Gregorio Lanza

De fuegos, demonios y votos

sábado, 31 de agosto de 2019 · 00:10

Se sentía con la cabeza pesada, habían sido días y días de fiestas interminables. Esto de las proclamaciones tiene su costo, pensaba. Pero había valido la pena llenar esas avenidas con gente venida de todas partes: había ponchos rojos, coca, cascos de mineros, tenis de marca de los empleados públicos. Todo lleno. Después, ya no se acuerda ni con quién danzaba, menos quién lo acompaño a su mullida cama, pero sí recordaba cuando bailó diablada.

Es que la banda Poopó de Oruro era estupenda, y él bailaba y bailaba; levantando sus rodillas, las puntas de los pies que apenas tocaban el piso, pensaba que estaba bailando sobre… brasas, sí, sobre brasas… Eso fue como un golpe de agua fría que lo transportó a la realidad…, los incendios. A las pocas horas estaba en Santa Cruz, hablaba con el rostro cansino, con los surcos que le aparecían cuando se trasnochaba, su mirada espesa y su boca lenta… Hablaba de que venía a ver lo que sucedía, que en esta época siempre había incendios…

Pero su llegada sólo sirvió para enfurecer al viento y atizar las brasas, las hectáreas aumentaban día a día, 300 mil 400 mil y así seguían consumiéndose, como  los animales que corrían despavoridos hacia las carreteras.

Varias veces había jugado con fuego, pensaba. La primera, cuando prometió una carretera por medio del Tipnis. Una de las reservas más importantes del continente y parque indígena, ya no le importaba sus promesas a la Pachamama. Había que tender puentes con la élite beniana y dar su premio a sus huestes más leales, a su verdadero ejército de tierra: los cocaleros del Chapare. 

Esta vez sabía, su apuesta era  riesgosa. Después de 13 años se había desgastado y requería más votos, especialmente en el oriente. Firmó su capitulación ante la élite oriental, necesitaba de ellos, de su dinero, de sus conexiones. Entregó todo a cambio. Extensión de la frontera agrícola, permisos para quemar y para que vengan los inversores (con esos ingresos  sustituiremos el dinero del gas, decía su  Vice). Entregó su bastón de mando. De ahí en adelante, unos ganaderos y otros agroindustriales se acordarían de sus mejores días con el poder, cuando disfrutaban en sus parrilladas  con el general Banzer. 

 Ahora, al Presidente “indígena” –que lo habían combatido con saña–  lo recibían en sus haciendas, le invitaban whisky etiqueta azul, como le gustaba. Se sacaban fotos y las subían al Face. Se ofrecían para ser  candidatos del partido de gobierno. “Los empresarios me dicen que ganan más con mi gobierno”, decía el Presidente. Se vanagloriaba de su poder… El chaquear esas tierras era negocio redondo,  le permitiría también traer a sus colonos, aquellos que ya rebalsaban en el Chapare. Mataría dos pájaros de un tiro.

Pero el fuego tenía sus propias leyes. Crecía y crecía. Las llamas se veían desde el satélite, eran manchas rojas de savia convertida en sangre… La opinión pública se le volcaba. Había actuado tarde, con indolencia; no se necesita ayuda extranjera, decía a los cuatro vientos. Cuando supo que llegaba al millón de hectáreas quemadas y que ello tenía un impacto negativo para  su imagen, trajo el avión más grande e incluso dijo que declararía pausa.  

Pero cada noche le visitaba el demonio, aquel que lo  acompañaba siempre y que hace años había desplazado a su ángel de la guarda. Esta vez le decía con insistencia: “Defiende tu obra, defiende tu obra”. Ordenaste  la quema para habilitar tierras. Resultó el chaqueo   más barato de la historia,  y se escuchaba su estridente risa.

Esa mañana se levantó con energía. Recobró su aplomo. El Vice apareció a las siete. Presidente, acá le traigo este regalito,  extendió su mano, llevaba un overol azul y un papel en la otra mano. Esto es lo que hay que decir. Su voz meliflua leía el documento. “Solamente se quemaron entre 20  a 30% de hectáreas de bosque, el resto era para el chaqueo”. El Vice, a quien le gustaba que le digan matemático, a pesar de que siempre se equivocaba con las cifras, esta vez las escribió con cuidado.

A las dos horas, el Presidente estaba frente a las cámaras de su canal preferido:  “He sobrevolado por  todo el territorio , les puedo decir que solamente el 20% que se ha quemado era  bosque y el resto era para chaqueo…, su sonrisa decía misión cumplida. Bajaron en una parcela preparada de antemano, se puso su flamante overol azul con ribetes blancos, le pasaron un extinguidor para apagar fuego en bancos y posó para la foto. No se sabía bien si hacia limpieza, si prendía fuego, pero no importaba, la imagen, a los pocos minutos, circulaba en las pantallas de televisión. No era campaña, eran sus obras.

Pero esa noche soñó feo, se veía prendiendo fuego a  sus votos,  una fuerza inexplicable lo llevaba a echar el alcohol y atizar las llamas; sus votos se consumían como  las hojas del monte.  Despertó con la frente empapada, gruesas gotas de sudor le surcaban su piel, tenía miedo. Por primera vez temía perder…

 
Gregorio Lanza es economista con maestrías en políticas públicas y exresponsable de Prevención y Atención de Conflictos de la Defensoría.

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