Pedro Portugal Mollinedo

El fantasma escurridizo de la unidad

sábado, 03 de agosto de 2019 · 00:11

Se yergue ante la oposición el temor de una derrota ante el oficialismo en las elecciones de octubre. Ello contrasta con el optimismo de hasta hace poco, cuando se suponía que era suficiente un leve empujón para hacer caer al MAS y a Evo Morales en el precipicio del fracaso.

Para explicar esta situación se recurre al argumento de la desunión opositora. Curiosamente, la letanía unitaria es común entre los que son, justamente, el mejor ejemplo de disociación: los movimientos ciudadanos.

Vivimos una época en la que el discurso dominante insiste en la supuesta perversidad de los relatos aglutinantes y de las estructuras organizadas. Esa explicación, al interpretar el distanciamiento entre partidos políticos y ciudadanía, presenta a esas agrupaciones como única salida para retomar el control del Estado y sus instituciones.

Es el discurso posmoderno, asimilado por las élites, en nuestros países siempre pendientes para asimilar la ideología de moda en las metrópolis. 

Sin embargo, en Bolivia, los movimientos ciudadanos que impulsaron a Carlos Mesa se opacaron ante los aparatos partidarios que consolidaron esa candidatura, uno más pequeño que el otro, pero gigantes ambos en cuanto organización, recurso y mañas respecto a las organizaciones ciudadanas, promotoras del fenómeno Carlos Mesa.

Inmerso en un nuevo panorama, el principal candidato de la oposición no cambió su inspiración profunda. Se atribuye a un despistado asesor de Carlos Mesa el haberle imbuido la idea de que la mejor unidad era la “unidad posible”; es decir, que era anhelo de la población que se presentase solo, desechando a todos quienes –de preferencia orgánicamente– desearían acompañarlo. En realidad, uno asimila sólo lo que desea y lo que está predispuesto a ello.

Se dice que las alianzas no son un fin, sino un medio para alcanzar ese fin. Si se interpreta la finalidad con convencimiento mesiánico –así sea arrobado de verborrea posmoderna– entonces no son útiles las alianzas. De no ser así, la unidad hubiese sido lograda al inicio y no buscada ansiosamente en las postrimerías. 

En ese aislamiento imaginado como virtud, Carlos Mesa desechó dos mundos, ahora ineludibles para imaginar y ejecutar una nueva Bolivia: el ámbito indígena y la emergencia cruceña. Se confeccionó así una imagen de atávico centralista y de criollo racista discriminador. Tales perfiles pueden no reflejar su íntimo convencimiento; en todo caso, sí son asumidas por quienes lo critican y también por muchos que lo apoyan justamente por el mensaje que esa imagen transmite.

Significativamente, los candidatos enfrentados –Evo Morales y Carlos Mesa– comparten una ambigua, aunque inversa reacción hacia el “otro étnico”. Es conocida la admiración que despierta Evo Morales en Carlos Mesa. Lo manifestó públicamente en varias ocasiones. Ese embeleso, sin embargo, se restringe a la figura del mandatario y no se generaliza a su pueblo: el entorno íntimo de Carlos Mesa es endógamo. 

Sucede lo contrario con nuestro Presidente, quien no manifiesta ningún halago hacia su contrincante, por el contrario, mientras su entorno político decisivo es eminentemente q’ara y criollo. De esa manera, fatalmente es el criollo quien todavía monopoliza el poder en Bolivia.

Ambos reproducen el malestar colonial que caracteriza Bolivia. De ahí que la ambición por permanecer en el poder de parte del actual gobierno o los berrinches por falta de unidad para llegar al mismo poder, de parte de la oposición, son irrelevantes mientras no se cuestione la fatalidad de todavía no ser plenamente una nación: importa menos la unidad de la oposición o del gobierno que la unidad del país, objetivo político que quizás sea mejor enfocado después que pasen estas elecciones.

 

Pedro Portugal Mollinedo, director de Pukara, es autor de ensayos y estudios sobre los pueblos indígenas de Bolivia. 

 

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