Tuffí Aré Vázquez

El fuego y el voto

lunes, 02 de septiembre de 2019 · 00:12

La pregunta que ronda en estos días es si habrá un impacto del desastre ambiental de la Chiquitania en la votación del 20 de octubre. Hasta el 17 de agosto, la campaña transcurría sin mayores sobresaltos, especialmente para el Presidente. Las encuestas aplicadas hasta antes de esa fecha lo evidencian. Evo Morales le sacaba hasta la mitad del mes pasado al menos ocho puntos de ventaja al segundo, Carlos Mesa. Ambos estaban relativamente estables, sobre todo el primero, según el último sondeo publicado por Página Siete y Los Tiempos, aunque con la dificultad los dos de no poder conquistar en cinco semanas de campaña a un 22% del electorado. Oscar Ortiz, en cambio, ha subido lentamente, pero no lo suficiente aún como para apurar a los de arriba.

El Gobierno administraba, en la primera quincena del mes pasado, con tranquilidad, el resultado del partido sin un evento extraordinario que mueva la aguja del escenario electoral. Si fuera fútbol, se acercaba al final del juego con un 4-2, aceptable para el  natural desgaste por 13 años de gobierno y suficiente para seguir en el poder, su objetivo final. 

Ni Evo Morales ni sus adversarios han inventado a lo largo de esta campaña “chata” algo que deslumbre a los votantes, sobre todo a los indecisos o los desencantados de los políticos, lo que explica la casi nada movilidad del tablero. El jefe del MAS conserva el 30 a 35% de su piso, que no cambiará nunca su lealtad, le pase lo que le pase a su líder o hagan lo que hagan sus adversarios.

Los que nunca votarán por él alcanzan el 30 a 35% del electorado, distribuido ahora entre Mesa y Ortiz. El 25 a 30% restante de votantes espera ser convencido o no votarán jamás por alguien. Es este el segmento que finalmente decidirá el 20 de octubre si Evo Morales se queda otros cinco años más y si lo hace o no con el arrollador poder que ha tenido hasta este momento.

Un evento preelectoral inesperado como el que ha ocurrido desde la mitad de agosto puede impactar significativamente en el nicho de los indecisos, sobre todo en los más jóvenes, que son los que tienen en su escala de valores la protección del medioambiente como una de sus mayores prioridades. Si la grave crisis ambiental se alarga hasta después de la elección, que es lo que se espera, resulta muy probable que el MAS no consiga esos votos tan necesarios para lograr un triunfo en primera vuelta y mucho más valiosos para conservar el control de la Asamblea Legislativa. 

El voto castigo de los electores indecisos se puede hacer sentir, además, en el mayor reducto electoral del país, que es Santa Cruz y una parte del oriente boliviano, sacudido por las quemas que han tolerado el Gobierno y otras instituciones regionales, ahora duramente cuestionadas por la bochornosa ineptitud.

El triunfo de Evo Morales depende de su (in) capacidad para gestionar esta inesperada crisis.  En ese sentido, los errores en el manejo de los monumentales incendios han golpeado duro su imagen, por un dramático desconcierto que trabaron al principio decisiones urgentes.

La solvencia que pareció mostrar en el transcurso de la campaña desapareció abruptamente a medida que se quemaba cada hectárea de la Chiquitania, con llamativas torpezas en el manejo comunicacional de su imagen. Han quedado grabadas las patéticas fotografías de Morales vestido con overol y con una especie de chisguete para apagar las llamas. No lo ha ayudado tampoco la incontinencia verbal de algunos de sus ministros, que han disparado durante la crisis palabras que acrecientan la hoguera, sobre todo en las redes sociales, copadas en las últimas dos semanas de bronca.

Por fortuna para el Presidente, el desprestigio de su imagen no ha dado tampoco los réditos electorales procurados por sus principales adversarios, que han incurrido también en desatinos durante los incendios. ¿A favor de quién irán entonces los votos que se le pueden escapar a Morales por el desastre que ha tardado en reconocer y afrontar? Por ahora parece que a nadie, aunque lo sabremos con mayor certeza en las próximas encuestas.

Depende, por consiguiente, de los aciertos o desaciertos del jefe del MAS y de sus rivales, sobre todo en los incendios, el cambio de un mapa electoral que parecía hasta el mes pasado ya definido.

La acumulación de errores de Morales puede arriesgar su triunfo que se veía cantado. Lo mismo que los desatinos pueden impedir a Mesa y a Ortiz mantener sus votos o conquistar indecisos.

Entramos, por lo tanto, a la fase clave y más sensible de una campaña marcada por una peligrosa inercia. Si a la negligencia en el desastre ambiental se suman las evidencias recientes de la persecución política de algunos de sus rivales, Morales se puede quedar sin ganar el partido que tenía controlado.

Tuffí Aré Vázquez es periodista, Premio Huáscar Cajías y Premio Libertad de Expresión 2019

Confidencial

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