Javier Torres-Goitia T.

Los bosques y la vida

sábado, 31 de agosto de 2019 · 00:11

 Así como en el cuidado de la salud, el crecimiento y desarrollo del niño hasta los cinco años es vital para su porvenir, en la naturaleza los bosques no son sólo conjunto de árboles maderables o no, sino todo un enjambre de elementos vitales para el mantenimiento y el desarrollo de la naturaleza, el cual incluye plantas, animales y minerales. El incendio de un bosque es como una masacre de niños tiernos; el ecocidio que es el polo opuesto del culto a la “Pachamama” es la peor expresión de la criminalidad. 

 Esta vez, la Amazonia cruceña, el lugar donde se fundó la ciudad que se trasladó después y se ha convertido en la urbe actual de mayor desarrollo en el país, está incendiada. La zona  que alberga los hermosos templos de la Chiquitania y donde la población ha retomado viejas tradiciones culturales para interpretar música barroca selecta con violines caseros, que ellos mismos fabrican con delicadeza y devoción ejemplares. La zona de tierra roja, que contrastaba con el verde del follaje de sus bosques, arde.

 El fuego arrasó con todo, algunos animales huyeron a tiempo, los pájaros volaron a mayor velocidad que el fuego, no así las mariposas, ni los colibríes, menos los gusanitos que viven en  la tierra húmeda, seres vivos que pese a sus pequeñas dimensiones son altamente significativos para el ciclo de vida de plantas y animales. 

 Con grave menosprecio de las virtudes del bosque, la política oficial actual, extractivista por principio, y por su incapacidad para generar industrias que contribuyan al aumento de la producción y a la creación de empleo, apeló a lo más fácil: a exprimir el gas descubierto por los “neoliberales, vendepatrias” hasta que se agote y a parcelar los bosques para entregarlos a campesinos foráneos, sin la menor información sobre el manejo de éstos y su trascendental importancia.

La ley que autorizó desmontes y legalizó la ocupación de hasta 20 hectáreas de áreas forestales y el último decreto que autorizó el chaqueo, y la quema controlada, sin establecer ningún control y menos informar siquiera sobre la importancia de conocer la vocación del suelo y sus diferencias entre el que es apto para la agricultura, la ganadería o el desarrollo de los bosques, son los antecedentes claros del desastre que llegó y que el oficialismo está tratando de minimizar porque puede quitarle votos.

 En el incendio tarijeño se culpó a una pobre mujer por encender su brasero; en Roboré habrá alguien con un fósforo en la mano.  

 Los informes de que el fuego disminuye, que ojalá fueran verdaderos, pueden corresponder a la realidad o ser mentiras oficiales, a las que ya nos hemos acostumbrado. El Ministro de Defensa afirma que las hectáreas quemadas son solamente 500 mil. Ciudadanos del lugar calculan un millón. Cualquiera de las dos versiones expresa un trágico desastre, suficiente para reconocer la urgencia de contar con ayuda externa. ¿Por qué la soberbia de postergar tanto la aceptación de ayuda necesaria? ¿Se busca ocultar las claras causas del desastre?  ¿Se puede tapar la luz del sol con un dedo?

 El consenso internacional define un ecosistema como “un complejo dinámico de comunidades vegetales, animales y de microorganismos y su medio no viviente que interactúan como una unidad funcional”. Unidades funcionales de gran complejidad. Pero habrá que esperar que el señor Presidente entienda lo que es eso, para que en vez de medir las hectáreas quemadas, valore el desastre de la casa natural del pueblo, que sirvió hasta hoy para su sobrevivencia. De la biodiversidad de los bosques depende el clima, la frecuencia de las lluvias, los vientos y hasta la producción de alimentos.

 La similitud ya señalada del valor de la primera infancia para el desarrollo humano con el de los bosques, para la conservación de la naturaleza, lamentablemente se expande también a la atención oficial que reciben. El Hospital del Niño de La Paz colapsó. Tuvo que suspender tres cirugías importantes por falta de camas y su director afirma que esta falta de espacios no es accidental, sino permanente.

El mismo jueves pasado Página Siete informó que, en Cochabamba, una madre se envenenó después de envenenar a sus tres hijos porque no podía soportar la pobreza. ¿Infanticidio? ¿Diferente a ecocidio?

    

Javier Torres-Goitia T. fue ministro de Salud.

Confidencial

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