Lupe Andrade

La columna que no fue...

miércoles, 07 de agosto de 2019 · 00:11

Quería escribir sobre política.  Todos lo hacen muy seriamente.  Es la época y deseaba estar “en onda”.  Fracasé rotundamente; la política no me llena el alma. 

Me pregunté: ¿Qué me inspira? Eso fue fácil, porque la respuesta luchaba por salir y gritar “¡Aquí estoy!”,  de modo que -casi sin pensarlo- aquí va mi lista de lo que acelera mi pulso, que abre mis ojos, me llena el alma y me hace cantar aún en silencio.

Primero que nada, me inspira el amor.  Me encantan las historias de amor verdadero, de amor duradero, de amor de pareja; de padres e hijos; de amigos, de poetas y compositores, de esa fuerza que puede vencer todos los obstáculos, que no se intimida, no se acobarda, que se mira a sí misma al espejo con orgullo y que no teme a nada ni nadie.  

Las historias de amor pueden darse en la juventud, la madurez o en la mismísima y avanzada vejez.  No hay edad para amar, ni género, ni limitaciones de espacio, tiempo o distancia.  Se trata de abrir el corazón y dejar que hable, de sentirlo a flor de piel y que se lo escuche en cada latido.  

Me inspiran las parejas que llegan al séptimo u octavo decenio de vida, tomadas de la mano, exaltadas por la dicha de quererse.  Me conmueven los adolescentes que se miran en silencio, quemándose por dentro con lo que todavía no pueden decir.  Me emocionan los que se quieren a distancia, sin dejar que la lejanía los separe.  Me apasionan los apasionados, y me enternecen las ternuras de los enamorados.  

El amor, amigos míos, es grande, poderoso y motivador.  Quien sabe amar, ama en formas múltiples: ama también a su ciudad, su barrio, su casa y su país.  Si uno tiene al Illimani al alcance de los ojos y del corazón, ¿qué más puede anhelar?  Si vivimos en una ciudad que nos sorprende a diario con cerros y barrancos de todo color, con sol radiante y cielo abrumadoramente azul, ¿no podemos amarla y amar en ella y ser felices?

El amor puede ser cursi,  sobre todo visto desde afuera, pero quien ama y goza de amar, sabe que le importa un comino la opinión de los demás.  Amar significa ser fuerte.  Significa luchar, no dejarse acobardar o amenazar.  Amar es estar orgulloso de ese sentimiento que llena el alma y lo lleva hacia caminos desconocidos, cada vez más elevados.  Significa también, en algunos casos, hacer sacrificios, sufrir por la persona amada o sufrir por un amor imposible y aún así hermoso.  Y, con frecuencia, el amor se hace posible: se abre camino, rompe barreras, franquea los obstáculos, salta las vallas, escala montañas y llega dichoso a su meta.  

Esto lo digo, amigos, porque amar no empequeñece el alma, no acobarda, no retrae ni reprime.  Cuando es verdadero, es generoso, altruista, orgulloso de su existencia y transformador.  Quien ama se ilumina por dentro, se eleva, se hace mejor, porque el amor es espléndido, es noble y como un pincel mágico, pinta al que amante y al amado con especial luz y color.   

Es tan poderoso que casi es mejor amar que ser amado, porque entregar el alma libera a quien lo hace de cargas y culpas, remordimientos o remilgos.  Romeo y Julieta son eternos y heroicos, más conmovedores y admirables que Hamlet o Macbeth con sus rencores y terrores.  Uno puede amar y sufrir, por supuesto, pero hasta ese dolor tiene un elemento que transciende y eleva a quien sufre. El amor puede y quiere ser táctil, cercano y envolvente, pero también puede elevarse sobre la tragedia como lo hicieron Heloísa y Abelardo, separados en vida, hoy juntos en una tumba en París, siempre llena de flores frescas.  

Se acaba el espacio de esta columna: no cabe nada más.  Tendré que poner los otros temas inspiradores en remojo, porque con este único y bello sentimiento gasté toda mi cuota de palabras.  Maravilloso ¿no?  Escribo estas líneas sonriendo y emocionada, esperando que también las lean así: con sonrisas y emoción compartida... aún a través del papel.  

Lupe Andrade es periodista
 

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