólo hacíamos eso, no dejando de atender salud y educación, hubiera significado un mayor empleo y un despegue claro a una sostenibilidad, y soberanía, en términos económicos. 

En cambio, el gobierno actual optó por el camino político, despilfarrando los recursos en inversiones poco a nada productivas, optando por un modelo fracasado y del pasado, como fue el Estado productor, que lamentablemente compite deslealmente con los privados. Un Estado productor incapaz de dar empleo a los bolivianos, con empresas estatales ineficientes y que no generan excedentes, pero que sí muestran un espejismo de industrialización y diversificación de la economía; en realidad esta política sólo favoreció a un muy pequeño porcentaje de los bolivianos (las nuevas élites), y no a las grandes mayorías. 

Un Estado “benefactor” que sólo da limosnas y no es capaz de incentivar la generación de riqueza de las propias manos del pueblo. Podemos afirmar  que no se gobernó para el pueblo, porque nada cambió y, más bien, se profundizaron los problemas, y las debilidades de nuestra sociedad y nuestra economía.

A continuación revisamos algunos indicadores que demuestran estas debilidades y los problemas en los que nos encontramos sumidos en la actualidad.

Uno de los problemas conocidos ya en el pasado es el saldo comercial de nuestra economía, o sea, ese indicador que nos muestra si nuestros ingresos o exportaciones son superiores o inferiores a nuestras compras (gastos o importación). Este saldo comercial fue deficitario o negativo por varios años (importaciones superiores a las exportaciones). 

En  2014, el saldo comercial alcanzó a más de  2.000 millones de dólares (positivo), año hasta el cual los precios de las materias primas se mantuvieron muy altos, respecto a la actual coyuntura. Rápidamente este saldo se convirtió en negativo y fue creciendo paulatinamente, hasta llegar, en 2017 y 2018,  a un poco menos de 1.000 millones de dólares. Además, algunos rubros fueron persistentemente  deficitarios, desde 2005 hasta 2018, agravándose el problema con el pasar de los años.  

Por ejemplo, los artículos de consumo en 2005 alcanzaron un déficit de  12 millones de dólares, pasando a casi 1.000 millones en 2014, para sobrepasar esa cifra en 2018, quedando claro que nuestra economía ni siquiera puede satisfacer el consumo interno. 

Asimismo, los bienes de capital pasaron de un déficit de  470 millones de dólares en 2005 a más de 2.300 millones en 2018. Por otro lado, los equipos de transporte también aumentaron de manera persistente para llegar en 2018 a un déficit de más de 1.400 millones de dólares. Cuando un déficit comercial es persistente en una economía podría afectar a otros indicadores, como la pérdida de reservas, el aumento de la deuda externa, y otros. 

Si nosotros revisamos las exportaciones bolivianas, que de manera continua se encuentran de bajada, en el año 2005, el 61% de las mismas correspondían a gas natural y minerales. Por otro lado, la industria manufacturera representaba el 33%, aunque sabemos que gran parte son también minerales, sólo que un lingote de estaño es considerado una manufactura por el proceso de transformación que sufre. 

Sin embargo, podríamos decir de manera cierta que un 15%  (la mitad) de este porcentaje sigue siendo materia prima. Con la agricultura pasa lo mismo, ya que gran parte de esa exportación es soya. Tomando solamente un 4% de este último, podríamos concluir que por lo menos un 80% de las exportaciones bolivianas de 2005 fueron materias primas.

Para los próximos años, la participación del gas natural descendió notoriamente hasta llegar a un 34% en 2018, la minería subió, gracias al esfuerzo de unas cinco empresas a nivel país, y la manufactura, al igual que la agricultura, se mantuvieron más o menos estables.

Es así que gran parte de los recursos que percibió el Estado en los últimos 13 años y que provenían de las exportaciones de gas y la recaudación  del IDH se encuentran muy afectados y reducidos. En ese sentido, muchos analistas coinciden respecto a que no hay proyecciones optimistas para el sector, ya que los mega campos están en franco deterioro, las exploraciones tienen resultados muy limitados y existen escasas alternativas sobre los mercados, generando incertidumbre para el futuro. 

La dependencia a esta industria es tan grande, que según el Ministerio de Economía y Finanzas, entre el periodo 2005–2016, las empresas públicas generaron una utilidad neta de  41.000 millones de bolivianos, siendo que la utilidad de YPFB representaba más de 37.000 millones.

En el gráfico (ver cuadro) se muestra la evolución de la producción de gas natural, medido en millones de mcd, entre  2000 y 2018, así como la renta petrolera en esos mismos años. Se hace una comparación injusta, 13 años (periodo de gobierno del MAS) contra seis años anteriores. 

Verificamos que en los primeros seis años de este periodo, el aumento de la producción de gas fue desde 8,8 a 35,7 MM de mcd, lo que significa un crecimiento de 278%; en cambio, si bien la producción a partir de ese año tuvo unos picos, en 2014 y 2015, con 59 MM de mcd, bajó hasta 2018, a 54.2 MM mcd, lo que significó un crecimiento de sólo 52% en 13 años.

Por lo tanto, en este periodo de 13 años (más del doble en años respecto al anterior) se creció cinco veces menos. Por el lado de la renta petrolera, vemos que en los primeros seis años no llegó ni a los 3.000 millones de dólares, pero en los siguientes 13 años la renta llegó casi a 40.000 millones de dólares. 

La conclusión clara es que con 13 veces más dinero se creció cinco veces menos y, lamentablemente, esto fue en el doble de años. En otras palabras, esto es un verdadero desastre.

Las últimas informaciones nos dicen que la producción ya bajó a 41 millones de mcd, que estamos incumpliendo de manera preocupante los contratos con Brasil y Argentina, de los cuales debemos pagar multas por incumplimiento; y, para lo peor, ya no tenemos gas, y la renta petrolera bajó a menos de la mitad y seguirá en picada. Asimismo, sabemos que los precios de los eventuales nuevos contratos serán a un precio menor, con lo que el futuro de esta industria se enfrenta a un eventual desastre.

Lo cierto es que si el 80% de nuestras exportaciones o más dependen de una industria extractivista y por lo tanto de las variaciones de los precios internacionales, los problemas podrían ahondarse. En minería, los precios del estaño van cayendo, hay problemas con el zinc y en 13 años no se realizaron programas de exploración serios y menos de recambio tecnológico que permita bajar los costos de producción. 

Por el lado de la agroindustria, nuestro ingreso al Mercosur depara un desastre para la industria soyera, al abrir nuestro mercado a la competencia de países que producen con una alta competitividad, y así podríamos citar más ejemplos.

Por lo descrito,   Los esfuerzos de los últimos años y las últimas propuestas electorales de industrialización y diversificación de la economía no sólo son tardías, demostrando en 13 años un desinterés total por parte del Gobierno, sino que son totalmente insuficientes en términos de generación de empleo y excedentes para los bolivianos.

 

Joshua Bellott Sáenz es economista
 

Confidencial

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